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Terra
La Coctelera

13 Febrero 2011

Hay momentos

13 feb 11

Un día cualquiera te levantas, como todos los días, dispuesto a seguir actuando en esta parodia cuasi-trágica y de repente te das cuenta de que estás cansado y de que la vida ha perdido para ti gran parte de sus atractivos. La vida sigue siendo la misma pero algo en ti ha cambiado, quizás para siempre. Recuerdas cuando tenías la cabeza llena de preguntas... ahora lamentas haber hallado las respuestas. Recuerdas cuando soñabas... ahora sólo quisieras estar siempre dormido. Recuerdas cuando creías en la felicidad... ahora hasta creer te parece un acto ridículo.

En momentos como estos tienes dos opciones -siempre hay por lo menos dos opciones-: sigues o te detienes. El asunto es tomar una decisión.... ¿Sigues.... o te detienes?

20 Enero 2011

Mi sitio web artístico

20 ene 11

Hola queridos lectores:

Los invito a visitar mi nuevo sitio en el ciberespacio, en la siguiente dirección:

www.wix.com/lufepever/lfpenagosart

  

Allí encontrarán una muestra de los trabajos artísticos que he realizado durante la última década: dibujos hechos a tinta, lápiz carboncillo y acuarelas. Mi tema, como siempre, el cuerpo femenino, aunque también hallarán algunos abstractos o inspirados en elementos de la naturaleza.

A mis antiguos amigos, fieles visitantes de eXtRaVíoS, les informo que hace un año llevé una selección de artículos de mi coctelera a impresión en papel para comercializarlos por encargo. También publiqué 3 libros más con aforismos, ilustraciones y un compendio de mis dibujos. Pueden descargar los libros de manera gratuita en formato pdf, en mi website en la pestaña books.

Bienvenid@s sean sus visitas y comentarios. 

5 Enero 2011

Vengo de donde mi amiga Kinga y su artículo FinDelfin, en el cual –aparte otros disparates propios de paranoicos sin remedio– se refiere a la muerte del libro. Particularmente del libro impreso.

La idea de digitalizar los libros surgió en los 70’s con el propósito de hacer que fueran accesibles para todo el mundo. El éxito de este ambicioso proyecto ha llegado actualmente a su cota más alta gracias a los nuevos artilugios tecnológicos que hacen muy cómoda y eficiente la lectura en pantalla. Nunca antes en la historia de la humanidad se logró que tantos textos estuvieran al alcance de tanta gente y, sin embargo, nunca antes hubo tantas personas analfabetas: desde las que nunca han tenido un libro en sus manos pasando por los malos lectores hasta los declarados bibliofóbicos que tienen alergia a todo lo que contenga letras. También es cierto que nunca antes hubo tanta gente, pero eso ya es otro cuento.

Hay que ser realista: el libro de papel desaparecerá un día así como han desaparecido otros maravillosos inventos a lo largo de la historia. Por el bien de los árboles y de los mismos libros que, al volverse digitales, adquieren más velocidad, se reproducen más fácilmente y entran a la era light.

En comparación con el libro de papel el ebook ofrece muchas ventajas: cabe en cualquier morral, es liviano, es barato y muchas veces gratuito, no se le corre la tinta ni se le arrugan las esquinas, se le puede agrandar o achicar la letra, aunque se moje no se disuelve, no acumula moho ni gérmenes, no hay que ir a buscarlo a la biblioteca, se pueden apilar muchos en un espacio muy pequeño –como una USB o un CD–, a partir de un solo ejemplar se pueden crear muchos sin necesidad de impresora, entre otras cosas.

Pero hay cosas para las que sólo sirve el libro de papel: equilibrar la pata coja de una mesa, descalabrar a un enemigo –el Cálculo de Purcell y el Álgebra de Baldor son buenas opciones–, propiciar un incendio, armar un bareto –funcionan muy bien las hojitas en blanco que vienen al final de las biblias–, convertirse en almohada, adornar bellamente una biblioteca o una mesa de centro –este uso es muy común en las mansiones de gente que quiere pasar por culta e interesante; lamentablemente estos libros por lo general mueren vírgenes– e, incluso, en caso de extrema necesidad pueden ser utilizados con fines higiénicos.

Aspiro que al menos por este último gesto, que revela su gran nobleza, el libro de papel dure todavía algunas décadas más.

15 Diciembre 2010

Dicen que al año

15 dic 10

de no publicar nada en tu blog, queda inactivo. Ya no recuerdo cuándo fue la última vez. Borré los últimos artículos y llevo tanto tiempo extraviada que bien podrían haber pasado 9 meses, 9 años o 9 siglos.

Por si acaso, escribo estas líneas. Podría soportar muchas cosas pero necesito un lugar donde llegar cuando logre salir del infierno.

23 Febrero 2010

Nuestros recelos morales están condenados a la parodia: no bien declaramos estimable una virtud, surgen mil trampas para que sea mancillada, se convierta en una especie en vía de extinción y su presencia sea posible solamente en los diccionarios.

Por definición las virtudes son ideales y en sus mismos preceptos se declaran muchas veces de forma negativa: basta con ver el decálogo de los mandamientos. Como valor deseable y bello accesorio para aligerar la conciencia, permitiendo así mismo alcanzar cierta prestancia social, adolece del defecto de la intransigencia: o se es o no se es... honesto, responsable, casto, sincero, justo, etc. No obstante esta tiranía de los extremos, en la que se es siempre blanco o siempre negro porque el gris no existe como opción, hay muchas personas en el mundo que se consideran a sí mismas intachables: las gentes buenas, las de bien y las virtuosas. Pertenecen todas al conjunto de los extraterrestres que por un fatal error vinieron a parar a este infierno sublunar, pese a lo cual se muestran la mayoría de las veces compasivas e incluso tolerantes con las fallas humanas.

Existe entre todas las virtudes una de difícil interpretación y no menos difícil cumplimiento: es la honestidad. Hay unos límites no muy claros entre ser honesto, recto, decente, íntegro y digno. Y si la sola idea de ser -siempre y en todo- completamente honesto intimida, ahora calcúlese cuántas posibilidades hay de fracasar si se incluyen los demás criterios. La honestidad es, con mucho, uno de los valores más necesarios para el bienestar común de la familia humana y, desgraciadamente, uno de los más escasos del repertorio.

Hay quienes piensan que la prostitución es una actividad degradante propia de rameras y gigolós, que es un oficio vergonzoso que va en detrimento de la dignidad. Muchos afirman que jamás de los jamases venderían su cuerpo, que el dinero no lo es todo y que no tendrían valor para mirar a nadie a los ojos después de haber caído en semejante bajeza. Es tan poderoso el tabú que envuelve este oficio, que circula comúnmente la expresión "mujer de la vida fácil" para referirse a aquella que transita por este camino. Lo curioso es que las más propensas a usar este apelativo son las señoras casadas: tal vez contrastan su vida doméstica, su sumisión al marido y su actitud de madres consagradas, con la aparente libertad de la prostituta y les da la impresión de que les correspondió en suerte la vida difícil; tal vez es que no han reflexionado sobre lo fácil que debe ser atender a varios maridos sólo en los requerimientos sexuales y, aparte de eso, asumir todos los riesgos, conformándose apenas con las retribuciones económicas. Quizás algunas no tengan la suficiente franqueza como para confesarse a sí mismas que para protegerse del estigma social de la soledad o asegurarse estabilidad económica, decidieron prostituirse a un solo hombre -con la bendición del cura o el aval del notario- por el resto de su vida.

La prostitución parece ser un fenómeno mucho más extendido de lo que muchos quisiéramos aceptar. Y si se va a la esencia del asunto es posible que todos estemos, mal que bien, prostituidos: cambiándonos por dinero o beneficios sociales y materiales y comprometiendo nuestra dignidad y respeto propio. No podemos ser tan obtusos de reducir esta actividad al comercio del cuerpo. El ser humano dispone de muchos otros elementos igualmente valiosos: tiene inteligencia, conciencia, capacidad de elección. El cuerpo es una herramienta -la más importante e imprescindible- pero nuestra ventaja consiste en que podemos experimentar a través de éste mucho más que la anatomía y la fisiología.

Para entender en toda su dimensión este fenómeno de la universal prostitución se hace necesario ir más allá de las apariencias, dejando a un lado los prejuicios y la doble moral; sólo así se hace evidente el trasfondo del problema. Básicamente la prostitución es lo contrario de la honestidad; poco interesa si este atentado se hace a través del cuerpo, de la inteligencia, de la conciencia o alguna otra de las facultades humanas. Ser deshonesto empieza por mentirse a sí mismo y en este sentido considero que es el nivel más bajo al que puede descender cualquier ser humano: si alguien tiene la suficiente falta de escrúpulos como para mentirse a sí mismo no tendrá reparo en mentirle a nadie y su vida será, en términos generales, una completa farsa. La primera persona ante la cual debemos conservarnos impecables y respetables somos nosotros. De hecho, poco importa que a ojos de los otros seamos indecentes o indignos con tal de que íntimamente tengamos la certeza de haber hecho nuestro máximo esfuerzo por mantenernos coherentes en nuestro ser, pensar, hacer y sentir.

Creo que una de las razones por las que es tan complicado perseverar en la honestidad es porque todos los sucesos conspiran en su contra: siempre es más sencillo, cómodo y hasta provechoso hacerse el ciego, el sordo y el tonto, dejarse arrastrar por la corriente y hacer como quien no se da cuenta. El mundo actual deja pocos caminos -si es que deja alguno- para la gente honesta: o se está sumergido hasta el cuello en lo que podría llamarse la marea de podredumbre moderna o se está por fuera, con todo lo que eso implica. Es más factible ser comprendido y aceptado si uno se comporta como la sociedad quiere y necesita que uno se comporte: en un ambiente donde todos se revuelcan en el fango, el que quiere permanecer limpio es declarado enemigo común porque, sin darse cuenta, le recuerda a los demás todo lo que perdieron en el camino de adaptarse y que creen que ya nunca podrán recuperar. Y si, por ejemplo, en un exceso de ingenuidad alguien opina que es recomendable y hasta posible hacer un cambio, si se propone intentar una manera transparente de hacer las cosas para poder tener una vida coherente, entonces siempre habrá mil personas empeñadas en que es imposible porque todo ha funcionado siempre así, por el camino torcido, renegando de sí mismo, renunciando a la tranquilidad de espíritu y vendiéndose al mejor postor.

Esta es la condición humana que impera hoy día: hacer parte del montón y repetir lo que todos hacen para encajar de alguna manera en el rompecabezas, lo cual implica mutilarse y resignarse a una vida de la cual otros escriben el libreto o... quizás morirse de hambre, quizás quedar descartado como producto social, quizás ser un eterno paria y ver como mueren uno a uno todos los sueños. Nuestra prostitución es programada, compartida y aceptada: muchos ojos nos vigilan y muchas circunstancias nos obligan. Si sólo consistiera en infligirnos este dolor a nosotros mismos nuestro consentimiento tendría hasta cierto punto un impacto despreciable; lamentablemente nuestra deshonestidad y cobardía son como una plaga que contamina todo lo que toca y que determina el camino por el que transitan nuestros semejantes y por el que las generaciones futuras se verán forzadas a marchar.

17 Febrero 2010

Los objetos del espejo están más cerca de lo que parece.

 

No estaba muy segura de querer contar esta historia, capítulo personal que viví el pasado fin de semana. Pero ahora, después de haber superado el impacto inicial, me doy cuenta de que es posible que a otras personas les haya sucedido y que, por lo tanto, este relato puede consolarlos con la idea de que su vivencia no es tan remota ni extraordinaria como parece. O al menos servirá para quitarme el peso de un acontecimiento que fue casi un cruce imposible de realidades, una falla en el continuo espacio-tiempo, una interferencia con eso que llaman mundos paralelos.

Domingo, después de una noche felizmente lluviosa, salgo tipo 8 de la mañana hacia un paraje campestre a las afueras de la ciudad, en compañía de un amigo con el que hace mucho tiempo no hablábamos. Fuimos en su moto, un grande, nuevo y potente aparato que, por suerte, sabe manejar con prudencia. Pasamos por varios lugares desperdigados a lo largo de la vía y nos deleitamos con la niebla, el viento fresco y los hermosos paisajes de un imponente cañón.

A eso de las 2 de la tarde me propuso que fuéramos a un mirador situado unos kilómetros más adelante para tomar algunas fotos de las montañas. Llegamos en pocos minutos, parqueamos fuera de la carretera en un espacio con balaustradas colocadas a propósito para los visitantes y nos apeamos de la moto. Nos deshicimos de los cascos y mientras yo alistaba la cámara y él se acomodaba al lado de una estatua para que lo fotografiara, un hombre motorizado desaceleró lentamente y se detuvo justo detrás de la moto de mi amigo. Había una distancia de no más de tres metros entre él y yo y por alguna razón que en el momento no pude determinar sentí una fuerte emoción al ver su rostro, del cual  podía apreciar -a pesar del casco- los ojos, la nariz y los labios. Mi amigo se empeñaba en subirse al pedestal de la escultura y entre tanto yo me quedé lela mirando al tipo, quien tampoco me quitaba la vista de encima. De repente, se me abrieron los ojos otro tanto: conozco al tipo, me dije, lo he visto en fotos pero no puede ser él. No puede ser por la sencilla razón de que no vive en este país, no usa moto y no hubiera podido de ninguna manera ubicarme. Pero la evidencia estaba frente a mí: era joven, alto, delgado, blanco, de nariz grande, labios gruesos, ojos achinados, barbilla hermosamente tallada y me miraba sonriente como si me conociera. No lograba yo salir de mi asombro, debatiéndome entre la visión y los mil pensamientos que me negaban su realidad, cuando él encendió nuevamente la moto y se dispuso a marcharse. Pasó a no más de un metro de donde yo estaba y cuando lo vi coger ya la carretera le grité: ¡espere, espere! Lo hice sin pensar, llevada por el presentimiento de que si no salía de la duda lo iba a lamentar el resto de mi vida. El hombre se detuvo, giró la cabeza hacia atrás como para asegurarse de que la llamada había tenido lugar y luego viró la moto y se acercó a donde yo estaba.

No alcanzan a imaginarse lo que verlo tan cerca me significó: supe que no era él, no podía ser él, pero quería estar completamente segura, así que me quedé observando cada parte de su rostro, su piel, su sonrisa nerviosa y tierna y sus ojos que me interrogaban. Al cabo preguntó: ¿nos conocemos de alguna parte? Y yo, recuperando un poco la cordura, le contesté con otra pregunta: ¿le pasó lo mismo que a mí, cierto? Me dijo: -sí, se me parece mucho a alguien pero no puede ser usted-. Yo, impúdicamente, lo veía con insistencia y le pedí, casi le ordené, si podía quitarse el casco. Sonrió y se lo quitó: tenía el cabello castaño, ondulado y corto, sus orejas eran pequeñas y su frente amplia. No se podía negar el parecido: más allá de la semejanza de los rasgos estaba esa inocencia en sus ojos y esa sonrisa que demostraba una nobleza y ternura infinitas. -¿Cómo se llama?- Le interpelé en tanto bajaba la vista para apreciar una de sus manos, que había puesto sobre el tanque de la moto. -Yeison David -contestó. -¿Y dónde vive? -En B*. Por fin aprovechó mi silencio y se atrevió a decir que iba a visitar a la familia y preguntó si yo solía pasear en moto. Le di una explicación incoherente, de que no, que mi amigo... y que veníamos de casualidad. En un arranque de completa locura le pedí que si me dejaba tomarle una foto: necesito una prueba, me dije, no quiero pensar que me estoy volviendo una obsesiva desquiciada. Mi amigo, ya algo preocupado, trataba de confirmar si yo conocía o no al tipo. No me era posible ponerle atención; tenía la cámara apuntando al rostro del joven a quien tomé dos fotos. Él me pidió que se las dejara ver y con un gesto me hizo saber que no había quedado en su mejor ángulo. -No importa -le dije. Después de eso mi amigo se acercó y yo, incapaz ya de soportar por más tiempo la impresión, le di la mano al hombre, me presenté y le deseé un buen viaje. -Gracias por... por las fotos -dije finalmente. Estiró la suya, que no era ni tan grande ni tan fuerte como la del hombre con quien lo había confundido y se despidió.

Tengo las fotos y las he observado con calma otra vez para asegurarme de que mi vista no me engañó. Definitivamente se parecen. Es una completa locura: lo sorprendente no es sólo que él se parezca al otro hombre, es que también yo me le parecí a una mujer que por alguna razón tampoco podía estar allí. Tuve la impresión de que esa chica le gustaba o que, por lo menos, le hubiera dado mucho gusto que yo fuera ella, tanto como el que me hubiera dado a mí que él fuera el otro. Pero no era él y, así fuera físicamente idéntico, no iba a ser nunca él. Sentí mucha tristeza al descubrir que nadie podría nunca ocupar su sitio y comprender que, definitivamente, uno se enamora de una persona por aquello que la hace única: el hecho simple de que es ella y no otra.

Anoche he pensado largo rato en el asunto. Supongo que algo parecido les sucede a las personas que pierden inesperadamente un amor: deben verlo en todos los rostros y sufrir indeciblemente. Y si esa pérdida fue definitiva, si la persona abandonó esta vida para siempre, el dolor debe ser terrible, eterno e intolerable.

 

 

15 Febrero 2010

Querida amiga,

Antes de responder a tus preguntas y darte mi opinión sobre lo que me cuentas quiero que sepas algo: es una especie de conclusión a la que he llegado en este momento sobre eso que llamamos enamoramiento. Creo que, lamentablemente, sentirse tan atraído, tan descontrolado, tan enamorado, no es lo mejor. Es enfermizo; nos vuelve totalmente débiles e irracionales. Tanta pasión no puede traer nada bueno. Si es correspondida se vuelve una enfermedad de dos: dependencia, simbiosis, locura compartida. Si no, se vuelve un infierno donde uno vive solo, con una pasión que lo quema por dentro y lo destruye poco a poco. Lo digo con la voz de la experiencia: no hay nada peor que enamorarse solo, de una persona que uno no conoce y que, como todo ser humano, es falible, tiene defectos y una vida aparte.

En dos ocasiones en que me he sentido totalmente trastornada por alguien -ya sabes que suelo empiñatarme sin ningún tipo de estímulo, atención ni reciprocidad- y he optado por decírselo francamente a la persona en vista de mi horrible ansiedad, eso me ha liberado: en el momento me deshago de esa sensación de estar pudriéndome sola con un amor secreto incoherente y antes de decirlo doy por sentado que nada pasará jamás con esa persona, que estoy poniendo punto final: cuando le dices a un hombre lo que sientes siempre le parece desproporcionado y su primera impresión es que estás deschavetada, emprendiendo a continuación la huida. Normal: los hombres, cuando se declaran, se sienten en su derecho: ellos son los que pueden perder la razón por una mujer; no necesitan conocerla: sólo verla y prendarse de ella. Pero si a una mujer le pasa lo mismo con un hombre, la consideran loca, anormal, obsesiva. Es ilógico que existan estas diferencias entre los géneros porque todo enamoramiento es así: absurdo. Uno no se enamora de lo que conoce, uno se deja llevar en principio por un gusto incomprensible y por eso mucho más poderoso. Uno no quiere saber qué es lo que le gusta, sólo quiere disfrutar esa sensación.

De alguna manera que no alcanzo a explicarme uno deposita toda su alegría en la presencia, los gestos, las palabras y los detalles de esa persona. Y también, por lo tanto, asume un riesgo incalculable de sufrir. Ponerse ansioso y empezar mal el día por un desplante o una desatención, real o imaginaria, es uno de los síntomas de que la cosa ya se salió de nuestro control y que tenemos que poner el freno: si eso sucede con alguien con quien no existe ningún vínculo, ¿qué pasaría si fuera ya nuestra pareja y por X ó Y motivo la relación se acabara? Eso puede dar para manicomio. No amiga, me doy cuenta de que lo mejor es que ellos se enamoren, que sean ellos quienes asuman todos los riesgos. Nuestro corazón y nuestra autoestima son demasiado frágiles. Somos fuertes para muchas cosas, pero nos encaprichamos y nos encariñamos fácilmente y eso nos trae muchos problemas. En cambio, si son ellos los que se enamoran, nosotras apreciaremos más objetivamente sus detalles, su cariño, sus atenciones y entonces cada parte tendrá su recompensa: una, porque se sabe querida y el otro porque lo dejaron amar. Así es la vida amorosa como la veo en este momento y aunque me haya empeñado tanto tiempo en que una tiene el mismo derecho a perder la razón y enamorarse como una colegiala, lo cierto es que vivimos en un mundo machista y nuestra resistencia no da para tanto. Viéndome tantas veces decepcionada de mis preferencias absurdas y de los malentendidos que generan mis estrategias juguetonas de conquista, me descubro ya sin argumentos para amar ni dejarme amar. Me vuelvo cada vez más cínica e incapaz de creer en la posibilidad de que existan las relaciones de reciprocidad. Pero vivo en este maldito mundo: acá uno se adapta o se muere. Y si esto me lleva a escoger otro camino será, como vengo pensando durante los últimos años, el de observar a los hombres como si fueran animales diferentes de nosotras y con los que cualquier intento de intimidad es imposible.

La preocupación de conocer o no al tipo es irrelevante. Uno nunca conoce verdaderamente a nadie y si hay un gusto de por medio, así hubieran tenido ya unas cuantas citas y conversaciones en privado, tendría cada quien su respectiva máscara puesta que impediría apreciarse con objetividad y confiar en lo que se ve. Así es que conocerlo no garantizará nada, excepto la posibilidad de que ese gusto pase a su segunda fase: el beso, la caricia y demás. No descarto la opción de que después de haber tenido algunos encuentros se descubran cosas afines y con base en esto quizás se pueda construir algo mucho más interesante. Pero si el tipo es tan cobarde que ni siquiera te saluda o si a veces parece que sí y otras que no, pues cabe pensar que: o es un pusilánime o no le atraes lo suficiente como para dar el primer paso. Por tanto no vale la pena descerebrarse imaginando más explicaciones: la cosa con los hombres es muy sencilla, ellos son tremendamente básicos: si algo no les gusta pues se alejan, ni siquiera lo piensan. Así es, aunque a nosotras nos cueste tanto aceptarlo y aunque nos encante especular las razones más disparatadas.

Yo supongo que lo que me dices tiene bases; si crees que le gustas de veras pero no lo ves decidido la razón es clara como el agua: no está dispuesto a arriesgarse. Detrás de eso pueden haber diversas consideraciones por parte suya: tiene una persona segura y otra que podría tener, pero que no le brinda garantías. Y no creas que cuando hablo de garantías me refiero a que lo mejor sería que él estuviera seguro de que te gusta lo suficiente como para pensar en la posibilidad de una relación entre los dos. Nada más lejos de la realidad: si él estuviera seguro ya no le importarías para nada. Los hombres son así: cuando saben que la presa está en sus manos y que sólo basta mover un dedo para tenerla, entonces ya no la quieren. Hace parte de las contradicciones propias de los hombres: no quieren lo que tienen sino lo que no pueden tener y entre más difícil sea más se empeñan, se inventan maneras o, sencillamente, si carecen de seguridad en sí mismos, se cierran totalmente y buscan la forma de superar esa frustración, que es más de ego que de carácter amoroso. Otra causa, que podría ser ridícula a nuestros ojos pero para ellos absolutamente válida, es la pereza: pereza de empezar de nuevo, de hacer el trabajo de la conquista, de perder los beneficios que han ganado ya con la persona que tienen al lado e invertir tiempo, energía y dinero en una relación nueva. La comodidad puede ser la razón subyacente y se desprende del miedo al cambio. Respecto a las garantías es obvio  que, como tampoco te conoce, tema hacer una inversión en un negocio que podría resultar poco rentable. Los hombres son de resultados: para ellos cada invitación, regalo, llamada y esfuerzo que hacen por complacer a la chica que les gusta es como un abono para asegurarse una ganancia. Pero si, de repente, empiezan a dudar sobre la certeza de esta ganancia o sobre el valor de la misma, entonces recogen sus corotos y se van. Y cuando tienen con qué comparar, es decir, cuando tienen una mujer ya en sus vidas, la competencia es más fuerte: una tiene a su favor la novedad... nada más. Y en todo caso, la novedad es algo que no dura mucho.

Respecto al móvil de los celos te aseguro que ninguna mujer, por celosa que sea, puede impedir que un hombre que encontró otra mujer que le atrae fuertemente, la corteje. Sino no veríamos tantos divorcios e infidelidades. Es cierto: los hombres le tienen miedo pánico a las escenitas y a los ardides de las mujeres celosas, pero siempre se dan mañas cuando quieren hacer sus pilatunas. Así que es más saludable descartar esto como posible fundamento de la retirada o de la falta de audacia.

Desafortunadamente en estos casos la única cosa que queda es mantenerse digna, parecer desinteresada y esperar que eso estimule sus ganas de dejar a un lado el miedo o la pereza y lanzarse a la cacería. Sin embargo, algunas no sabemos esperar. Así pues, queda el recurso de olvidarse del tipo y la mejor manera es concentrarse en proyectos propios, salir a coquetear o poner los ojos en otros hombres que estén a nuestro alcance. Flirtear con varios tiene sus ventajas: así no nos gusten tanto mantiene nuestro ego en condiciones, nos permite ejercer impunemente el arte de la seducción y a ellos el del galanteo.

Lo de los códigos de otras culturas es un tema casi desconocido para mí. Parto del principio de que aquí y en Pekín los hombres están cortados con la misma tijera: es lo que se llama la naturaleza del macho. Por supuesto, habrá detalles que serán más notorios en uno o en otro lado, pero la esencia es la misma: cambia apenas el estuchito y alguno que otro accesorio. Ya en lo de la comunicación, las señales y demás, me considero una perfecta ignorante: sólo sé que gustarle a muchos tipos es fácil, lo difícil es mantener su atención el tiempo necesario para que conozcan a la mujer detrás del empaque. Muchos no tienen ningún interés en conocer nada: les basta el juego del flirteo y la posibilidad de que pase algo, aunque estén seguros de que nada pasará. También queda el detalle, mucho más importante, de que durante estos juegos una pueda perder las ganas y la motivación: algún defecto que se hizo evidente, una marranada que no nos cayó en gracia o un nuevo prospecto en la mira.

Difícil es no hacerse expectativas con una persona que nos gusta tanto: partamos de que esa atracción nos parece ya algo totalmente mágico como para no contemplar la idea de que haya la compatibilidad y afinidad necesarias para que prospere una relación. Sin embargo, este principio cae por su propio peso: la atracción sólo garantiza la atracción y nada más. Así como una puede enamorarse de unos hermosos y elegantes zapatos de tacón, comprarlos y después de llevarlos puestos por diez minutos descubrir que tiene ampollas hasta en el cuello, puede perfectamente enamorarse de la mirada, la apariencia, el porte o la carita de bueno -o de malo- de un tipo y terminar todo en una desilusión para una o ambas partes: no hay que confundir la causa con el efecto. Precisamente porque nos gusta, lo idealizamos y pensamos que todo irá bien; no es que porque todo va bien es que nos gusta. De hecho, de aquellos con los que las cosas empiezan a ir muy bien terminamos siendo generalmente buenas amigas. Sí, también las mujeres tenemos nuestras contradicciones. Es lo que los románticos llaman el misterio femenino y los misóginos, la histeria de las damas.

No hay quizás nada más frustrante que tener el corazón lleno de amor y no poderlo compartir. Pero esta impresión puede ser falsa: quizás de lo que realmente tenemos urgencia es de una sobredosis de cariño. Nos han enseñado que ese cariño tenemos que ganarlo: ser sumisas, buenas, complacientes, tolerantes, entregadas y desinteresadas. Eso, creo yo, es lo primero que tenemos que analizar antes de dar cualquier paso hacia el sexo opuesto. En el fondo hay mucho prejuicio socio-cultural ahí, mucho de la lucha entre los géneros, mucho de machismo. No hay que sorprenderse, es un mal común derivado del hecho de que el parámetro que rige las relaciones humanas es predominantemente masculino.

Sólo me resta una cosa por decir y es que hay que estar agradecidas por todos esos amores que no fueron y que ya no serán: un gran favor nos han hecho esos hombres al despreciarnos; nos salvaron de cometer el error de involucrarnos en una relación de la cual seríamos en corto tiempo esclavas. Hay que empezar por determinar qué es lo que queremos y qué estamos dispuestas a hacer y cambiar en nosotras para conseguirlo: si lo que haces no funciona, cambia de estrategia. Y en todo caso, hay que tener siempre presente que ellos no van a cambiar, por mucho que crean amarnos, a menos que se sientan tan inconformes como nosotras por esa tortura mutua en que se convierten las relaciones. Lo anterior puede ser casi imposible si tomamos en cuenta que la forma en que funcionan las relaciones de pareja les reportan incontables beneficios. Tenemos que cambiar nosotras, lo cual no significa ajustarnos a lo que ellos esperan, sino descubrir nuestras motivaciones, deseos y temores más íntimos para tomar las riendas del asunto. Lo más importante es tener claro que tanto hombres como mujeres somos torpes en esto del amor: poco se nos enseñó y lo que nos enseñaron fueron puros errores, prejuicios e ideales falsos.

Esta ha sido una oportunidad también para reflexionar sobre mis propias dudas y temores; espero que de alguna forma mis palabras puedan serte de utilidad.

Un abrazo,

Lufe

14 Febrero 2010

No hay nada que esté por fuera de los límites de la Naturaleza y que merezca justamente ser admirado.

 

Me resulta a la vez sumamente gracioso y preocupante enterarme de los proyectos descabellados que emprenden los hombres de ciencia y los genios de la tecnología. Gracioso porque, a pesar de las evidencias, el ser humano sigue en el necio propósito de mejorar lo que de por sí funciona perfectamente. Preocupante porque a este ritmo de cambios y novedades, no nos va a quedar tiempo ni capacidad de reflexionar sobre las implicaciones que estos proyectos tendrán en la vida de todos los seres y mucho menos para detenerlos en caso de que excedan los límites de la sensatez.

No pongo en duda que todo lo que se propone el ser humano pueda conseguirlo. Mientras tenga imaginación, que es el germen de todo lo existente, se corre el riesgo de que las creaciones más disparatadas se concreten en esta realidad. Desde la alquimia -con la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud- hasta la biología -con la manipulación del mapa genético, la fabricación de clones y la premisa de una máquina corporal bella, perfecta e inmortal- todas las empresas del hombre han puesto de manifiesto su inconformismo con la realidad natural y su necesidad visceral de componerla según su criterio.

El hombre no se cansa de jugar a ser Dios. Lamentablemente no está capacitado para desempeñar con éxito ese papel: siempre que trata de hacer algún milagro los resultados son desastrosos, a mediano o largo plazo. Podría decirse que sólo está a su alcance realizar milagros al revés: cuando se vanagloria de haber inventado  una solución extraordinaria -generalmente para resolver un problema que él mismo ha creado- ya ésta ha generado cientos de problemas más y el ciclo vuelve a empezar. Parece una exhibición de soberbia y es tal vez un desafío lanzado a la cara de Dios -casi como la historia de Frankenstein y Víctor, su padre- por haber plasmado en el hombre la versión desmejorada de Sí mismo y haberle dotado de poderes a medias, como si su intención hubiera sido verle siempre humillado.

Ahora bien, lo último en milagros humanos es la agresiva intervención del cuerpo para añadirle o quitarle lo que falta o sobra, según los cánones actuales de belleza y perfección. La sola idea de que el gran sueño de muchas mujeres es operarse la nariz, rellenarse el rostro de Bótox para que el precio de sus alegrías y tristezas -las arrugas- no se haga evidente, agrandarse los senos o deshacerse del vello con ayuda del láser, causa alarma. Pero en cuanto a los hombres, no se quedan atrás: hasta tal punto la tecnología se ha convertido en su panacea y en el ideal materializado de la omnipotencia que no ve impedimento alguno en atiborrarse de implantes -externos y ahora internos- para suplir aquellas deficiencias que por naturaleza tiene, en particular esa tendencia a desear que todo sea más fácil, rápido y le exija el mínimo esfuerzo. 

La ciencia carece de moral, no así el hombre cuyas intenciones conoce solamente él mismo. No obstante, en ocasiones, éstas escapan incluso a su conciencia. Eso es lo verdaderamente espeluznante de esta obsesión desenfrenada por violentar los secretos y misterios de la vida para ponerlos al servicio de las ambiciones y mezquinas aspiraciones del ser humano. Y cuando ya sea moneda corriente que las personas vayan a centros médico-tecnológicos para que les implanten en el cerebro chips con el fin de efectuar desde su mente todas esas acciones molestas como manejar el carro, usar el teclado para acceder a información en internet, hacer llamadas telefónicas, encender el horno micro-ondas o pagar las facturas de los servicios, ¿quién nos garantiza que esos mismos aparatos no serán usados para volver al hombre una máquina más, un títere programable, utilizable y desechable? ¿Cómo podría revertirse el procedimiento si, en uno de esos intentos del hombre por competir con Dios, las cosas se salen de control? ¿Qué extraño monstruo será esa mezcla incompatible de carne y circuitos integrados si a la fecha, y siendo todavía humanos, nos quedamos perplejos ante nuestra capacidad de crueldad y de indolencia?