Vengo de donde mi amiga Kinga y su artículo FinDelfin, en el cual –aparte otros disparates propios de paranoicos sin remedio– se refiere a la muerte del libro. Particularmente del libro impreso.
La idea de digitalizar los libros surgió en los 70’s con el propósito de hacer que fueran accesibles para todo el mundo. El éxito de este ambicioso proyecto ha llegado actualmente a su cota más alta gracias a los nuevos artilugios tecnológicos que hacen muy cómoda y eficiente la lectura en pantalla. Nunca antes en la historia de la humanidad se logró que tantos textos estuvieran al alcance de tanta gente y, sin embargo, nunca antes hubo tantas personas analfabetas: desde las que nunca han tenido un libro en sus manos pasando por los malos lectores hasta los declarados bibliofóbicos que tienen alergia a todo lo que contenga letras. También es cierto que nunca antes hubo tanta gente, pero eso ya es otro cuento.
Hay que ser realista: el libro de papel desaparecerá un día así como han desaparecido otros maravillosos inventos a lo largo de la historia. Por el bien de los árboles y de los mismos libros que, al volverse digitales, adquieren más velocidad, se reproducen más fácilmente y entran a la era light.
En comparación con el libro de papel el ebook ofrece muchas ventajas: cabe en cualquier morral, es liviano, es barato y muchas veces gratuito, no se le corre la tinta ni se le arrugan las esquinas, se le puede agrandar o achicar la letra, aunque se moje no se disuelve, no acumula moho ni gérmenes, no hay que ir a buscarlo a la biblioteca, se pueden apilar muchos en un espacio muy pequeño –como una USB o un CD–, a partir de un solo ejemplar se pueden crear muchos sin necesidad de impresora, entre otras cosas.
Pero hay cosas para las que sólo sirve el libro de papel: equilibrar la pata coja de una mesa, descalabrar a un enemigo –el Cálculo de Purcell y el Álgebra de Baldor son buenas opciones–, propiciar un incendio, armar un bareto –funcionan muy bien las hojitas en blanco que vienen al final de las biblias–, convertirse en almohada, adornar bellamente una biblioteca o una mesa de centro –este uso es muy común en las mansiones de gente que quiere pasar por culta e interesante; lamentablemente estos libros por lo general mueren vírgenes– e, incluso, en caso de extrema necesidad pueden ser utilizados con fines higiénicos.
Aspiro que al menos por este último gesto, que revela su gran nobleza, el libro de papel dure todavía algunas décadas más.

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