No hay nada que esté por fuera de los límites de la Naturaleza y que merezca justamente ser admirado.

 

Me resulta a la vez sumamente gracioso y preocupante enterarme de los proyectos descabellados que emprenden los hombres de ciencia y los genios de la tecnología. Gracioso porque, a pesar de las evidencias, el ser humano sigue en el necio propósito de mejorar lo que de por sí funciona perfectamente. Preocupante porque a este ritmo de cambios y novedades, no nos va a quedar tiempo ni capacidad de reflexionar sobre las implicaciones que estos proyectos tendrán en la vida de todos los seres y mucho menos para detenerlos en caso de que excedan los límites de la sensatez.

No pongo en duda que todo lo que se propone el ser humano pueda conseguirlo. Mientras tenga imaginación, que es el germen de todo lo existente, se corre el riesgo de que las creaciones más disparatadas se concreten en esta realidad. Desde la alquimia -con la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud- hasta la biología -con la manipulación del mapa genético, la fabricación de clones y la premisa de una máquina corporal bella, perfecta e inmortal- todas las empresas del hombre han puesto de manifiesto su inconformismo con la realidad natural y su necesidad visceral de componerla según su criterio.

El hombre no se cansa de jugar a ser Dios. Lamentablemente no está capacitado para desempeñar con éxito ese papel: siempre que trata de hacer algún milagro los resultados son desastrosos, a mediano o largo plazo. Podría decirse que sólo está a su alcance realizar milagros al revés: cuando se vanagloria de haber inventado  una solución extraordinaria -generalmente para resolver un problema que él mismo ha creado- ya ésta ha generado cientos de problemas más y el ciclo vuelve a empezar. Parece una exhibición de soberbia y es tal vez un desafío lanzado a la cara de Dios -casi como la historia de Frankenstein y Víctor, su padre- por haber plasmado en el hombre la versión desmejorada de Sí mismo y haberle dotado de poderes a medias, como si su intención hubiera sido verle siempre humillado.

Ahora bien, lo último en milagros humanos es la agresiva intervención del cuerpo para añadirle o quitarle lo que falta o sobra, según los cánones actuales de belleza y perfección. La sola idea de que el gran sueño de muchas mujeres es operarse la nariz, rellenarse el rostro de Bótox para que el precio de sus alegrías y tristezas -las arrugas- no se haga evidente, agrandarse los senos o deshacerse del vello con ayuda del láser, causa alarma. Pero en cuanto a los hombres, no se quedan atrás: hasta tal punto la tecnología se ha convertido en su panacea y en el ideal materializado de la omnipotencia que no ve impedimento alguno en atiborrarse de implantes -externos y ahora internos- para suplir aquellas deficiencias que por naturaleza tiene, en particular esa tendencia a desear que todo sea más fácil, rápido y le exija el mínimo esfuerzo. 

La ciencia carece de moral, no así el hombre cuyas intenciones conoce solamente él mismo. No obstante, en ocasiones, éstas escapan incluso a su conciencia. Eso es lo verdaderamente espeluznante de esta obsesión desenfrenada por violentar los secretos y misterios de la vida para ponerlos al servicio de las ambiciones y mezquinas aspiraciones del ser humano. Y cuando ya sea moneda corriente que las personas vayan a centros médico-tecnológicos para que les implanten en el cerebro chips con el fin de efectuar desde su mente todas esas acciones molestas como manejar el carro, usar el teclado para acceder a información en internet, hacer llamadas telefónicas, encender el horno micro-ondas o pagar las facturas de los servicios, ¿quién nos garantiza que esos mismos aparatos no serán usados para volver al hombre una máquina más, un títere programable, utilizable y desechable? ¿Cómo podría revertirse el procedimiento si, en uno de esos intentos del hombre por competir con Dios, las cosas se salen de control? ¿Qué extraño monstruo será esa mezcla incompatible de carne y circuitos integrados si a la fecha, y siendo todavía humanos, nos quedamos perplejos ante nuestra capacidad de crueldad y de indolencia?