Nuestros recelos morales están condenados a la parodia: no bien declaramos estimable una virtud, surgen mil trampas para que sea mancillada, se convierta en una especie en vía de extinción y su presencia sea posible solamente en los diccionarios.
Por definición las virtudes son ideales y en sus mismos preceptos se declaran muchas veces de forma negativa: basta con ver el decálogo de los mandamientos. Como valor deseable y bello accesorio para aligerar la conciencia, permitiendo así mismo alcanzar cierta prestancia social, adolece del defecto de la intransigencia: o se es o no se es... honesto, responsable, casto, sincero, justo, etc. No obstante esta tiranía de los extremos, en la que se es siempre blanco o siempre negro porque el gris no existe como opción, hay muchas personas en el mundo que se consideran a sí mismas intachables: las gentes buenas, las de bien y las virtuosas. Pertenecen todas al conjunto de los extraterrestres que por un fatal error vinieron a parar a este infierno sublunar, pese a lo cual se muestran la mayoría de las veces compasivas e incluso tolerantes con las fallas humanas.
Existe entre todas las virtudes una de difícil interpretación y no menos difícil cumplimiento: es la honestidad. Hay unos límites no muy claros entre ser honesto, recto, decente, íntegro y digno. Y si la sola idea de ser -siempre y en todo- completamente honesto intimida, ahora calcúlese cuántas posibilidades hay de fracasar si se incluyen los demás criterios. La honestidad es, con mucho, uno de los valores más necesarios para el bienestar común de la familia humana y, desgraciadamente, uno de los más escasos del repertorio.
Hay quienes piensan que la prostitución es una actividad degradante propia de rameras y gigolós, que es un oficio vergonzoso que va en detrimento de la dignidad. Muchos afirman que jamás de los jamases venderían su cuerpo, que el dinero no lo es todo y que no tendrían valor para mirar a nadie a los ojos después de haber caído en semejante bajeza. Es tan poderoso el tabú que envuelve este oficio, que circula comúnmente la expresión "mujer de la vida fácil" para referirse a aquella que transita por este camino. Lo curioso es que las más propensas a usar este apelativo son las señoras casadas: tal vez contrastan su vida doméstica, su sumisión al marido y su actitud de madres consagradas, con la aparente libertad de la prostituta y les da la impresión de que les correspondió en suerte la vida difícil; tal vez es que no han reflexionado sobre lo fácil que debe ser atender a varios maridos sólo en los requerimientos sexuales y, aparte de eso, asumir todos los riesgos, conformándose apenas con las retribuciones económicas. Quizás algunas no tengan la suficiente franqueza como para confesarse a sí mismas que para protegerse del estigma social de la soledad o asegurarse estabilidad económica, decidieron prostituirse a un solo hombre -con la bendición del cura o el aval del notario- por el resto de su vida.
La prostitución parece ser un fenómeno mucho más extendido de lo que muchos quisiéramos aceptar. Y si se va a la esencia del asunto es posible que todos estemos, mal que bien, prostituidos: cambiándonos por dinero o beneficios sociales y materiales y comprometiendo nuestra dignidad y respeto propio. No podemos ser tan obtusos de reducir esta actividad al comercio del cuerpo. El ser humano dispone de muchos otros elementos igualmente valiosos: tiene inteligencia, conciencia, capacidad de elección. El cuerpo es una herramienta -la más importante e imprescindible- pero nuestra ventaja consiste en que podemos experimentar a través de éste mucho más que la anatomía y la fisiología.
Para entender en toda su dimensión este fenómeno de la universal prostitución se hace necesario ir más allá de las apariencias, dejando a un lado los prejuicios y la doble moral; sólo así se hace evidente el trasfondo del problema. Básicamente la prostitución es lo contrario de la honestidad; poco interesa si este atentado se hace a través del cuerpo, de la inteligencia, de la conciencia o alguna otra de las facultades humanas. Ser deshonesto empieza por mentirse a sí mismo y en este sentido considero que es el nivel más bajo al que puede descender cualquier ser humano: si alguien tiene la suficiente falta de escrúpulos como para mentirse a sí mismo no tendrá reparo en mentirle a nadie y su vida será, en términos generales, una completa farsa. La primera persona ante la cual debemos conservarnos impecables y respetables somos nosotros. De hecho, poco importa que a ojos de los otros seamos indecentes o indignos con tal de que íntimamente tengamos la certeza de haber hecho nuestro máximo esfuerzo por mantenernos coherentes en nuestro ser, pensar, hacer y sentir.
Creo que una de las razones por las que es tan complicado perseverar en la honestidad es porque todos los sucesos conspiran en su contra: siempre es más sencillo, cómodo y hasta provechoso hacerse el ciego, el sordo y el tonto, dejarse arrastrar por la corriente y hacer como quien no se da cuenta. El mundo actual deja pocos caminos -si es que deja alguno- para la gente honesta: o se está sumergido hasta el cuello en lo que podría llamarse la marea de podredumbre moderna o se está por fuera, con todo lo que eso implica. Es más factible ser comprendido y aceptado si uno se comporta como la sociedad quiere y necesita que uno se comporte: en un ambiente donde todos se revuelcan en el fango, el que quiere permanecer limpio es declarado enemigo común porque, sin darse cuenta, le recuerda a los demás todo lo que perdieron en el camino de adaptarse y que creen que ya nunca podrán recuperar. Y si, por ejemplo, en un exceso de ingenuidad alguien opina que es recomendable y hasta posible hacer un cambio, si se propone intentar una manera transparente de hacer las cosas para poder tener una vida coherente, entonces siempre habrá mil personas empeñadas en que es imposible porque todo ha funcionado siempre así, por el camino torcido, renegando de sí mismo, renunciando a la tranquilidad de espíritu y vendiéndose al mejor postor.
Esta es la condición humana que impera hoy día: hacer parte del montón y repetir lo que todos hacen para encajar de alguna manera en el rompecabezas, lo cual implica mutilarse y resignarse a una vida de la cual otros escriben el libreto o... quizás morirse de hambre, quizás quedar descartado como producto social, quizás ser un eterno paria y ver como mueren uno a uno todos los sueños. Nuestra prostitución es programada, compartida y aceptada: muchos ojos nos vigilan y muchas circunstancias nos obligan. Si sólo consistiera en infligirnos este dolor a nosotros mismos nuestro consentimiento tendría hasta cierto punto un impacto despreciable; lamentablemente nuestra deshonestidad y cobardía son como una plaga que contamina todo lo que toca y que determina el camino por el que transitan nuestros semejantes y por el que las generaciones futuras se verán forzadas a marchar.

Roquentin79
14 jul 2010 | 05:03 PM
Cuanta razón tienes... y que bien escribes, tes expresas¡.. ese sentimiento de prostituirme lo llevo muy arraigado.. pero a veces no queda mas remedio y hechar el brazo a torcer en cuanto a la moralidad y honestidad o morirse de hambre, como bien dices..