¡De cuántas maneras habremos muerto ya y cuántas muertes nos quedan todavía por vivir!

Esta vida, a la cual se llega por azar y adonde nos envían sin guía de viajes, instrucciones de armado, manual de usuario ni carta de garantía, carece -para colmo de males- de información acerca de qué hacer frente al asunto de la muerte. Por un lado, hay quienes se adaptan al ciclo natural sin grandes expectativas y prefieren aguardar, como quien no quiere la cosa, a que llegue el momento de la visita siempre inesperada: aspiran a tener una muerte socialmente aceptable, ojalá poco dolorosa, exenta de escenas mórbidas y de patetismo; en suma, una muerte decente. No obstante, no todos hemos sido dotados de la paciencia necesaria para apoltronarnos en la vida mientras recibimos una sorpresa usualmente desagradable: un diagnóstico médico irrevocable, un accidente fatal, una penosa enfermedad terminal que tarda siempre demasiado en terminarse, una bala perdida... en fin, la incertidumbre puede llegar a ser mortal.

Las personas que se resignan a la fecha que Dios mande tienen sus preocupaciones, claro está, pero su proceso hacia la muerte -así como durante y después de ella- es más llevadero: cuentan con el apoyo de las instituciones (estatales, sanitarias y religiosas) y con la solidaridad de su familia y amigos. No sucede lo mismo con los suicidas quienes, aparte los temores inherentes al hecho mismo, deben superar todo tipo de obstáculos: técnicos, sociales, legales, etc. Difícilmente una persona que haya decidido interrumpir su lapso vital recibirá apoyo de sus seres queridos -independientemente de la razón por la cual haya tomado dicha decisión. Mucho menos habrá un médico que se ofrezca a ayudarle para tener una muerte digna: el juramento hipocrático y la ley se lo impiden. Ahora bien, respecto a los medios los hay por montones: después de todo, y aunque lo olvidemos a menudo, el cuerpo es realmente un artilugio bastante frágil. Lo importante en este caso, como en todas las experiencias trascendentales de la vida, es hacerlo bien: cierto que hay intentos de suicidio que sólo buscan llamar la atención -estos son comunes cuando la palabra, el arte, la psicoterapia o los antidepresivos han fallado en su tentativa de catarsis- pero si la cosa va en serio es preciso hacer las averiguaciones pertinentes, analizando los pros y los contras. Recomiendo especialmente no creer a pies juntillas lo que muestran las películas y las series televisivas: la vida real suele ser diferente. Tampoco es aconsejable imitar los métodos de las célebres historias narradas en novelas o dramas románticos: la literatura es ficción y vaya uno a saber si el autor se ha tomado la molestia de recurrir a fuentes fidedignas; ingenuo es creer que se trata de su experiencia personal.

Pero ¿qué tan sencillo resulta hacerlo bien? Es decir, después de que se ha escogido el medio más adecuado ¿cómo, dónde y cuándo llevarlo a cabo? ¿Cómo hacerse con el veneno sin despertar sospechas? ¿De qué viga colgar la soga sin temor a que se rompa en pleno balanceo? ¿Con qué fuerza empuñar el arma si acaso hemos errado el primer tiro? Y si no se dispone de una tina para sumergirse después de sajarse las venas -para aquellos que no lo sabían, no basta con pasarse la cuchilla y quedarse echado en la cama hasta desangrarse- ¿será igualmente eficaz meter el brazo o la pierna en un balde lleno de agua? En pocas palabras, ¿cómo asegurarse de que el método funcione? Ya se sabe que hay falsos suicidas, esos que juegan de mentiras a matarse y que a veces, lamentablemente, lo consiguen. Pero para quien la vida carece de atractivos, el que ya no la soporta o que por alguna razón desconocida -e incomprensible para muchos- tiene una morbosa curiosidad por saber ya lo que hay -o si lo hay- más allá, no sería nada grato abrir los ojos y descubrir que está en una clínica conectado a un suero y a un respirador, o enterarse de que se rompió la soga y se fracturó las cervicales; mucho menos quedará satisfecho si, luego de haberse tragado 100 píldoras de somnífero, despierta mareado, aquejado de gastritis y con una horrible jaqueca que parece que le va a reventar la cabeza. Después de este enésimo fracaso, y con tan mala suerte, a quién le van a quedar ganas y energía para matarse.

Es un asunto complicado tratar de convencer a alguien de que desista de la idea de ponerse punto final por su propia mano. Ante la terrible presión que ejercen los prejuicios sociales y morales, hay quienes se hacen los distraídos y cruzan la calle en pleno semáforo verde, otros que resbalan sin querer de la baranda de un viaducto y se precipitan en caída libre, algunos más confunden el frasco de jarabe para la tos con el del veneno mata-zancudos, pero a fin de cuentas estos penosos accidentes vienen siendo una especie de homicidio pasivo hábilmente encubierto: al abrigo del piadoso vestido de la duda, el transgresor logra quedar bien con la familia, con la sociedad y se asegura además de recibir las respectivas honras fúnebres y un espacio en tierra sagrada. Esto no lo eximirá, dicho sea de paso, del castigo por tamaño atentado contra una potestad que sólo debe ostentar el Creador: hay un infierno hecho ex profeso para los suicidas y a Dios no lo engaña nadie.

Médicos, psicólogos, guías espirituales, trabajadores sociales, sacerdotes e incluso cuasi-suicidas rehabilitados, asumen una misión bastante ambiciosa cuando, a base de argumentos o tratamientos la mayoría de las veces improbables, pretenden curar a alguien de sus ganas de morir. Yo no ostento ninguno de tan distinguidos títulos, cuento apenas con la autoridad que me da el haber visto muchas veces en el suicidio una respetable solución frente al conflicto de vivir. Para mí es una opción, tan válida como la otra: la vida es una cuestión personal; cada quien está en el derecho -es mi opinión- de asumirla o rechazarla; cada quien tiene su propio grado de capacidad de adaptarse o no a la vida; el apego a la existencia es algo inexplicable y subjetivo: en ningún hospital hacen transfusiones de ganas de vivir. Sin embargo, y pensando en este intrincado tema, se me ha ocurrido que es posible formular algunas estrategias -más o menos eficaces, por lo menos a mí me han funcionado- para posponer por un plazo indeterminado, lo cual ya es ganancia, la propia ejecución.

Ante todo, aclaro que para un suicida decidido estas estrategias no tienen valor, como tampoco lo tienen los miles de argumentos razonables que su madre, su novia o el cura de la parroquia le puedan dar: la razón se queda corta frente a este fenómeno y para cada argumento a favor de la vida hay otro de igual magnitud y signo contrario. Así pues, hay que partir del principio de que nos encontramos frente a un suicida en potencia que, a la fecha, no ha señalado todavía su día exacto de desaparición en el calendario.

Para empezar, tiene que contarse con la presencia de un vínculo, por pequeño que sea, con la vida. Aquí, por ejemplo, se podría pensar en el trabajo: nos mantiene ocupados, nos pone a pensar en algo diferente a nosotros mismos y tiene además algunas esporádicas gratificaciones. Sin embargo, mucho me temo que esta estrategia tiene grandes desventajas: la escasez de buenos empleos, la abundancia de trabajos mal remunerados, la falta de incentivos, el exceso de estrés a que se ven sometidos muchos trabajadores, pueden terminar por empujar hasta al más adicto a la vida a un repentino suicidio. Así pues, me permito hacer unos pequeños ajustes: lo importante es encontrar una actividad, hobbie, ocupación -lucrativa o no- que desvíe la atención del desesperado, que en ese momento está reconcentrada en sí mismo, hacia un punto fuera de su persona: lo suficientemente distante como para que su cerebro empiece a maquinar en un tema diferente sin atravesar, empero, los límites de la cordura: es preferible matarse que terminar encerrado en un manicomio. Salirse prudentemente de sí mismo: considero que esa es la base de cualquier método eficaz para mantenerse a flote frente a las vicisitudes de la vida.

Ya en lo que respecta al tipo y exigencias de la actividad en cuestión, lo dejo a gusto del interesado: me parece altamente positivo descubrir y poner en uso los talentos y habilidades con que nos dotó la herencia y la generosa naturaleza. Pintar, componer un tema musical, escribir un poema, cultivar un jardín, armar un rompecabezas, solucionar ecuaciones de 3 ó más incógnitas, son ocupaciones agradables que nos hacen perder la noción del tiempo y nos brindan satisfacciones internas incomparables. Advierto sin embargo que hay que emprenderlas sin mayores pretensiones, con el ánimo de hacer por hacer -ya sé que es un tanto difícil, si se tiene en cuenta que el mundo moderno sólo tolera lo productivo y lo que dé resultados exitosos- y olvidados totalmente del futuro: hay que tratar de estar 100% en el presente, en ese agradable presente real del pincel y la textura de los óleos, de la guitarra y sus acordes, del aroma dulce de la flor, sin divagaciones mentales que nos amenazan con posibles pérdidas, con rotundos fracasos, con índices que nos señalan como unos mediocres incapaces. Hay que quitarle tanta gravedad al tiempo y despojarnos de la manía de ser los mejores: que baste entonces con el prodigio de ser y de poder hacer. Ya sé que hay quienes creen no poseer ningún talento: negados para la motricidad fina, sin oído musical, con un sentido espacial laberíntico, brutos para las matemáticas: a estas personas les digo, con seguridad, que se les ha pasado algo por alto y es que, en su justicia, la naturaleza siempre compensa: si no te hace muy bello, te da carisma; si no te hace muy inteligente, te da sensibilidad artística; si te da unas manos rudas, quizás te dota también de unas piernas fuertes y ágiles. Así que los invito a buscar y encontrar esos tesoros y, de ser posible, compartirlos con los demás.

He aquí otra estrategia muy útil: prestar algún tipo de servicio, ayudar a los demás. Visitar un asilo geriátrico, una cárcel o un sanatorio, son opciones interesantes porque nos ponen frente a realidades duras, conmovedoras y a la vez aleccionadoras. Es preferible asistir en compañía de alguien a quien se le facilite mantener el equilibrio anímico y que tenga la capacidad de hallar el lado positivo de todas las cosas. Uno suele pensar que su situación particular es desesperada e intolerable, hasta que conoce a otras personas cuyo mundo se ha visto transformado por estas experiencias vitales de las cuales nadie se encuentra a salvo. Allí se pueden descubrir las gratificaciones de regalar una sonrisa, de escuchar, de enseñar, de compartir un pan y aprender a ver la vida y la muerte con nuevos ojos.

Otra opción es observar la naturaleza: no se necesita ningún recurso específico. Basta con sentarse en medio de un pequeño jardín o dejar unas migas de pan en la cocina. Después de haber analizado su aspecto y diferenciado sus partes anatómicas, inténtese, por ejemplo, fabricar una hormiga... que funcione. Este sólo proyecto puede dar para cientos de tesis y hacer que valga la pena vivir.

Se puede recurrir también a la fisiología para encontrarle un sabor agradable a la vida: ponerse una meta sensata como recorrer un par de miles de kilómetros en bicicleta, mochila al hombro y dispuesto a acampar en donde coja la noche, prepararse y degustar un plato opíparo, regalarse un orgasmo con todas las de la ley. Hay que reconocer que en la pura mecánica del cuerpo se esconden desconocidas gratificaciones y alegres placeres. En caso de no haber más alternativas, bien vale tomarse los consabidos 8 vasos de agua y aguantarse por un cuarto de hora una tremenda orinada, para sentirse reconciliado con el mundo mientras se desocupa la vejiga.

Por último, aunque no menos meritorio, queda el recurso de abrir un blog y publicar artículos que traten sobre temas diversos, como por ejemplo, el suicidio. Dicen que hay personas a las que les ha funcionado: es patente su tendencia a hablar con cierto desenfado sobre los grandes males del género humano, a dar consejos y admoniciones allí donde nadie se los ha pedido y a proponer, de una manera no del todo modesta, algunos remedos de solución. Puede que estas humildes tentativas no logren disuadir a nadie de quitarse la vida, excepto a aquel que las ha expuesto con tanto orgullo: eso, mal que bien, ya es ganancia.

Hay una cosa evidente del suicidio y es que está, por suerte, al alcance de casi todos: eso -la versión do it yourself o bricolage de la muerte- fue lo único que nos dieron por dotación al mandarnos a este infierno sublunar. Unos se lo gastan en dosis homeopáticas: esos son los que se suicidan lentamente, al ritmo del monótono transcurrir de los días; son los que atesoran cada minuto y tratan de hacerlo durar el mayor tiempo posible. Otros, en cambio,  tienen un afán insoportable de hacerlo efectivo cuanto antes -a despecho de los riesgos y del estigma social que marcará no sólo su nombre, sino que atormentará a toda su familia- y en su desesperación no se dan cuenta de que lo tienen en sus manos y que nadie se lo puede arrebatar. No sólo eso: olvidan también que aunque por torpeza, descuido, inexperiencia, miedo o error humano el procedimiento falle, la versión extendida viene como garantía y que, tarde o temprano, quieras que no, la muerte llegará.