Querida amiga,
Antes de responder a tus preguntas y darte mi opinión sobre lo que me cuentas quiero que sepas algo: es una especie de conclusión a la que he llegado en este momento sobre eso que llamamos enamoramiento. Creo que, lamentablemente, sentirse tan atraído, tan descontrolado, tan enamorado, no es lo mejor. Es enfermizo; nos vuelve totalmente débiles e irracionales. Tanta pasión no puede traer nada bueno. Si es correspondida se vuelve una enfermedad de dos: dependencia, simbiosis, locura compartida. Si no, se vuelve un infierno donde uno vive solo, con una pasión que lo quema por dentro y lo destruye poco a poco. Lo digo con la voz de la experiencia: no hay nada peor que enamorarse solo, de una persona que uno no conoce y que, como todo ser humano, es falible, tiene defectos y una vida aparte.
En dos ocasiones en que me he sentido totalmente trastornada por alguien -ya sabes que suelo empiñatarme sin ningún tipo de estímulo, atención ni reciprocidad- y he optado por decírselo francamente a la persona en vista de mi horrible ansiedad, eso me ha liberado: en el momento me deshago de esa sensación de estar pudriéndome sola con un amor secreto incoherente y antes de decirlo doy por sentado que nada pasará jamás con esa persona, que estoy poniendo punto final: cuando le dices a un hombre lo que sientes siempre le parece desproporcionado y su primera impresión es que estás deschavetada, emprendiendo a continuación la huida. Normal: los hombres, cuando se declaran, se sienten en su derecho: ellos son los que pueden perder la razón por una mujer; no necesitan conocerla: sólo verla y prendarse de ella. Pero si a una mujer le pasa lo mismo con un hombre, la consideran loca, anormal, obsesiva. Es ilógico que existan estas diferencias entre los géneros porque todo enamoramiento es así: absurdo. Uno no se enamora de lo que conoce, uno se deja llevar en principio por un gusto incomprensible y por eso mucho más poderoso. Uno no quiere saber qué es lo que le gusta, sólo quiere disfrutar esa sensación.
De alguna manera que no alcanzo a explicarme uno deposita toda su alegría en la presencia, los gestos, las palabras y los detalles de esa persona. Y también, por lo tanto, asume un riesgo incalculable de sufrir. Ponerse ansioso y empezar mal el día por un desplante o una desatención, real o imaginaria, es uno de los síntomas de que la cosa ya se salió de nuestro control y que tenemos que poner el freno: si eso sucede con alguien con quien no existe ningún vínculo, ¿qué pasaría si fuera ya nuestra pareja y por X ó Y motivo la relación se acabara? Eso puede dar para manicomio. No amiga, me doy cuenta de que lo mejor es que ellos se enamoren, que sean ellos quienes asuman todos los riesgos. Nuestro corazón y nuestra autoestima son demasiado frágiles. Somos fuertes para muchas cosas, pero nos encaprichamos y nos encariñamos fácilmente y eso nos trae muchos problemas. En cambio, si son ellos los que se enamoran, nosotras apreciaremos más objetivamente sus detalles, su cariño, sus atenciones y entonces cada parte tendrá su recompensa: una, porque se sabe querida y el otro porque lo dejaron amar. Así es la vida amorosa como la veo en este momento y aunque me haya empeñado tanto tiempo en que una tiene el mismo derecho a perder la razón y enamorarse como una colegiala, lo cierto es que vivimos en un mundo machista y nuestra resistencia no da para tanto. Viéndome tantas veces decepcionada de mis preferencias absurdas y de los malentendidos que generan mis estrategias juguetonas de conquista, me descubro ya sin argumentos para amar ni dejarme amar. Me vuelvo cada vez más cínica e incapaz de creer en la posibilidad de que existan las relaciones de reciprocidad. Pero vivo en este maldito mundo: acá uno se adapta o se muere. Y si esto me lleva a escoger otro camino será, como vengo pensando durante los últimos años, el de observar a los hombres como si fueran animales diferentes de nosotras y con los que cualquier intento de intimidad es imposible.
La preocupación de conocer o no al tipo es irrelevante. Uno nunca conoce verdaderamente a nadie y si hay un gusto de por medio, así hubieran tenido ya unas cuantas citas y conversaciones en privado, tendría cada quien su respectiva máscara puesta que impediría apreciarse con objetividad y confiar en lo que se ve. Así es que conocerlo no garantizará nada, excepto la posibilidad de que ese gusto pase a su segunda fase: el beso, la caricia y demás. No descarto la opción de que después de haber tenido algunos encuentros se descubran cosas afines y con base en esto quizás se pueda construir algo mucho más interesante. Pero si el tipo es tan cobarde que ni siquiera te saluda o si a veces parece que sí y otras que no, pues cabe pensar que: o es un pusilánime o no le atraes lo suficiente como para dar el primer paso. Por tanto no vale la pena descerebrarse imaginando más explicaciones: la cosa con los hombres es muy sencilla, ellos son tremendamente básicos: si algo no les gusta pues se alejan, ni siquiera lo piensan. Así es, aunque a nosotras nos cueste tanto aceptarlo y aunque nos encante especular las razones más disparatadas.
Yo supongo que lo que me dices tiene bases; si crees que le gustas de veras pero no lo ves decidido la razón es clara como el agua: no está dispuesto a arriesgarse. Detrás de eso pueden haber diversas consideraciones por parte suya: tiene una persona segura y otra que podría tener, pero que no le brinda garantías. Y no creas que cuando hablo de garantías me refiero a que lo mejor sería que él estuviera seguro de que te gusta lo suficiente como para pensar en la posibilidad de una relación entre los dos. Nada más lejos de la realidad: si él estuviera seguro ya no le importarías para nada. Los hombres son así: cuando saben que la presa está en sus manos y que sólo basta mover un dedo para tenerla, entonces ya no la quieren. Hace parte de las contradicciones propias de los hombres: no quieren lo que tienen sino lo que no pueden tener y entre más difícil sea más se empeñan, se inventan maneras o, sencillamente, si carecen de seguridad en sí mismos, se cierran totalmente y buscan la forma de superar esa frustración, que es más de ego que de carácter amoroso. Otra causa, que podría ser ridícula a nuestros ojos pero para ellos absolutamente válida, es la pereza: pereza de empezar de nuevo, de hacer el trabajo de la conquista, de perder los beneficios que han ganado ya con la persona que tienen al lado e invertir tiempo, energía y dinero en una relación nueva. La comodidad puede ser la razón subyacente y se desprende del miedo al cambio. Respecto a las garantías es obvio que, como tampoco te conoce, tema hacer una inversión en un negocio que podría resultar poco rentable. Los hombres son de resultados: para ellos cada invitación, regalo, llamada y esfuerzo que hacen por complacer a la chica que les gusta es como un abono para asegurarse una ganancia. Pero si, de repente, empiezan a dudar sobre la certeza de esta ganancia o sobre el valor de la misma, entonces recogen sus corotos y se van. Y cuando tienen con qué comparar, es decir, cuando tienen una mujer ya en sus vidas, la competencia es más fuerte: una tiene a su favor la novedad... nada más. Y en todo caso, la novedad es algo que no dura mucho.
Respecto al móvil de los celos te aseguro que ninguna mujer, por celosa que sea, puede impedir que un hombre que encontró otra mujer que le atrae fuertemente, la corteje. Sino no veríamos tantos divorcios e infidelidades. Es cierto: los hombres le tienen miedo pánico a las escenitas y a los ardides de las mujeres celosas, pero siempre se dan mañas cuando quieren hacer sus pilatunas. Así que es más saludable descartar esto como posible fundamento de la retirada o de la falta de audacia.
Desafortunadamente en estos casos la única cosa que queda es mantenerse digna, parecer desinteresada y esperar que eso estimule sus ganas de dejar a un lado el miedo o la pereza y lanzarse a la cacería. Sin embargo, algunas no sabemos esperar. Así pues, queda el recurso de olvidarse del tipo y la mejor manera es concentrarse en proyectos propios, salir a coquetear o poner los ojos en otros hombres que estén a nuestro alcance. Flirtear con varios tiene sus ventajas: así no nos gusten tanto mantiene nuestro ego en condiciones, nos permite ejercer impunemente el arte de la seducción y a ellos el del galanteo.
Lo de los códigos de otras culturas es un tema casi desconocido para mí. Parto del principio de que aquí y en Pekín los hombres están cortados con la misma tijera: es lo que se llama la naturaleza del macho. Por supuesto, habrá detalles que serán más notorios en uno o en otro lado, pero la esencia es la misma: cambia apenas el estuchito y alguno que otro accesorio. Ya en lo de la comunicación, las señales y demás, me considero una perfecta ignorante: sólo sé que gustarle a muchos tipos es fácil, lo difícil es mantener su atención el tiempo necesario para que conozcan a la mujer detrás del empaque. Muchos no tienen ningún interés en conocer nada: les basta el juego del flirteo y la posibilidad de que pase algo, aunque estén seguros de que nada pasará. También queda el detalle, mucho más importante, de que durante estos juegos una pueda perder las ganas y la motivación: algún defecto que se hizo evidente, una marranada que no nos cayó en gracia o un nuevo prospecto en la mira.
Difícil es no hacerse expectativas con una persona que nos gusta tanto: partamos de que esa atracción nos parece ya algo totalmente mágico como para no contemplar la idea de que haya la compatibilidad y afinidad necesarias para que prospere una relación. Sin embargo, este principio cae por su propio peso: la atracción sólo garantiza la atracción y nada más. Así como una puede enamorarse de unos hermosos y elegantes zapatos de tacón, comprarlos y después de llevarlos puestos por diez minutos descubrir que tiene ampollas hasta en el cuello, puede perfectamente enamorarse de la mirada, la apariencia, el porte o la carita de bueno -o de malo- de un tipo y terminar todo en una desilusión para una o ambas partes: no hay que confundir la causa con el efecto. Precisamente porque nos gusta, lo idealizamos y pensamos que todo irá bien; no es que porque todo va bien es que nos gusta. De hecho, de aquellos con los que las cosas empiezan a ir muy bien terminamos siendo generalmente buenas amigas. Sí, también las mujeres tenemos nuestras contradicciones. Es lo que los románticos llaman el misterio femenino y los misóginos, la histeria de las damas.
No hay quizás nada más frustrante que tener el corazón lleno de amor y no poderlo compartir. Pero esta impresión puede ser falsa: quizás de lo que realmente tenemos urgencia es de una sobredosis de cariño. Nos han enseñado que ese cariño tenemos que ganarlo: ser sumisas, buenas, complacientes, tolerantes, entregadas y desinteresadas. Eso, creo yo, es lo primero que tenemos que analizar antes de dar cualquier paso hacia el sexo opuesto. En el fondo hay mucho prejuicio socio-cultural ahí, mucho de la lucha entre los géneros, mucho de machismo. No hay que sorprenderse, es un mal común derivado del hecho de que el parámetro que rige las relaciones humanas es predominantemente masculino.
Sólo me resta una cosa por decir y es que hay que estar agradecidas por todos esos amores que no fueron y que ya no serán: un gran favor nos han hecho esos hombres al despreciarnos; nos salvaron de cometer el error de involucrarnos en una relación de la cual seríamos en corto tiempo esclavas. Hay que empezar por determinar qué es lo que queremos y qué estamos dispuestas a hacer y cambiar en nosotras para conseguirlo: si lo que haces no funciona, cambia de estrategia. Y en todo caso, hay que tener siempre presente que ellos no van a cambiar, por mucho que crean amarnos, a menos que se sientan tan inconformes como nosotras por esa tortura mutua en que se convierten las relaciones. Lo anterior puede ser casi imposible si tomamos en cuenta que la forma en que funcionan las relaciones de pareja les reportan incontables beneficios. Tenemos que cambiar nosotras, lo cual no significa ajustarnos a lo que ellos esperan, sino descubrir nuestras motivaciones, deseos y temores más íntimos para tomar las riendas del asunto. Lo más importante es tener claro que tanto hombres como mujeres somos torpes en esto del amor: poco se nos enseñó y lo que nos enseñaron fueron puros errores, prejuicios e ideales falsos.
Esta ha sido una oportunidad también para reflexionar sobre mis propias dudas y temores; espero que de alguna forma mis palabras puedan serte de utilidad.
Un abrazo,
Lufe