Escribo para no tener que matar a nadie.
La historia que a continuación se relata está basada en hechos reales acaecidos en un mundo paralelo. Ese mundo tiene la particularidad de que los nombres de personas y lugares se modifican a cada segundo. Por tal razón, la autora considera inútil tratar de darle una identidad a la ciudad y a los personajes: podría haber sucedido en cualquier ciudad y a cualquier par de personas, hombre y mujer, habitantes de la misma. Advierte igualmente que otra de las características de ese extraño mundo es que, con cada nueva lectura, la historia se repite.
Así es que decidí enviarle el mensaje: eran cuando mucho tres párrafos no muy extensos, con frases vehementes, emotivas e irracionales; era, a pesar de todo, mi verdad. Una verdad guardada con celo y disfrazada torpemente durante dos años y que ya no me cabía entre pecho y espalda. Era, de todos modos, la primera y última verdad: una suerte de despedida.
Me es difícil afirmar si esperaba o no una respuesta. Aunque no lo conocía, supuse que optaría por un severo silencio: éste corresponde también a una respuesta, la más púdica, protocolaria y enigmática forma de contestar. Y en todo caso, ¿qué podría decir? Ese mensaje era como una violación. No había ningún tipo de trato ni acuerdo entre nosotros, pero el que yo hubiera expresado todo tan abiertamente tenía su toque de innegable violencia; era obsceno y, hasta cierto punto, podía considerarse una completa grosería.
Pasaron algunos días, con sus noches llenas de sueños extraños: en uno, perseguía a un par de pájaros pequeños y rellenitos -uno rojo, el otro gris- a los cuales trataba de acariciar para retirar algunas plumas sueltas. Otro, una situación insólita en la realidad pero fácilmente aceptada en el espacio onírico: habíamos tenido sexo y yo lo había embarazado. Él se dio cuenta en medio de una exposición que hacía frente a algunos colegas de trabajo y se sentía humillado porque su pantalón exhibía una gran mancha húmeda a la altura del pubis. Cuando llamó para contarme parecía preocupado aunque su decisión estaba clara: no pensaba tenerlo. Acostumbrada a este tipo de mecanismos protectores de la mente, desistí de la idea de bosquejar una interpretación: era preferible esperar a que bajara la marea y mi psiquis estuviera en condiciones de aterrizar nuevamente en la realidad.
Al cabo de dos semanas largas, una noche en que volvía del trabajo, hallé un sobre tirado en el piso de la sala. Llevaba apenas sus iniciales y no contaba con dirección, teléfono ni sello postal: llegué a pensar que él mismo lo había metido por debajo de la puerta. Cuando por fin tuve el valor de abrirlo, me encontré con dos cuartillas repletas por ambas caras. La fecha era posterior en dos días a la del mensaje que le había enviado. Me llamó mucho la atención la forma de su letra -que veía por vez primera- y la disposición de las líneas: era una letra grande, fuerte, ligeramente estirada hacia arriba e inclinada hacia la derecha y aunque mezclaba indiscriminadamente las mayúsculas y las minúsculas, era bonita y legible. El texto empezaba muy cerca de la margen izquierda pero, a medida que avanzaba a lo largo de la hoja, se iba desplazando perceptiblemente, de modo que la margen opuesta se iba reduciendo hasta formar un trapecio.
Los tres primeros renglones eran una torpe introducción, algo así como un saludo y a la vez una manifestación de sorpresa por el hecho de que yo le hubiera escrito. Era evidente que no acostumbraba a escribir y menos a una persona de la cual conocía a lo sumo el nombre y el sitio de residencia. Jamás habíamos cruzado palabra y aunque quizás yo sabía sobre él más de lo que estaba dispuesta a reconocer, lo cierto es que no era nadie en su vida: una mujer que a veces, por casualidad, tomaba su misma ruta.
Después de expresar tímidamente que se sentía halagado por algunas de mis palabras, su mensaje cambió de tono: daba la impresión de hacerse violencia por tener que decirle a alguien algo que no querría tal vez saber pero, en todo caso, parecía sentirse con el compromiso moral de hacerlo. Su situación se asemejaba a la del transeúnte que, viéndose acorralado en plena noche por un ladrón inexperto, saca de su bolsillo un arma cargada que sabe manejar con destreza y que decidirá la suerte del osado rufián.
Me era posible adivinar las razones de su lucha interna: en medio de su educación y decoro, iba a transigir con una acción bochornosa aunque, en su concepto, necesaria. Me sentía avergonzada y algo temerosa, pero de antemano preparada para lo peor: respecto a él no tenía nada que perder; mi derrota estaba garantizada desde el principio y en el momento mismo de enviarle el fatal mensaje, había asumido ya las previsibles consecuencias de mi acto.
Sin embargo, al continuar la lectura, noté que el hombre estaba verdaderamente perturbado: me acusaba de impúdica y afirmaba con epítetos unas veces agresivos, y otras, rayanos en el pánico, que yo parecía estar fuera de mis cabales. A continuación, y como a manera de disculpa, agregaba que podía hasta cierto punto ponerse en mi lugar y aceptar como posible lo que yo le había hecho saber; no obstante, encontraba repulsiva mi franqueza: más que considerarla una falta de respeto, que era lo que yo temía, creía que era una prueba irrefutable de mi peligrosidad. Descartó el uso de palabras soeces -hasta tal punto era un hombre bien educado y moderado- pero precisamente por eso me quedé llena de dudas sobre su estado emocional: no estaba convencida de que fuera rabia lo que se encerraba en esos renglones, pero tampoco podía definirlo como miedo. Era una fase ambigua y, por tanto, mucho más inquietante.
Al terminar de releer la segunda página me sentía ya bastante fatigada: por un momento tuve la clara intención de prender fuego a la carta y terminar con todo ese absurdo drama. En cambio fui a la cocina, preparé un café y me senté en el taburete a beberlo lentamente a pequeños sorbos. La situación había excedido el límite de mis expectativas: me di cuenta de que, si acaso contemplaba la posibilidad de una respuesta, jamás llegué a imaginar que fuera de este tipo. Me llevé el par de hojas a la habitación y recostada en la cama proseguí con la lectura.
Ya no recuerdo muy bien todo lo que decía el resto de la carta. Era, como la primera hoja, un extraño carrusel de emociones encontradas y de acusaciones bastante fuertes, debilitadas luego por una breve y amable reflexión. Recuerdo especialmente que en uno de los párrafos aludía al romanticismo. No sé cómo llegó al tema, pero se quejaba más o menos de que yo había resquebrajado su ideal romántico; que lo había despojado para siempre del placer del misterio y del sublime encanto de la inocencia. Ahora que lo pienso, estas ideas no tenían cabida dentro del curso de la carta, pero al momento de leerlas me parecieron totalmente coherentes y hasta razonables.
Casi al final decía que no entendía las razones de ese insólito juego en que lo había involucrado y retomaba su opinión de que mi actitud era aberrante y mórbida; agregaba además que yo no tenía ningún derecho a interferir en su vida de esa manera, que quizás no había vislumbrado a cabalidad las posibles consecuencias de ese acto irresponsable. Remataba el texto con una frase muy corta que pude fácilmente memorizar, decía: "Toda verdad es siempre culpable". Después aparecían, como en el sobre, las iniciales de su nombre.
No pude dormir esa noche. Cerraba los ojos y veía al hombre frente a mí, pálido y con el rostro descompuesto, exigiéndome respuestas y mirándome lleno de odio. Otras veces dirigía hacia mí una mirada tan triste que me conmovía hasta las lágrimas. En tres o cuatro ocasiones pude olvidarme del asunto, pero tan pronto como empezaba a caer en el sueño un vértigo repentino me sacudía y despertaba asustada, con el corazón palpitando frenéticamente dentro del pecho.
Me levanté tarde y con dolor de cabeza: por suerte era fin de semana. En un primer momento pensé que todo había sido una horrible pesadilla: creía recordar escenas donde él y yo discutíamos acaloradamente. Después, viendo las hojas dobladas sobre la mesita de noche, me sentí otra vez atormentada por todos sus reproches. Llamé entonces a una amiga y quedamos en almorzar juntas. Escogí al azar un vestido, me bañé y salí casi sobre la hora hacia el lugar de la cita.
El restaurante quedaba a pocas cuadras de donde vivía, seis o siete, así que me fui caminando a paso ligero por entre la muchedumbre, tratando de no mirar a nadie a los ojos. Me detuve en un quiosco a comprar un paquete de cigarrillos y mientras la dependienta rebuscaba entre sus billetes para darme el cambio, me fijé en los titulares de la prensa regional, atraída por una foto que ocupaba casi toda la primera página y en la cual aparecía un hombre colgado, al que habían difuminado la cara. Decía en grandes caracteres rojos: "Misterioso suicidio en el aeropuerto de la ciudad". En el pie de foto ponía que, en horas de la madrugada, uno de los encargados de la limpieza había encontrado en el depósito de combustibles el cuerpo sin vida de un hombre que, al parecer, se había suicidado bajo circunstancias aún desconocidas. El cadáver había sido ya identificado y correspondía a un funcionario del aeropuerto, un hombre joven que trabajaba desde hace un par de años en el área de mantenimiento. Como dato curioso añadían que se había servido de una guaya, a la que con goma de mascar había pegado una hoja en la cual se leía: Toda verdad es siempre culpable.
A J. C. in memóriam. En este mundo hubieras podido dar tu propia versión de los hechos. No obstante, te decidiste por el silencio y me obligaste así a tener que contar la historia a mi manera. Allá, en ese mundo paralelo, mi secreto está protegido. Mientras tanto, sigue rondando mi mente la idea de que, si ese suicidio hubiera tenido lugar aquí, yo debería estar encerrada en la cárcel.

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