Sólo la falta de esencia, o su notable desprecio, requiere tanta indumentaria para cubrir el vacío. Los grupos humanos que han llevado hasta el límite del ridículo el refinamiento, que han optado por tergiversar o adornar hasta las actividades fisiológicas más elementales, carecieron en su momento de aceptación y de respeto por sí mismos. Y esas sociedades han sido, generalmente, resultado de filosofías en apariencia muy racionales, cuyos logros en educación, progreso material y cultura sobresalían escandalosamente por encima de los de sus contemporáneos. El alejamiento de lo que es evidente para ir a la búsqueda de lo probable es prueba de patología. La necesidad no tanto de dominar la naturaleza sino de subvertirla sólo es posible en especies degeneradas.
Todas las instituciones parten de la premisa de que hay una sociedad, un aglomerado de seres humanos dispuestos a regirse por idénticos principios. Sin embargo, nada hay más falso. No hay tal sociedad. Hay individuos. La sociedad es un concepto abstracto que ha sido creado, como muchos conceptos de tal índole, para poder ser usado convenientemente. La sociedad es la excusa para la imposición de normas que afectan la vida del individuo en favor de intereses particulares.
El mundo no ha cambiado. Tampoco los seres humanos. Mucho se habla del progreso, de la civilización, de la evolución y del cambio. Pero esto no es más que fachada. Los mismos principios básicos rigen la vida de los seres humanos:
- La necesidad elemental de todos es la supervivencia, persistir en ser (la pregunta que surge es si es consecuente este deseo de sobrevivir un día más con el fin único de enfrentar el mismo reto al día siguiente)
- Unos se apropian arbitrariamente de los recursos, lo cual les permite dominar a los demás. Usan argumentos como el poder divino, político o económico; en el fondo todos igualmente absurdos
- Se crean instituciones que perpetúen el orden imperante
- La fuerza sigue siendo el mecanismo más utilizado para coaccionar e imponerse
- Los paliativos ante las evidentes injusticias se colocan en el futuro, allí donde nadie ha ganado jamás ningún pleito
- Los sometidos creen que su situación es inevitable -y hasta merecida- y los que someten se encargan de alimentar esta creencia
La vida de los seres humanos no fue mejor antes. Nunca la de todos. Siempre para unos ha sido mejor y peor para los otros, en realidad, para una inmensa mayoría. Siempre ha habido cadenas; sin embargo, cada época les ha dado un nombre diferente y las ha maquillado con gran arte. Antaño esas cadenas eran tangibles pero a medida que la especie se fue haciendo más civilizada comprendió que el hierro era poco elegante y se propuso crear cadenas imaginarias -no por ello menos pesadas- invulnerables al óxido y al paso de los años: entonces apareció el trabajo. El trabajo ha facilitado muchas cosas a los inicuos propietarios de los recursos: el esclavo ya no vive bajo el techo de su amo; tampoco tiene éste la obligación de alimentarlo. A pesar de todo, el esclavo cumple sagradamente con el horario y los deberes. De ser necesario -y siempre es necesario-, sacrificará las horas de ocio en beneficio de la empresa ya que del éxito de ésta depende su supervivencia y la de su familia. Recibirá en compensación el dinero estrictamente necesario para no morir de hambre y continuar trabajando. He ahí la razón por la cual, sin importar a cuánto ascienda el sueldo, nunca sobra dinero; de hecho muchas veces no alcanza para llegar a fin de mes. El mismo ambiente laboral exigirá aparentar un estatus superior al que realmente se tiene. Así la auxiliar aspirará a lucir como su jefa y ésta, como la gerente de la empresa.
Evidentemente el trabajador produce lo suyo y también lo de su amo y del tamaño de la ambición de este último depende el monto del excedente.
Frente a esta situación todavía hay muchos individuos que pretenden seguir aferrados a ideas e instituciones que se destacan por su incompetencia y probada injusticia. Hay un orden malsano en el mundo por el cual la opulencia se pasea altiva frente a los ojos de los miserables y el tormento prometeico se repite a diario en todas partes.
En el fondo seguimos siendo animales: sufrimos más porque negamos este hecho esencial. Si tuviéramos siempre presente tal certeza muchas cosas cambiarían. Ante todo aceptaríamos que se lucha por la supervivencia y entonces pasaríamos por alto las instituciones y sus promesas, para ir por vía directa hacia lo que realmente necesitamos. Esto, contra todo pronóstico, no nos haría más malos. Ninguna ley ha podido impedir nunca la injusticia ni el mal: sólo ha dejado en claro que hay individuos que temen demasiado al castigo y otros que dan rienda suelta a sus impulsos en la confianza de no ser descubiertos.
Dejaría de existir la familia y con ella la sociedad; dos instituciones antinaturales creadas exclusivamente para poder instaurar un orden en provecho de los que quieren hacerse con el poder económico y político. Esto incluye, por supuesto, a las iglesias. Otra cosa que también desaparecería: el dogma religioso con su séquito de indignantes parásitos. La historia perdería todo su valor porque se haría patente la constante repetición de los mismos hechos donde lo único diferente serían los lugares y los nombres de los personajes. No existiría el ciudadano; de hecho en la actualidad existe sólo nominalmente: tiene muchos deberes, entre ellos el de someterse y mostrarse satisfecho con las decisiones que tomen aquellos a los que ha tenido el derecho a elegir, todo por obra y gracia de la democracia.
Otro beneficio derivado de la aquiescencia hacia nuestra innegable animalidad tendría que ver con el asunto de la muerte. Para el animal la muerte no es una certeza anticipada. El animal sencillamente muere. No sabe que muere y así le es más natural vivir y morir. Por eso los demás animales no tienen metafísica y si acaso la tuviesen estaría inspirada en un evento fisiológico nada triste: la reproducción. No la procreación, que es un derecho que se han apropiado, no sin cierta reserva, los seres humanos*. Mientras tanto, la metafísica de los animales se vería suficientemente recompensada en vida a través de la generación de nuevos individuos. La superación de la muerte en una resurrección futura sería a todas luces una escandalosa superchería. En sus libros sagrados no figuraría ningún Dios al cual dar gracias por la vida que surge ni pedir perdón por las faltas de la vida que se va. Si acaso existe un mandamiento para los animales es el de sobrevivir a toda costa y hacer el respectivo aporte a la multiplicación de la especie.
* Porque la procreación es un invento religioso que dice que dos seres humanos de sexos opuestos, y que se aman, reciben de Dios el permiso para tener sexo y que de allí deriven más hijos de Dios. Si se hiciera sin la bendición ya no serían hijos de Dios sino sólo unos desventurados hijos del deseo con todas las consecuencias que esto acarrea, es decir, serían burdos animales humanos.
