Publicidad:
La Coctelera

eXtRaVíoS

La PaLaBra: Destino IneXoraBle

Categoría: EnSaYos De EnSaYo

9 Agosto 2009

Para los que todavía afirman que las palabras se las lleva el viento y los que no creen en el Poder de la Palabra, escribo estas líneas.

En defensa de las palabras diré que por su misma contextura física son incapaces de hacer el menor daño y que por no haber escogido su origen etimológico están exentas de tacha moral.

Si bien es cierto que una imagen vale más que mil palabras también lo es que como recurso social, político y cultural, la palabra tiene un papel más significativo que la imagen ya que su canal de transmisión de mayor uso es gratuito, su presencia es cotidiana aun en el rincón más remoto del mundo, está al alcance de prácticamente cualquier persona que tenga ojos, oídos y/o boca (se educa en la lecto-escritura con más ahínco que en el dibujo) y la prueba indiscutible de su importancia se puede encontrar en las miles de bibliotecas que existen en el mundo real y virtual.

Vale la pena recordar también cuántas vidas ha salvado la palabra y cuántas ha cegado. No por sí misma, sino por la utilización que de ella se hace. De este poder pueden dar fe los abogados, quienes con mayor convicción que muchos filólogos y gramáticos defienden una tilde, una coma y reconocen las ventajas del lenguaje profesional.

Debido precisamente a esta flexibilidad y buena disposición de las palabras, a la facilidad con que se pueden manipular para crear o destruir, a su propiedad como aglutinante y disolvente de las relaciones sociales, se han propuesto los eufemismos, palabras y expresiones para maquillar realidades desagradables cuya sola mención ruboriza o exalta los ánimos; retoque que se aplica con el fin de velar por un mejor entendimiento y hacer que todo parezca normal. Ya se sabe que en el estado actual del mundo lo importante no es ser, es parecer.

Esta costumbre de usar buenas palabras ha invadido los medios de comunicación y -oh, sorpresa- ha alcanzado también la intimidad del hogar. De repente, todos nos hemos vuelto muy elegantes y palabras como violación, asesinato, robo y crimen nos suenan vulgares y causan dolor de oído cuando se aplican a personajes investidos de autoridad. Por ejemplo, gracias a la sutil discriminación entre delincuencia común y  delito político, funcionarios públicos como senadores, congresistas y ministros reciben, además de un sueldo jugoso que no siempre se ganan honradamente, tratamiento privilegiado ¡y hasta indulto! cuando se les comprueba escandalosos robos a la Nación (o sea, cuando se roban el dinero de los impuestos y de las regalías). El eufemismo en cuestión es malversación de fondos. A ellos no los llevan a la cárcel por ladrones dizque porque tienen investidura, o sea, un traje político que protege a todos los de dicha élite para que cometan impunemente las fechorías y su castigo se limite a la vergüenza pública, que por cierto no dura mucho. Son tan descarados que tiempo después hacen campaña como candidatos y salen en televisión hablando de otros delincuentes estatales. Pero vaya un pobre y róbese un pan: se va directo a la cárcel y allá se pudre porque no hay con qué pagar el abogado que  lo defienda. Aquí no se trata de minimizar ningún delito, se trata de que si hay democracia la justicia se aplique por igual para todos.

En muchas ocasiones basta con aplicar un barniz elegante y la cosa más vil queda presentable con la certeza de que nadie hará preguntas indiscretas porque, por lo demás, es de mal gusto sacar a la luz temas tan ordinarios. Sobre todo, es síntoma de ignorancia y falta de educación llamar a las cosas por su nombre. Para eso se han creado los sinónimos y las metáforas. Gran logro de la civilización esta doble moral, aunque un poco ingenua si cree que por cambiarle de nombre el mal desaparece o se hace menos grave.

La historia de la Humanidad está plagada de estas hermosas expresiones que suavizan desde situaciones  bochornosas hasta atroces matanzas. Tienen además la capacidad de causar amnesia y trastornos del juicio. Casos se han visto en los que, al cabo de algún tiempo, personajes implicados en actos abominables han sido canonizados, han recibido medallas al honor post mortem y hasta tienen estatuas conmemorativas modeladas por reconocidos artistas.

Pero sin lugar a dudas, su lugar más importante destaca en los medios de comunicación y en los llamados libros de historia. Aquí algunos ejemplos:

Santa Inquisición. Por definición, inquisición es la acción de inquirir (del latín in: hacia dentro y quaerere: preguntar). Preguntar (se) o averiguar por algo que se desconoce o no se recuerda. Indagar algo cuidadosamente, escudriñar. Sin embargo, en compañía de la palabra santa sus connotaciones sufren algunas alteraciones.

La Santa Inquisición fue una institución creada por la iglesia católica (sí, la misma cuya doctrina se basa en el amor a Dios y al prójimo) cuya noble tarea consistía en suprimir la herejía en el seno de la Iglesia Católica. Analicemos esta definición. Para empezar ¿Qué es herejía? Del griego hairesis significa tomar una posición divergente con respecto a un credo o doctrina. Si llevamos esto hasta sus últimas consecuencias todos somos herejes, ya que todos adoptamos una posición en cuanto a creencias (religiosas, filosóficas, políticas, etc.) que  nos opone a todas las demás. ¿Y acaso por esto tenemos que matarnos unos a otros? ¿Y porque yo creo que Dios tiene barba y mi vecino no cree lo mismo, entonces hay que considerarlo errado, peligroso y eliminable?

Suprimir la herejía significaba literalmente matar los herejes. (Es semejante a lo que proponen nuestros candidatos presidenciales cuando prometen acabar con el hambre y la pobreza. Se toma el mal y los afectados como elementos intercambiables). La iglesia católica se dio cuenta de que la amenaza de excomunión no garantizaba obediencia así que para sentar un precedente cogió a algunos incautos, los torturó creativamente y los mató con sevicia en las plazas públicas para que los que tuvieran dudas sobre el poder de la iglesia abominaran de su escepticismo. Quien quiera documentarse un poco más acerca de las disuasivas estrategias utilizadas por los inquisidores, remítase al interesante tratado Malleus Maleficarum (o Martillo de las brujas).  Todo lo anterior avalado y patrocinado por el Papa y los reyes de turno, como representantes de Dios en la tierra.

Sería bastante ingenuo pensar que la salvación de las almas era el verdadero móvil de esta masacre. En palabras sencillas, la inquisición fue el brazo legal para efectuar la tortura y el asesinato de aquellos individuos que constituían una amenaza para la autoridad política y económica de la iglesia.

Campo de concentración. A primera vista se podría imaginar un hermoso campo de girasoles lejos de la ruidosa ciudad en medio del  cual uno puede concentrarse, es decir, enfocar toda su atención en un asunto. Sin embargo, estas tres palabras esconden un fenómeno temible que nada tiene que ver con girasoles ni tranquilo silencio. Se trata más bien del secuestro, tortura y asesinato de individuos detenidos arbitrariamente debido a su filiación política, grupo étnico, creencias religiosas, preferencia sexual o postura frente a los intereses del estado. Por lo general estos sitios de inhumano hacinamiento conforman grandes organizaciones dirigidas por matones de las fuerzas armadas y de seguridad, financiadas por el estado (con el dinero que los ciudadanos pagan en impuestos).

Fosa común. Aunque su nombre pudiera engañarnos no es la fosa que todos conocen; de hecho a veces se tarda mucho tiempo en descubrirla. Es un cementerio clandestino donde entierran -como si de basura se tratara- los cuerpos de personas que han muerto o han sido asesinadas en condiciones que dificultan su reconocimiento. En ciertos casos se aplican procedimientos especiales para que los cadáveres queden irreconocibles y los familiares no puedan reclamar el cuerpo para darle digna sepultura. De esta manera se protege igualmente la identidad de los culpables.

Pederastia sacerdotal. Es cuando un sacerdote corrompe y/o viola individuos menores de edad aprovechando la autoridad que tiene y la protección de que goza por ser representante religioso.

Concierto para delinquir. No se trata de la última obra de la Orquesta Sinfónica. Es cuando dos o más pillos se ponen de acuerdo para llevar a cabo actos ilegales. Cuando los pillos son gente de a pie al grupo se le etiqueta delincuencia organizada. Cuando son políticos o militares acostumbra usarse este eufemismo, que suena bastante culto, aunque por debajo haya tortura, secuestro, genocidio, extorsión, enriquecimiento ilícito, desplazamiento forzado y asesinato.

Prevaricato. Simple y llanamente es cuando un juez o un abogado se roban el sueldo, aunque en los textos jurídicos dice algo así como que por acción u omisión no cumplen con su oficio. Cosa grave teniendo en cuenta que se les paga por administrar la justicia y hacer valer la ley con rectitud e imparcialidad.

Dictadura. Sinónimo de gobierno autoritario, impuesto o tomado a las malas. Léase reelección forzada, enmiendas, referendos reeleccionistas y otras inconsecuencias democráticas.

Falso positivo. Antes de que se hicieran esos nefastos descubrimientos sobre los asesinatos realizados por las fuerzas militares colombianas, los falsos positivos eran muchas veces si no positivos, por lo menos una mala broma con final feliz. Por ejemplo, cuando alguien se hacía la prueba para el diagnóstico del sida y obtenía un resultado positivo, el médico le sugería otra prueba para corroborar. A veces esta segunda prueba arrojaba un resultado negativo lo cual significaba que el primer examen había fallado, es decir era un falso positivo. Otro tanto sucedía con las mujeres que después de un sorpresivo retraso se hacían el test de embarazo con resultado positivo. Una segunda prueba daba negativa lo cual resultaba muy positivo para algunas.

En el caso de Colombia no es una broma ni un error técnico y llamarlo con un nombre tan ambiguo es desviar la atención del asunto principal. Porque es como decir que los militares hicieron una prueba que arrojó como resultado que  alguien era guerrillero y que al hacer otra pesquisa resultó que no, que no era. Pero para ese momento, ese alguien ya había sido asesinado... por las fuerzas militares. Lo más grave es que los implicados digan que obedecían órdenes de superiores. Y lo peor, si puede haberlo, es que esos superiores digan que estos accidentes suceden porque tienen que mostrar resultados.

Este eufemismo de uso tan común hoy día sólo pone de manifiesto que la llamada Política de Defensa y Seguridad Democrática es otro eufemismo. Pero veamos lo que nos dicen la Presidencia de la República y el Ministerio de Defensa al respecto:

"Nosotros predicamos que todos son bienvenidos en la democracia. La oposición, los que disientan de las ideas del Gobierno o de su partido, serán protegidos con el mismo cuidado que los amigos o partidarios del Gobierno. No hay contradicción entre seguridad y democracia. Por el contrario, la seguridad garantiza el espacio de discrepancia, que es el oxígeno de toda democracia, para que disentir no signifique exponer la seguridad personal. Pero hay que trazar una línea nítida entre el derecho a disentir y la conducta criminal. Sólo cuando el Estado castiga implacablemente el crimen y combate la impunidad hay plenas garantías para ejercer la oposición y la crítica."

Lo que no se entiende es cómo se va a garantizar la democracia pasando por encima de sus principios fundamentales y, sobre todo, violando los derechos humanos. Y cómo van los ciudadanos a respetar leyes que el mismo Gobierno no respeta y creer en una Constitución de plastilina que se puede modelar a gusto del interesado. ¿No hay contradicción entre seguridad y democracia? Pues tampoco la hay entre educación de calidad y democracia  y sin embargo el Gobierno prefiere invertir en armas que no enseñan nada y sí siembran desesperanza y violencia. Además ¿de cuándo acá importa que haya amigos del gobierno o del partido? El gobierno no está hecho para hacerse popular y tener amigos sino para dirigir un estado hacia mejores condiciones de vida.

Es cierto, hay que trazar esa línea bien nítida y definitivamente ir asesinando personas para mostrar que los miles de millones de pesos gastados en combatir la guerrilla están dando resultados, es a todas luces una conducta criminal y hace visible la fragilidad de esta seguridad que se ha venido construyendo sobre una base puramente bélica.

3 Julio 2007

Pues a veces se me olvida, pero trato de usar el signo @ (muy común ahora para incluir a l@s individu@s de ambos géneros) porque como dice Florence Thomas: "Lo que no se nombra no existe".

Soy anti-ista y no me considero feminista a pesar de mi verborrea deletérea disparada apuntada hacia los machos hombres, pero... qué sentirían ustedes, hombres, si en vez de decir: "El hombre fundamentalmente es un ser histórico..." -dijera: "La mujer fundamentalmente es un ser histórico... ". En la primera frase, se supone que la palabra hombre abarca también a la mujer ¿Es así? ¿No suena excluyente? ¿Trasmiten las dos frases la misma idea? Estoy segura de que no. A mi parecer sería mejor decir: "El ser humano fundamentalmente es un ser histórico... " aunque suene redundante, demasiado largo y parezca un recurso exagerado, es más equitativo.

Pero bueno, yo nada me lo tomo en serio. Esta es la pataleta del ahogado o el nado del ladrillo. Hay cosas que no van a cambiar. Y si cambian, no necesariamente será para mejorar. O bueno, ya ni importará: cuando cambien, estaré en un cajón tres metros bajo tierra o, si se cumple mi último deseo, mi polvo estará enterrado bajo el rosal de mi casa (si alcanzo a redactar la carta pre-suicidio, si aún existiese dicha casa y si mas que sea tengo derecho a disfrutar de un polvo de despedida). Epitafio: "Aquí yace el postrimer polvo de LuSiFeR, por todos aquellos que en vida le fueron negados"

Lo que me causa risa es que es difícil no usar el lenguaje sexista, ya no sólo por escrito, que también es complicado:

Ejemplos:

- Están todas y todos invitadas e invitados a participar en mi fiesta. (Soy mujer y no voy a poner el todos de primeras)
-Una es muy sensible pero tiene que aparentar que todo le importa un pito. (Decir una cuando se está acostumbrada a decir uno)

Ahora ni se diga, oralmente. Recuerdo la cara de fastidio que pusieron en casa de E.S. (donde estaban una chica y dos chicos) cuando me despedí diciendo: - Bueno, nenita y nenitos, pórtense bien. Chao! (eso de pretender ser gracioso no todo el mundo lo entiende)

Y bueno, si en vez de decir a un grupo con personas de ambos sexos: - Ey, chicos, vamos a echarnos un partido de voley!!- (que sería sexista), opto por: -Ey, chicas y chicos, vamos a echarnos un partido de voley!!, seguro se me acaba la saliva a mitad del encuentro deportivo. Mejor digo: -Ey, chic[arroba]s, vamos a echarnos un partido de voley!! Y todos felices

Y así podemos ir haciendo un diccionario para gente desocupada, interesada en la ¿igualdad? de los sexos, en la justicia verbal, en la seriedad del discurso, en las disquisiciones escatológicas.

Amigarrobas
Bienvenidarrobas
Compañerarrobas
Delegadarrobas...
Señorarrobas
Testigarrobas (sí, ya sé que testiga no se debe decir. Lo "correcto" es la testigo pero eso no me va. Con lo correcto me limpio el c&#*¿Y?)
Universitariarrobas... y un largo etcétera de laaaargas palabras.

Aunque me parece que algun@s no estarán de acuerdo, ya que la terminación -as, parece ser de género femenino (jijijijiji).

Se me ocurre otra estúpida idea. Aquí va:

Amigaos
Bienvenidaos
Compañeraos
Delegadaos
Señoraes
Testigaos
Universitariaos

Ah!! lo olvidada: no aplica para el vocablo miembro. ¿Que no existe la palabra miembra en el Diccionario de la Real Academia Española? ¡Pues que no se use para las féminas!! A mí ni de chiste me van a decir la miembro. ¡Suerte! Miembro es otra cosa muy diferente!!

(Obviamente va primero la a y después la o en las terminaciones, porque primero las damas -aunque suene sexista )

31 Marzo 2007

A lo largo de los años y debido a mi trato con los especimenes del sexo opuesto, se han ido consolidando algunas apreciaciones generales acerca de ellos además de un sinfín de preguntas, aún sin respuesta, aunque con muy variadas especulaciones: mi especialidad.

A modo de introducción les contaré que en mi casa se trató de inculcar siempre respeto hacia los condicionamientos sociales en lo referente a lo que está bien para una mujer y lo que está bien para un hombre: dos posiciones bastante divergentes pero que en apariencia garantizan el funcionamiento de esa cosa llamada familia y por ende, de la sociedad. Se podrán imaginar las peleas constantes porque yo no quise nunca someterme a estas ridículas normas y peor aún, teniendo en cuenta que iban respaldadas por un no menos ridículo discurso moralista, lo cual ya me parecía el extremo de la manipulación.

De todos esos años de lucha contra las vaciadas de mi ma, los comentarios celosos de mi pa, el sermón de la iglesia, la ciega obediencia de mi hermana mayor y la actitud de los tipos que se cruzaron en mi camino, quedaron huellas evidentes. Debo decir que gran parte de lo que soy lo debo a esta rebeldía innata que ha tratado siempre de encontrar la verdad por sus propios medios y que no cree que un error que dura mil años deja de ser error sólo porque hay un montón de incautos que se han comido el cuento enterito.

No voy a decir que me educaron para ser la Mujer Ejemplar; mi familia es humilde y el interés de mis progenitores fue simplemente darnos lo mejor y evitarnos lo peor. Sin embargo, en este evitarnos lo peor, a las mujeres nos tocó la parte más mala. De hecho, a mí me tocó sufrirlo sola ya que mi hermana siempre ha sido muy sumisa en lo que a estas cuestiones se refiere. Así es que a mis diecinueve empaqué la maletita y me fui a estrellarme sola contra el mundo… y debo reconocer que lo he logrado: hay quienes sólo aprendemos a los porrazos.

Entre los roles que los hombres adoptan he podido valorar de cerca los siguientes: padre, hermano, jefe, profesor, amigo, pareja y amante. En cada uno de estos se ha manifestado idéntico fenómeno: el hombre no conserva una posición clara: en lo que respecta a la mujer, su actitud es siempre ambivalente.

Hay que ver cuántas y tan grandes incoherencias se dan en las relaciones entre los hombres y las mujeres. Voy a nombrar algunas situaciones que a mí me han puesto a pensar. Por ejemplo:

1. Ningún papá quiere que venga un desgraciado y se le fagocite la hija (digamos, la niña de 15 que ahora empieza a tener pretendientes). Sin embargo, si es su hijito el que consiguió novia le echará sus puyitas para que se dé a la tarea de coronarla y adquirir el título de macho machote. (Antes era peor: el papá llevaba al chiquillo aun imberbe donde las fulanas para que le hicieran el ritual de iniciación).

2. Al muchacho le encanta que las vecinitas usen minifalda y sean generosas con el escote, pero ¡Ay!! de que su hermana salga con una prenda tal: de una vez empieza el discursito de que así no va para ningún lado, que cómo se le ocurre, que está muy mostrona la pinta, que qué vergüenza con los amigos, etc.

3. Se presentan dos candidatas para un empleo, digamos que de secretaria. Si la que hace la selección de personal es una mujer, probablemente se quede con la más eficiente. Si es un hombre… ya podemos empezar a dudarlo. Lo más seguro es que se lleve la plaza la que más curvas tiene en exhibición. La objetividad del futuro jefe es directamente proporcional a los metros cuadrados de tela utilizados en la confección del vestido de la aspirante en cuestión.

4. En una empresa al hombre le encanta estar rodeado de mujeres y si están buenas, mejor. No desaprovechará oportunidad para fisgonear el trasero de sus compañeras de trabajo y si alguna le da papaya, la partirá… razón por la cual los hombres son tan desconfiados con su pareja cuando ésta trabaja.

5. Tienes un buen amigo al que le cuentas tus más y tus menos, al que ves como alguien confiable, le conoces las mañas y digamos, falta es que lo veas sentado al retrete. Ese buen amigo que tanto te quiere, estaría a veces dispuesto a perder tan grandiosa amistad con tal de ponerte las manos (y todo lo demás) encima.

6. El tipo busca una mujer que valga la pena para decidirse a formar una relación de pareja, es decir, para comprometerse afectivamente. Tiene muy claro qué clase de mujer es la perfecta para él, pero mientras llega no tendrá ningún reparo en revolcarse con esas que no valen la pena.

7. El mismo tipo encuentra a la mujer que, en su concepto, vale la pena: que promete ser buena amiga, mujer, amante y hasta madre… ¿Y dónde cree este tipo que ella aprendió a ser buena amante? La práctica hace al maestro. Esta buena amante no se hizo sola… quizás pasó por las manos de otros tantos tipos que, en su momento, creyeron que ella no valía la pena.

8. El y ella son pareja. Cierto día ella le confiesa que salió con otro tipo y que éste la atrae. El se altera, se enfurece, la acusa diciendo que hoy sale con el tipo, mañana se besa y pasado mañana se acuesta. Dura su buena semana enfurruñado. Tiempo después ella se entera que meses atrás él le puso los cuernos. Lo enfrenta con pruebas irrefutables ante lo cual el susodicho responde que fue sólo sexo… algo sin importancia.

9. Por alguna razón inexplicable, el tipo con quien a veces tienes sexo, es decir, tu amante ocasional, no soportaría enterarse de que no es el único que recibe dichos beneficios. ¿A cuenta de qué pretende haberse ganado la exclusividad?

Podría dar muchos más ejemplos pero me parece que estos son suficientes…

Para aquell@s que no estén relacionados con el término MoRRonGa, ahí les va.

Morronga: térm. castizo. Dícese de la mujer que aparenta ser correcta, decente, que no rompe un plato, pero que en realidad ya rompió toda la vajilla.// Gazmoña.// Solapada.// Doble faz.// Astuta manipuladora con un hermoso disfraz de mujer sumisa.// Niña de su casa que cuando sale se descoca.

En su gran mayoría, los hombres las prefieren morrongas. ¿Por qué?

-Las mujeres audaces pueden llegar a atraerles pero también les causarán temor.

-Las mujeres francas les parecen poco románticas.

-Las mujeres que son consecuentes con su propio deseo están bien para una aventura pero no para una relación duradera.

-Las mujeres que les demuestran interés son unas acosadoras que están que se comen solitas.

-Las mujeres que tienen condones entre su ropa interior son poco confiables (se la pasan en la jaladera). Las que se dejan embarazar son unas tontas. Las que deciden interrumpir un embarazo son unas asesinas sin instinto materno.

-Las mujeres que expresan lo que quieren disfrutar durante una jornada de sexo pueden ser muy excitantes pero de seguro son unas golfas.

-Las mujeres que antes de decidir irse a la cama con ellos les plantean temas como el SIDA y los métodos anticonceptivos les parecen demasiado aceleradas y extremistas.

-Las mujeres que acceden al contacto físico sin conocerlos demasiado son fáciles y las que no lo hacen son unas mojigatas.

-Las mujeres que lo dan por amor son unas ilusas y las que lo dan por ganas son unas zorras.

-Las mujeres que rechazan sus propuestas sexuales son unas frígidas y las que quieren sexo a menudo son unas ninfómanas. (Ninfómana: dícese de la fémina que desea más horas de sexo que las que su amante está en capacidad de concederle).

-Las mujeres que no están dispuestas a hacer el papelazo de enamorada-doméstica-aguantalotodo son viejas complicadas y poco femeninas… y se van a quedar solteronas (Eso muchas veces es una profecía, sin embargo yo preferiría pasar mi vida sin pareja que tener que ajustarme a un molde tan estrecho a cambio de tan poco).

Ya dije: en su mayoría los hombres las prefieren morrongas. Por fortuna, existen unos cuantos, escasos pero existen, que aprecian en todo su valor a las mujeres que no se apegan al rol que por tradición impone la cultura y la sociedad. ¿Qué es una morronga? Es una mujer que aprendió que para conseguir novio, marido o cónyuge debe hacer ese papel perfectamente, y lo hace. Ella está dispuesta a aparentar y renunciar a sí misma con tal de tener al lado un hombre. Ella está asegurándose la supervivencia y la aceptación social de la forma en que por siglos ha funcionado… no la juzgo… la admiro porque no es una tarea fácil. La respeto porque, como todo acto de supervivencia, éste está impulsado por una fuerza que va más allá de los escrúpulos morales o éticos. Vale, es una estrategia más y debo reconocer que los hombres son muy débiles para resistirse y muy tontos a veces para discernir la verdad que se oculta detrás de sus palabras y acciones. Ellos (ustedes) también tienen incrustado en su cerebro un deber ser para la mujer y para sí mismos. Comprendo que es una tarea ardua cuestionar este tipo de cosas. Me doy cuenta de que para ustedes es más cómodo aceptar ciertos prejuicios que, en últimas, les reportan marcados beneficios en vez de ponerse a descubrir la riqueza y complejidad de un mundo compartido con una mujer que sería en sí su semejante: alguien que piensa, que siente, que desea, que teme, que aspira…

Felicito a aquellos hombres que de vez en cuando reflexionan acerca de todo lo que implica ser mujer, algo que no pedimos pero que marca cada uno de nuestros pensamientos, percepciones, actos y sentimientos. Sé que somos complicadas. Que nos contradecimos constantemente, que siempre queremos más… pero es que entiendan: es difícil ser mujer en un mundo hecho por y para hombres. A veces una no le encuentra en realidad grandes ventajas ni satisfacciones a este sino…


Para los demás hombres, una cordial invitación a ver más allá de sus narices…

8 Marzo 2007

Hace unas semanas l@s amenacé con un post acerca de las razones por las cuales digo que, por el momento, este es el único método que he encontrado útil a la hora de mantener la objetividad con respecto a ese espécimen denominado aManTe.

¿Qué es exactamente un amante, como yo lo entiendo? Vamos a revisar la etimología de la palabra y a hacer algunos ajustes.

Amante: dícese del practicante o el que se ejercita en el acto de amar.

Pero bueno, sabemos que de por sí es complicado definir lo que es amar. Así es que yo prefiero manejar un concepto muy terrenal de lo que amar puede significar; esto es, acción de compartir placeres físicos entre dos personas que se atraen sexualmente. Esta definición, limitada y hedonista, obedece al hecho de que amante deriva de amar, pero cuando se usa la palabra amante se está haciendo énfasis en el disfrute sexual en sí. En caso contrario, tendría que remitirme a otras palabras vergonzosas que le quitan la sutileza y el encanto a ese título, que para mí es altamente honorable.

La recomendación se basa en el principio que dice que cuando una mujer (excepto las prostitutas, claro) tiene contacto carnal, sexo o como prefieran llamarlo, con un hombre, queda automáticamente enamorada de él. Siendo un poco más exagerados, que si una mujer accede a este tipo de intercambio, es porque ya está enamorada.

Mi experiencia personal dice que para poder llegar a una experiencia física tan íntima desafortunadamente no basta con que el tipo esté bueno o me atraiga. Tiene que haber algo más. ¿Enamoramiento? Pues sí y no. Sí, por la sencilla razón de que no me acuesto con cualquiera. Muchos tipos pueden gustarme, parecerme guapos, pero de ahí a la cama hay muchos kilómetros. No, porque generalmente se asocia la palabra enamorarse con amor y de enamorarse a amor, hay miles de kilómetros. Y aquí estoy hablando de lo que se entiende como amor, en sentido convencional.

¿Qué es estar enamorada, para mí? Es ver en un hombre la promesa de deliciosos placeres… y obviamente, no estoy hablando de placeres metafísicos (Esto es: conocerlo, descubrir juntos la belleza de un atardecer, conversar, saber sus opiniones sobre temas como la familia, dios, la polución ambiental, etc.). Son más bien muy relacionados con los sentidos y esa inmensa zona erógena que es la piel.

Para enamorarme, este hombre debe ser alguien nuevo en mi vida. No podría enamorarme de un amigo: le conozco demasiado bien como para soñar con arrebatos orgásmicos. Jejejeje. Y ahí perdonarán mis pocos amigos pero es sacrílego morbosear con ellos. Para enamorarme también será necesario que se dé algún tipo de contacto pre: miradas, toques, acercamiento, abrazos, en fin. Cualquier cosa que ponga su elemento material al alcance de mis sentidos. Importante ver sus ojos, sentir su olor (no sólo el de su perfume aunque también puede causar poderosos efectos), escuchar su voz, apreciar el color y textura de su piel… ver de cerca sus labios e imaginar el primer beso.

Así es que queda claro que enamorarse, por lo menos en mi cabeza, no tiene que ver con el amor. Tiene que ver con entrar en estado de arrobamiento. Es haber elegido entre todos los hombres que hay alrededor uno con quien fantasear. No es probablemente el hombre conveniente pero es que tampoco lo quiero para el resto de mi vida. Me interesa disfrutarlo en el momento, mientras dura el gusto y la fantasía. Bueno, para aquell@s que no estén de acuerdo, les recuerdo que es mi forma. Cada quien tiene la suya.

Hasta hace algún tiempo consideraba yo improbable que me pudiesen gustar en igual medida dos hombres, simultáneamente. Esto es, que ambos despertaran mis hormonas… y que ambos estuvieran al alcance de mis sentidos. Me parecía que por definición, si te gusta uno, los demás dejan de existir. Con lo que no contaba yo es que todo depende de los términos en que se maneje el cuento entre el tipo y una.

No es lo mismo “tener algo”, rumbearse, tener sexo, tener una relación, ser amantes, en fin. Hay tantas clasificaciones en este sentido que ya una ni siquiera se preocupa por ponerle nombre. Pero es evidente que una no quiere encarretarse con el tipo que ya te hizo saber de manera más o menos diplomática que lo único que desea es pasarla bien. Bueno, una también quiere pasarla bien y en ese orden de ideas, encarretarse es un problema. ¿Cómo permites que un tipo del que únicamente te interesaba la promesa de deliciosos placeres, empiece a meterse en tu vida? Primero, contribuye en gran medida la fantasía. Segundo, lo has elegido para hacerla realidad. Tercero, has degustado ya el manjar y crees que aún hay mucho por disfrutar (¡Error garrafal! A veces es duro reconocerlo: eso fue todo, no hay nada más pero no puedes creerlo. ¡Si besa tan rico, si me pone a suspirar y gemir con cada beso!! No es posible, tiene que haber algo más…).

Precisamente esta experiencia me ha dicho que tener dos opciones siempre confiere un poco más de objetividad a la hora de evaluar el papel del amante. De los amantes. Y no es cinismo. Entiéndase que se trata de proteger no sólo los propios intereses sino igualmente los de los susodichos. Para una mejor comprensión de la situación los bautizaré: amante A y amante B. Digamos que hoy hablas con A y quedan en salir por ahí… a tomar algo. A es amable, un caballero, no muy generoso pero tiene su encanto. Después de cenar o de tomar un par de cervezas y de una pequeña conversación, acuerdan ir a algún sitio más íntimo. Luego A te acerca a tu casa y se despide con un: bien, cuídate. Hablamos. (Conclusión: si es la última vez, se disfrutó). A la mañana siguiente y recordando la velada, sonríes y te dices que el tipo es lindo, consentidor, que te encantan sus besos, que todo muy rico… Amaneces enamorada. Sí, crees que fue una noche maravillosa.

Tres días después y cuando la resaca de la “noche de amor” ya está pasando, recibes una llamada… no, no es A. Es B. B, un poco más informal, te pregunta qué estás haciendo y si puede pasar un ratiquín a tu casa. Mmmm… bueno, listo. B llega, te regala una sonrisa, te pregunta cómo has estado, qué has hecho, se pone cómodo en tu cama, te empieza a hablar de la U, de la familia, te dice que por qué mejor no te recuestas a su lado y mientras te habla más de cerca se queda mirándote con esos ojos como platos y… se hace imposible decir que no. Llega la madrugada y B abandona tu guarida con cara de chico feliz y se despide con un: bien, entonces hablamos. (Conclusión: si es la última vez, se disfrutó). A la mañana siguiente pensando en la velada, sonríes recordando sus chistes y suspiras felizmente cansada… te dices que fue una gran noche.

¿Qué hacer? ¿Por qué renunciar a uno? ¿Cómo elegir entre dos opciones que en realidad no tienes? Los dos son amantes. Es decir, tipos que practican contigo el acto de amar. A ninguno le interesa nada más. Así todo es más cómodo: no hay problemas, ni malas interpretaciones, ni hay que pedir ni dar explicaciones… en fin. Se comprende que no están hechos el uno para el otro como dios manda y por lo tanto se hace lo mejor que se puede con lo que se tiene.

Así es que de pronto, en días posteriores te descubres pensando que en realidad B es mejor que A en muchos sentidos, pero que a B le falta ese encanto y amabilidad de A. Que A besa delicioso y que los preliminares son un viaje al éxtasis pero que con B te entiendes mejor ya en el Intro. Y de comparación en comparación, te das cuenta de que no estás enamorada de ninguno, que en realidad todo es producto de la resaca de las noches de amor y de la especulación en futuros placeres… no es un descubrimiento agradable… sólo que si uno de los dos desaparece corres el riesgo de enamorarte del otro. ¡O peor aún! De aquél que desapareció.

Tener dos opciones es disponer de la vacuna para inmunizarte del temido encarretamiento. Sé que ese sentirse enamorada (flying, en las nubes rosa) es un estado que no puedes permitir que se prolongue por muchos días porque existe el peligro de tomarlo en serio. Después de todo, ellos son humanos y tú también. Empiezas a ver otras cosas y a perder la objetividad. Empiezas a pensar que sería muy rico disfrutar más a menudo esas noches de amor… y ya se sabe: el tiempo lo cambia todo. El tiempo es la Celestina de las relaciones, es el que va agregando detalles al boceto y ahí es cuando, sin saber a qué horas, el cuadro de la Romántica Historia de Amor queda terminado y enmarcado y ya no te puedes ni te quieres salir de él…

PostData: en próximo post les estaré contando las desventajas del método; bueno es saber que en esta vida todo tiene un precio…

27 Febrero 2007

ViCiO

Vicio, palabra que implica descontrol. Ser incapaz de decir no a algo que nos tienta y que está vinculado a algún tipo de placer o sensación. ¿Cómo saber cuando un acto se convierte en vicio? Bastante complicado. Puedes comer cuando te dan ganas, pero llega un momento en el que comer es un vicio. Dormir, las horas requeridas ¿Cuántas son? Depende de cada individuo. Pasado este lapso, cuando dormir es una costumbre que empieza a afectar nuestra vida y dejamos a un lado las responsabilidades, se convierte en vicio. Beber: esto si necesita un límite más claro y sin embargo es tan relativo. Si tomas cada fin de semana unos tragos o cervezas ya puedes ser adicto al alcohol. Si tomas todos los días un trago, el vicio está presente. Si a pesar de saber que no debes tomar en ciertas ocasiones no logras decir no, vicio. Fumar evidentemente es un vicio. Porque ¿Qué motivo razonable hace que deseemos chupar un cigarrillo, absorber su humo y exhalarlo? ¿Qué necesidad biológica llenamos? Ninguna. Fumamos por el simple hecho de fumar. Aparentemente.

La masturbación que, según los estudiosos, causa dependencia y según los moralistas, pervierte mental y espiritualmente. Esto si es tachado de vicio no importa con cuanta frecuencia se haga. Tener sexo con otra persona puede convertirse en un vicio cuando es un pensamiento recurrente y un deseo que pretendemos satisfacer constantemente.

Parece ser que toda actividad humana puede convertirse, fácilmente y sin que seamos conscientes, en un vicio. Somos susceptibles a la adicción. Unos se aficionan a sustancias, otros a objetos y los demás ponen su interés en una tercera persona. Parece también que la única forma de distinguir un vicio de la sana actividad es que el primero se hace sólo por el placer de hacerlo. No se acostumbra a medir sus consecuencias; de hecho a veces da la impresión de que ningún efecto negativo se desprende del acto.

Tal vez esa sea la línea divisoria. Si somos incapaces de renunciar a un placer inmediato, este deseo de complacencia es el que nos vuelve viciosos. ¿Pero no estamos acaso predestinados a lo banal? Cuando colocamos motivos trascendentes soportando cada uno de nuestros pasos ¿No estamos condenándonos a la frustración y a la decepción? Nuestra convicción en la profundidad del ser humano, en su capacidad para los sentimientos y los altos ideales ¿No son acaso obstáculos para percibir la verdadera dimensión humana? Nos resguardamos en causas altruistas y en deseos libres de egoísmo para estar tranquilos y sentirnos dignos del afecto de nuestros semejantes. Pero dentro de nosotros ¿No vemos acaso mucha carne real y afectos inventados? El momentáneo placer y gusto que hallamos en los vicios es quizás una forma de alterar o escapar de la realidad. El mundo es demasiado pesado para nuestras limitadas fortalezas. Huimos. Cada quien a su modo. Si unos se refugian en el trabajo y otros en la pereza, ¿Cuál es más vicioso? ¿En el fondo los dos extremos no traen idénticas consecuencias?

El vicio nos separa de nosotros o, por decirlo de alguna manera, nos hunde en nosotros. Formas diferentes de enfrentar lo aburrido, angustiante y desagradable de la vida, son caminos para alejarnos de los demás, del contexto y de irnos a un mundo imaginario que aunque no siempre es bueno ni bello, está fuera de la realidad. La lucidez y la conciencia no siempre son compañeras deseables. La felicidad es esquiva y se obtiene en dosis homeopáticas. Siempre tan poca. Como si el simple hecho de vivir condenados a desaparecer no mereciera al menos el consuelo de muchos momentos felices.

El vicio: consideramos que podemos dejarlo en cualquier momento. Que depende de nuestra voluntad. Frase típica del adicto: yo lo dejo cuando quiera. Pero el problema es que no queremos y está ahí al alcance de la mano. ¿Cómo decir que no? ¿Alguien está dispuesto a acompañarnos cuando el peso agobiante del aburrimiento, el dolor o el fracaso nos opriman? Entonces que nadie se sienta con derecho a darnos sermones de moral, de salud, de conciencia social... estamos solos y el vicio es un compañero que se da, que obviamente tiene su precio como todo en la vida. Pero igual, es eso o medir nuestra capacidad de lidiar con la existencia.

Eternos mamadores, deseamos que las cosas lleguen a nuestra boca y que para satisfacernos se requiera de un mínimo esfuerzo. Nunca dejamos de chupar, de desangrar. Vivimos pegados a la teta que se nos da fácil porque la merecemos por el hecho de ser eternos bebés. Es eso: el seno materno -y todas sus implicaciones- nos vuelve consumidores y la madre que nos da o nos niega la leche marca para siempre el destino de nuestro deseo. Mamamos y nos sentimos ebrios, tronchos, llenos a reventar, mareados de humo... y no dejamos de mamar. Nunca será suficiente alcohol, comida ni orgasmos. Queremos más y rápido. Apenas surja en nosotros el deseo. Que sólo sea estirar la mano y ya está.

6 Febrero 2007

Cuando se ve una sometida al egoísmo, la desconsideración y el desamor de un hombre, existen varias maneras de dejarle inerme, herido o por lo menos inseguro frente a las mujeres que se crucen posteriormente en su camino. La estrategia se basa en el uso de algunos comentarios o acciones que menoscaban su amor propio.

El primero y peor de todos: hacer alusión a la insuficiente dimensión de su miembro viril. Por supuesto, para poder usar esta arma, será necesario que esté respaldada por la realidad.

Es bien sabido que pocos hombres se sienten abundantemente dotados: nunca están seguros de que la longitud y diámetro de su adorado miembro llene las expectativas sexuales de su compañera. Casi ninguno comprende que, en general, cualquier pene es satisfactorio si su propietario cuenta con cierto instinto, mucha pasión, ternura… y sobre todo, si se toma el tiempo de descubrir qué es lo que la mujer con la que se encuentra en ese momento desea.

Se da un curioso fenómeno que, debido a su repetición, podría fundamentar el tema de un estudio científico: todo hombre que tiene un pene de dimensiones inferiores a la media, suele preguntar a su compañera de cama: ¿Verdad que lo tengo pequeño? En esos casos ¿Qué podemos contestar? Es una situación embarazosa. ¿Cómo decirle que si nos hemos fijado, en realidad no tiene la mayor importancia? ¿Entenderá que en el orgasmo que acabamos de experimentar el pene no fue el leit motiv, sino él, sus besos, sus caricias, el ritmo de sus movimientos, sus gemidos? Si le respondemos que sí, evidentemente quedará destrozado… quizás para siempre. Si le respondemos que no, mira que la verdad está bien, empezará a hacer preguntas como: ¿Y cómo eran los de tus anteriores amantes? ¿Pero cierto que los hay bien grandes? ¿Y ya viste el del Tino Asprilla? En fin, es casi imposible salir bien librada del asunto. Queda, sin embargo, una evasiva que consiste en afirmar que el suyo es simplemente diferente y original, por ejemplo, que es agudo o cónico o… bueno, hay que tener gran imaginación para poder llevarlo a otros caminos y cambiar el tamaño por la forma.

Es anti-todo hablar de experiencias pasadas a nuestro actual amante, pero si él supiera que lo que hace nuestro deseo no es el tamaño de su pene, su velocidad o su repertorio de posiciones sexuales, probablemente la cosa sería más sencilla.

Si supiera, por ejemplo, de aquella patética tarde cuando por fin Fulano estuvo en mi cama, completamente desnudo con una erección de tamaña envergadura que no pude disfrutar porque el ego del Fulano le impedía el ejercicio de la seducción, sabría que en ese momento lo que yo deseaba era un hombre completo que estuviera cien por ciento conmigo, disfrutando el hecho de compartir nuestros cuerpos y deseos y no una masa de carne pendiente de una barra de carne entre sus piernas que por una vez más se masturbaría dentro de un cuerpo femenino.

Es ofensivo para la mujer que su amante la tome a la ligera y se crea que ella no se dará cuenta. Si se va a tener únicamente sexo, que sea buen sexo, señores. Porque no es estimulante saber que el tipo se cansó de masturbarse solo viendo revistitas y videitos y decidió pasar por tu cama para masturbarse acompañado. Porque para hacerse la paja basta con uno y su fértil imaginación.

Así es que comprenderán que después de este irrespeto a nuestra inteligencia y a nuestro deseo, no tengamos reparos en decir que sí, después de todo, sí lo tienes chiquito y qué se le va a hacer. Lo disfruté porque te tenía muchas ganas y sentía un orgasmo sólo con verte sobre mí o debajo de mí o detrás de mí, pero ya que poco aprecias mi flexibilidad respecto al tamaño pues, aquí termina la cosa.

Yo siempre he dicho que hay penes para vaginas, en realidad, no los hay grandes o pequeños, sino que se ajustan a determinadas parejas femeninas o no. Ya es cuestión de suerte que el hombre que tanto deseas sea ergonómicamente adecuado para ti.

Este tema espinoso me hace pensar en otro del que se prefiere no hablar. Es el del orgasmo femenino y sus razones profundas. Por experiencia personal puedo decir que los orgasmos, sola o acompañada, van ligados siempre a un video mental. Que en el video la ambientación o la compañía difieran de la realidad, exige más o menos destreza e imaginación. El orgasmo es el momento más solitario de la práctica sexual. Creo que principalmente este estallido de sensaciones requiere una fuerte carga de deseo y se desarrolla en la medida en que la realidad se compenetra con éste o nos transporta a la fantasía del momento. No se necesita un pene para lograr el orgasmo, ni siquiera un hombre, eso quiere decir que si tenemos sexo con un hombre, probablemente buscamos algo más. Quizás unos dulces besos, el calor y el peso de un cuerpo o la compañía de alguien que además de excitarnos nos divierte.

A esto es lo que llamamos estar enamorada. Vemos un hombre, nos parece bello, nos encantamos con su mirada, sus gestos, su porte y nos declaramos enamoradas y dispuestas a conquistarlo. Y si él corresponde a nuestro deseo, no hay nada más que decir.

Estar enamorada es lo que hace que sea secundario el tamaño de su pene: nos interesa que corresponda nuestras ganas, que sepa leer nuestro cuerpo y que esté ahí cuando está ahí. Porque no hay nada más placentero que compartir el deseo. Si no hay ganas no hay nada, digo yo. Lo demás es accesorio.

Si fuera por un pene, hay muchos a nuestro alrededor… probablemente más grandes y con erecciones de larga duración, pero sencillamente no nos interesan. Para qué negarlo, hay días de días, aquellos en que una se contentaría con un pene así no fuera acompañado de un hombre. Pero no se sale desesperada a cazar al primer calzoncillo que pasa. Simplemente pensamos en ese hombre que nos apetece, fantaseamos un rato y esperamos a que las condiciones sean favorables. Si no hay Romeo en el momento, seleccionamos un chico de la farándula y ya está. En mi cabeza he tenido sexo con actores, músicos y modelos.

Otra cosa que los hombres no entienden: estar sin pareja no significa que podamos aceptar las insinuaciones de cualquier hombre o estemos disponibles para todos. De pronto, si hay sintonía, coqueteamos un rato, hacemos esas miraditas o decimos esas frases sugestivas, pero de ahí no pasaremos. Para nosotras es un juego, excitante sí, pero no nos predispone sexualmente hacia el compañero de flirteo. Es un juego y la norma reza: No habrá piel con piel.

Hombres, no cargamos un flexómetro ni un calibrador en nuestro bolso. Un pene “grande” puede verse fantástico y darle material a la imaginación pero no garantiza un encuentro sexual placentero. También nos dan ganas a diario, también morboseamos y nos masturbamos. También tenemos nuestras inseguridades. Deseamos hombres de verdad, no penes ansiosos por quedar bien y angustiados si “quedaron mal”.

Exigimos ser comprendidas en nuestro deseo: no pedimos cinco orgasmos en cada jornada de sexo, queremos una relación sexual de reciprocidad. Procuren no estropear nuestro enamoramiento con comentarios cínicos o actitudes desconsideradas, porque para que una mujer se entregue totalmente en la cama necesita que la vean ante todo como persona. Y como dije antes, lo demás es accesorio.

30 Enero 2007

eL TeXtO iNtErrUmPido

Por: LuFePeVer

Todos se incomodan solos
y se inclinan al lado
para ver un rostro que también huye de sí mismo
y encuentran en el reflujo de palabras el consuelo.

Y yo,
abro el libro
sin rostro,
sin ojos,
sin voz,
sin consuelo,
solo,
como yo
esperando que alguien
uno cualquiera
se interne
le rasgue
le arranque las palabras negras
silenciosas
pesadas
y le haga sentir que existe,
que es...

Hace ya mucho tiempo que el conocimiento ha dejado de ser para mí una verdadera y, por lo demás, agradable sorpresa. La constante observación del “comercio del conocimiento” y de su empleo como medio de poder me ha llevado a concebirlo desde el punto de vista meramente utilitario. Necesario, deseable y acumulable exclusivamente como valor de cambio.

Sin embargo, no siempre fue así. Los primeros años de escuela fueron oportunidades para irme enterando de las creaciones intelectuales del ser humano; los números y sus extrañas relaciones aparecían cada día más complejos; recuerdo aún aquellas planas del número dos encabezadas por un cisne o patito obtenido a partir de su forma. Cisne y dos estaban ligados por absurdas pero visibles conexiones y así quedaron grabados en mi cabeza.

Recuerdo también un axioma matemático que nunca logró ser plenamente aclarado: me refiero a ése que dice que cualquier número elevado a la cero da como resultado la unidad. Este conocimiento tan diminuto y abstracto se mostró reacio a quedar archivado con exactitud bajo ninguna denominación en mi archivo intelectual.

Pero lo que verdaderamente más atrajo mi atención desde el principio fue la palabra. El conjunto de las veintisiete letras del alfabeto parecíame muy reducido para todo aquello que podía ser nombrado. Causaba gran asombro enterarse de que cosas tan grandes como un tren requerían solamente de cuatro letras mientras que algo tan pequeño como un estreptococo, que sólo puede ser visto al microscopio, constara de doce.

Las clases de español se hicieron más interesantes desde tercer año de primaria. Cuando ya leía uno “de corrido”, era un gusto pasearse por las hojas del texto de lenguaje y leer los cuentos y coplas que allí se encontraban. Pero quizás la clase con más sentido metafísico haya sido para mí aquella en que la profesora de séptimo explicó la estructura o partes de toda narración que se respete, a saber: comienzo, nudo y desenlace. El texto de ese año se llamaba Lengua y Comunicación , cartilla de pasta amarilla, ilustrada con dibujos en tinta sepia y con bastantes cuentos de autores conocidos, así como poemas y fragmentos de novelas. Es más, algunos ejercicios consistían en completar un cuento inacabado o proponer un final diferente al que daba el autor. Fueron esos los primeros pasos en el curso de creación literaria, curso del que no todos disfrutaban y que se consideraba un agregado a lo que el currículo establecía como prioridad: la gramática, la ortografía y la conjugación de los verbos.

Hay que reconocer que no es tarea fácil aquello de escribir. O bien no se sabe por dónde empezar o no se sabe cuando es oportuno poner el punto final. Ni siquiera para los que como yo, sostienen una relación de tipo afectivo con la palabra, empezar un renglón deja de causar cierto miedo. Y es que hay que entender que detrás de ese comienzo, nudo y desenlace indispensables para todo buen texto, se esconde una verdad biológica innegable: nacer, crecer y morir. Un texto es una vida y eso representa para todo escritor, sea novato o experimentado, un compromiso. Lo único que le da cierta motivación al escritor es el carácter lúdico que puede tomar su obra; caprichosamente el autor de una novela puede empezar su narración por el desenlace. O bien, tiene la oportunidad de permanecer como espectador de la trama y en cierto modo, sentir que tiene poder sobre su desarrollo.

Muchos de los cuentos de la cartilla de séptimo fueron sometidos a una minuciosa disección. Todos coincidíamos en el comienzo y aún el desenlace; pero, ¿Cómo ponerse de acuerdo en el nudo? El nudo no hacía su aparición bruscamente. De hecho, el autor parecía entretenerse con un lazo trenzado de palabras haciendo un bucle, muy suelto al principio, para irlo apretando poco a poco hasta llegar a un punto máximo desde donde lanzaba a sus protagonistas hacia un trágico o feliz desenlace.

Escribir es como aceptar la realidad de la muerte; no se considera completo un escrito a menos que posea un final. Es como decir que no puede llamarse vivo a aquél que no está predestinado a morir.
Los bibliófilos aceptamos a regañadientes que ese libro que estamos leyendo con tanto gusto deba llegar a un final. No importa si el final es bueno. Resumámoslo en un enunciado categórico: ningún final es bueno. Cualquiera que sea el tema del libro, lo hemos tomado en nuestras manos y le hemos dado cierta importancia. Le estamos dedicando nuestro tiempo y total atención. Dejamos que nos arrastre por sus páginas y nos muestre un mundo que se apodere de nuestra fantasía y nos lleva a lugares y situaciones insospechados. ¿Cómo resignarnos al final, a perder esa íntima relación con el libro, ese solitario placer? ¿Cómo reconocer que nos hemos abstraído creyendo apropiarnos de la historia cuando en realidad era la historia la que se adueñaba de nosotros?

No importa. Después de unos cuantos buenos libros leídos, aceptamos solemnemente el sacrificio de llegar a la última página convencidos de que una lectura posterior, días, meses o años más tarde, nos revelará un mundo diferente allí donde encontramos antes una fuente de deleite estético.

Erigimos mentalmente un monumento en atributo a aquellos que han dispuesto parte de su tiempo, materia prima de la vida, a la creación literaria. Cómo no agradecer a estos hombres y mujeres que se internaron en el universo de la palabra, sufriéndola, jugando con ella, disfrutándola, de cuyos frutos somos los lectores unos ávidos degustadores. La lectura nos saca de nosotros mismos y coloca una invisible cúpula que nos aísla del exterior, inmunizándonos momentáneamente contra el oficio de pensar en nuestros asuntos y de preocuparnos o incomodarnos por los estímulos con que el mundo nos azota. Transcurre un corto período entre posar los ojos sobre la primera línea y abrir el ojo de la mente a esa historia nueva que comienza. Después de ese punto es probable olvidar por completo a quienes se encuentran alrededor, ignorar el ruido, el exceso o falta de luz, como si un velo se interpusiera entre lo demás y nuestra persona. El buen texto absorbe, transporta, marca un sendero en la vida del lector. Por supuesto, tiene sus propias exigencias, aunque éstas pueden ser acatadas por cualquier lector con buena disposición.

Hay textos de textos: pequeños, rápidos, pesados, ambiguos, insulsos, interminables...en ocasiones puede tomarnos toda una mañana leer una página; otras veces una novela llega a seducirnos tanto que la terminamos en un par de horas y hay líneas tan aburridas o densas que debemos volver a empezar una y otra vez desde la quinta palabra porque o no hemos entendido nada o nos hemos quedado dormidos.

Pero existe entre todas esas posibilidades una que cualquier lector que se respete no está dispuesto a perdonar: el texto interrumpido. No me refiero a aquellas ocasiones en que, para desgracia del concentrado lector, el texto que lee se encuentra mutilado sea por acción de vándalos, por fallas en la edición y armado del libro (que a veces prensa dos hojas idénticas y a cambio elimina la siguiente) o por daños ocasionados por el moho o los gorgojos. El texto interrumpido hace alusión a ese cuento, ensayo o novela, cuyo autor ha pasado por alto, adrede o por descuido, aquella estructura que todo escrito debe tener: comienzo, nudo y desenlace.

No es obra del capricho esta recomendación literaria. Es pues intolerable que un malintencionado o despreocupado escritor se atreva a editar un texto que dejará un sinsabor frustrante en el futuro lector.

Mas, no atribuyamos toda culpa al arbitrio del escritor. Pueden esgrimirse unas cuantas razonables causas a este desafortunado accidente. En ellas quizás se muevan hilos invisibles pero fuertes que manipulan la mente o la voluntad de quien escribe.

Empecemos pues, por el principio. Como se dijo antes, las clases de español y literatura con su respectivo cursillo rápido de creación a partir de la palabra no son suficientemente valoradas ni adecuadamente aplicadas. Aquellas largas planas de a – a – a... e – e – e... La casa es azul. La casa es azul. La casa azul; en las cuales los pequeños aprendices gastan, a disgusto, decenas de hojas e infinitas horas ¿Pueden considerarse un óptimo medio pedagógico para estimular el amor a la palabra? Los traumas que causan posteriormente la lucha con el acento y la tilde de esas temibles palabras agudas, graves, esdrújulas y sobre-esdrújulas, además del encuentro cara a cara con los sospechosos verbos irregulares cuyas conjugaciones no se someten a las normas generales, no son olvidados nunca por el niño que como castigo debe llenar su cuaderno con planas hechas de recortes de periódico donde aparecen esas palabras que él no logró escribir correctamente. Tampoco caerán en el olvido los cuadernos donde, página tras página, se encuentran hileras de yo, tú, él, nosotros, vosotros y ellos que deben ser llenadas con los tiempos de cada modo de los cien verbos que la profesora copia en el tablero. Sobre todo, se recordará con extrañeza ese “vosotros” que nunca hemos usado ni usaremos, que rehuye la buena conjugación y se niega a perder su sonora terminación –is, que se vuelve un tanto fastidiosa.

Enfrentados ya a la necesidad de escribir, muchos experimentan un indescriptible pánico. Ya expliqué cuál es el reto que se enfrenta ante esta tarea. Ser capaz de empezar la primera línea, desarrollar el tema y encontrar el momento oportuno para terminar. Algunos se quedan bloqueados viendo la hoja en blanco y son atropellados instantáneamente por diez mil o por ninguna idea, que viene a tener las mismas nefastas consecuencias: el temeroso no llega a ser escritor ni siquiera malo. Por fortuna nadie sale perjudicado por este problema, a no ser el frustrado literato.

Otros, más osados, logran superar la barrera del primer renglón. Se nota el entusiasmo inicial, salen en carrera agotando verbos y adjetivos... quizás con demasiada velocidad. Dos párrafos más adelante, se les acaba el combustible y ahí empieza la verdadera catástrofe. Y no precisamente para el eufórico escritor. Abandonado de repente por la “Musa de inspiración”, no se da por vencido: continúa con su propósito sin importar el resultado. Se extiende en frases redundantes e interminables párrafos que no dicen nada. Y así, en cierto modo se venga de la palabra que le es esquiva y tortura sin ninguna consideración al incauto lector que ruega poder llegar al final lo antes posible o que abandona decepcionado su intención de adentrarse en este laberinto literario.

No puede tomarse a la ligera a estos mediocres escritores que confunden la forma con el fondo y no logran atravesar la superficie. La lectura constante de sus intrascendentes escritos puede crear la impresión de que el texto que no sigue su ejemplo es digno de rechazo.

A pesar de todo, los derrochadores de la palabra descritos anteriormente no son la especie más peligrosa.
Advierto a los lectores que puede surgir entre tantos miles de aspirantes a literatos un híbrido que pertenece a la categoría de los mutiladores de textos. En vista de que su número tiende a incrementarse en la actualidad presento a continuación los detalles acerca de su comportamiento para que el bibliófilo pueda protegerse de su acción maléfica.

Los verdaderos mutiladores de texto pueden esconderse subrepticiamente en las páginas de los diarios, en las revistas de moda, en el gremio de los escritores reconocidos y aún, en un salón de clase universitario. Sí, oígase bien, esta especie se encuentra en todos los espacios y tiempos posibles.

Víctimas inconscientes de su histeria, los mutiladores de textos, acostumbrados a interrumpirse a sí mismos mientras hablan o piensan, trasladan esa horrible manía a sus escritos. Su pluma suele dar un buen comienzo al texto y esto capta inmediatamente la atención del lector. He ahí la primera trampa. Enseguida, se disponen a exponer a grandes rasgos dos o tres ideas que uno puede considerar claves e importantes. Porque la verdad sea dicha, estos seres no son tontos, su mente está en continuo movimiento recogiendo del medio diferentes estímulos y mensajes para luego mezclar, depurar y obtener sus ideas. En este preciso momento empieza a actuar el espíritu de la histeria. El concentrado escritor, atacado simultáneamente por sus propios pensamientos, las ideas de otros autores que le han parecido acertadas, el ruido mental que hacen sus asuntos personales, su deseo de impactar al futuro lector, ve como en un instante un tijeretazo mental va cortando por mitad el hilo de su narración. Sin embargo, esto no le preocupa en absoluto. El mutilador siente una secreta satisfacción por la frustración de su vida que logrará, sin mayor esfuerzo, inocular a quienes se dispongan a leer sus textos. El paso siguiente es el desarrollo de las dos o tres ideas importantes. Pone tiza en algunos aspectos, se deleita elaborando frases inteligentes o poéticas y sobre todo, se esmera porque el escrito se haga cada vez más interesante para que el lector sienta el deseo de llegar al final.

Recordemos que al comienzo de este ensayo, manifesté que nadie quiere realmente que el texto que se encuentra leyendo termine. Esta es la paradoja: el lector sigue, pero no porque desee en verdad leer la última línea. Lo que disfruta es el camino, cada frase que le comunica una idea que tal vez él había considerado ya y que desea ver confirmada. O tal vez una idea nueva que se presenta ante el ojo de su mente como una luz que aclara el panorama. Es posible también que no asimile totalmente las ideas presentadas en el texto, pero que igual le presentan un nuevo tema sobre el cual profundizar.

Sin embargo, lo cierto es que el lector quiere más. Y el mutilador no está dispuesto a ofrecerle más que un aperitivo. De repente el lector se encuentra en el último párrafo, muy atento a la línea que recorre pero vislumbrando el último renglón que empieza a parecerle sospechoso. ¿Acaso habrá una segunda entrega? ¿Será que el digitador olvidó copiar las páginas restantes? ¿Quizás el mezquino editor no quiso dar un espacio más para terminar el texto? O, lo peor: ¿Es posible que el escritor haya dispuesto que ahí termina verdaderamente su escrito? Y entonces ¿Qué?

Ya podemos imaginarnos el efecto frustrante que tienen este tipo de producciones literarias. Finalmente el lector se separa del último renglón lleno de tristeza y rabia: tristeza porque no pudo saber qué ocurrió entre el nudo de la historia y su desenlace; por no poder conocer la forma como hubiera terminado cada idea el escritor si se hubiera tomado un poco más de tiempo. Rabia porque se siente impotente ante el autor del texto, no sabe si es realmente el culpable, no tiene dónde localizarlo y exigirle completar el escrito; rabia por haber dedicado su tiempo, materia prima de la vida, a recorrer un pequeño mundo que se autodestruyó antes de poder explorarlo en su totalidad.

Se entenderá que es esta la clase más insoportable de mutiladores, tienen mucha iniciativa, pero además un inexplicable afán por llegar al punto final; van más aprisa que sus propias ideas y no les permiten aterrizar en el papel.

Hagamos finalmente una reflexión al respecto. Determinadas las razones de estos fenómenos literarios y sus características especiales, no podemos dejar de formularnos la pregunta: ¿Puedo ser clasificado en alguna de dichas especies? Es más, ¿Pertenezco a la lista de auténticos mutiladores de textos? Horrorizados, recordaremos nuestros pequeños escritos, aquellos que han llegado a manos de terceros y esos otros que sólo han pasado por nuestra complaciente mirada. Quizás retomemos algunos de dichos escritos para identificar los síntomas inequívocos de su patología. Si así fuere, seamos francos: no podemos seguir nuestra carrera literaria si no somos capaces de ver el reflejo de nuestra personalidad en lo que escribimos. Obsesivos, anclados en un tema recurrente; fóbicos, expresando nuestros profundos y absurdos temores; histéricos, montando siempre un pequeño drama para impresionarnos a nosotros mismos; esquizofrénicos, mostrando una cara distinta en cada párrafo que generalmente contradice al siguiente...

Un último favor: seamos selectos en nuestras lecturas y quizás así podamos ser exigentes con nuestros escritos.

Sobre eXtRaVíoS

ProfundaMente SuperficiaL Creative Commons License
Disparates protegidos por: licencia de Creative Commons. MeNTes eXtRaViaDas Web Page Hit Counter
Contador