LA ACTITUD DE HOMBRES Y MUJERES CON RESPECTO AL SEXO FUERA LA MISMA
Quiero aclarar, antes de entrar en materia, que bajo ninguna circunstancia pretendo afirmar que lo mejor fuera que ambos sexos hubieran tenido por naturaleza y cultura idénticas tendencias. A estas alturas tampoco puedo decir que una posición vaya en detrimento de la otra: tal parece que ambas son necesarias y complementarias y que esta fue la única manera eficiente de organizar tan intrincado rompecabezas.
Entre esa maraña de deseos, acuerdos, energías, motivaciones e ilusiones que alimenta toda relación entre hombres y mujeres, hay algunos puntos neurálgicos -por decirlo de algún modo- habituales, unas intersecciones imposibles, unos espacios de desencuentro. Siendo tan diferentes los aspectos que toman los vínculos, con sus componentes sexuales, afectivos y políticos -y me refiero aquí a político como lo que es en esencia: una lucha de poderes, un enfrentamiento constante de fuerzas- es llamativo el hecho de que cada una de las partes manifiesta inconformidades muy puntuales -semejantes tanto a nivel individual como grupal- con respecto a la otra.
Por lo común, los hombres se quejan de que las mujeres joden por todo: que se la pasan dando cantaleta, que siempre les sacan en cara las mismas cosas, que les suspenden los servicios sexuales cuando han tenido algún desacuerdo y que no hay cómo tenerlas contentas. Las mujeres, por su parte, se quejan de que los hombres son desatentos, que no las escuchan, que son desconsiderados y que no se la pasan sino pensando en sexo. ¿Se me escapó algún detalle? Bueno, creo que este es, a grandes rasgos, el escenario global de las querellas al interior de las parejas.
Ahora bien, la vida sexual, que es uno de los pilares de la pareja -previo al afecto, el amor o como quieran llamarlo; recordemos que lo primero que se da es la atracción física, el feeling, la química; lo demás se va construyendo con el pasar de los días- suele convertirse en la principal damnificada de los problemas: sean estos domésticos, económicos o afectivos, es la Cenicienta del paseo. En las terapias de pareja, dejando de lado las circunstancias específicas que llevan a solicitar ayuda profesional, siempre es importante y a la vez revelador, determinar la frecuencia y calidad de los encuentros íntimos. Este es un indicador que, si bien no es infalible, permite hacer un diagnóstico aproximado de la gravedad del asunto.
Hay un prejuicio bastante extendido que dice que el hombre da amor para recibir sexo y la mujer da sexo para recibir amor. A primera vista parece un engaño vil y una muestra de que los dos están concentrados en sus propios y egoístas intereses. Primero, da a entender que las prioridades de cada parte son diferentes ¿Quizás diametralmente opuestas? No tanto así, pero a todas luces no coinciden. En segundo lugar, tiene todo el aspecto de una vulgar transacción: yo te doy, tú me das y ambos quedamos felices. Pero, por un principio económico apenas lógico, no se dan lo mismo: sería estúpido cambiar pan por pan. Lo que se hace en cualquier tipo de actividad comercial -en este caso se trata de un sencillo trueque- es que una parte, llamémosla A, ofrece a la otra, B, aquello de lo que B carece o que le hace falta y a cambio B la recompensa con otra cosa de la que A carece y que tiene un valor semejante, en opinión de ambas partes. Sin embargo: ¿Con ayuda de qué parámetros se puede establecer esta valoración? ¿Cómo se hace para afirmar que dos cosas de diferente especie, y que no satisfacen la misma necesidad, tienen un valor equivalente? ¿Bajo qué condiciones un kilogramo de oro vale 55.000 veces lo que un kilogramo de sal? Grandes enigmas de la Humanidad.
Echemos mano nuevamente a los principios básicos de economía. Hay cuatro factores que se usan como medidores del valor de una cosa. El primero hace referencia a la composición en sí, las cualidades intrínsecas o potenciales del elemento en cuestión. Pero este parámetro se declara insuficiente porque es comparativo: siempre en relación con otras cosas que podrían servir como sustitutas y ser más ventajosas. El segundo factor es el nivel de producción: su abundancia o escasez -o el grado de dificultad para producirlo- en determinado medio. El tercero es su posición dentro de la escala de necesidades: indispensable, necesario, importante, de lujo. Por último, está lo que se conoce como el cimiento de la mercadología: la balanza oferta-demanda. A mayor oferta más bajo el precio. Así pues, para que una cosa alcance un valor astronómico hace falta que se unan sus muchas cualidades, su escasez, la necesidad apremiante de la misma y una fuerte demanda. En la realidad, sin embargo, juega un papel importante la manipulación que hacen los colosos del mercado con el fin de que determinado producto se cotice escandalosamente aun cuando no cumpla con todos los requisitos. Es este el caso del oro, que tiene muchas cualidades físico-químicas y es, en teoría, escaso pero que no satisface una necesidad de primer orden y a pesar de todo es tan apreciado y tan costoso -tanto que en numerosas ocasiones unas cuantas pepitas del codiciado metal cuestan muchos litros de sangre humana.
En cuanto al papel del sexo dentro de la economía de la pareja, priman unos acuerdos tácitos, en apariencia comprendidos y aceptados por ambas partes. Según esa extraña forma de justo intercambio en que una parte da amor para recibir sexo y viceversa, se sobreentiende que la satisfacción será mutua. De alguna manera, y estamos hablando de cosas no medibles, las necesidades de cada uno se verán colmadas lo suficiente como para que el compromiso se mantenga. Sé que este elemento por sí solo sería incapaz de sostener ninguna relación -aunque casos se han visto en que parecía ser su soporte exclusivo- pero si analizamos la ecuación básica, no es el sexo lo que sustenta todo sino una compleja identidad sexo = amor. Son dos ingredientes diferentes y es de una aparente compensación entre ambos que se genera el equilibrio.
¿Cómo hace cada integrante para evaluar su grado de satisfacción? Esto es algo muy misterioso. Voy a exponerlo de un modo crudo y aunque algunos consideren que es frívolo pensar que una vivencia tan sublime e íntima se preste para cómputos y mediciones -se supone que es de mal gusto dudar de la generosidad del amor y rebajarlo a lo mundano-, lo cierto es que en medio de todo hay una dosis de racionalidad que opera detrás del escenario. Para el hombre, conquistar a una mujer equivale a una inversión. Él demuestra su interés a través de lo que considera -y le han enseñado- que les gusta a las mujeres: flores, invitaciones a cenar, esquelas con tiernos mensajes, chocolates finos, joyas, perfumes. Aunque no se diga abiertamente, y sea grotesco el solo hecho de pensarlo, él está sumando puntos para hacerse merecedor de los favores de la chica: un amor que espera ver expresado en abrazos, besos, caricias y el gran trofeo: la entrega sexual. Digo que es una inversión porque se ofrecen unos bienes en la esperanza de recibir otros, de diferente índole, pero igualmente valiosos (que el amor es dar sin esperar es un pensamiento conmovedor y romántico pero pocas veces verdadero). Por esto es apenas lógico que si un hombre empieza este proceso sin ver resultados, resuelva alejarse del campo de juego y explorar otros territorios más prometedores. Lo anterior, a menos que la mujer le haya dado algunas señales de que obtendrá lo que desea si tiene la paciencia suficiente: en esto consiste la coquetería, en una promesa tácita de futuras -aunque no del todo garantizadas- satisfacciones. Es necesario aclarar que el juego va de parte y parte: también la mujer, sabiéndose poseedora de un bien que el hombre desea y por el cual está haciendo la respectiva inversión, utiliza más o menos inconscientemente estrategias para mantener activo su interés durante el tiempo que considere prudente, hasta que lo halle digno ganador del mismo. Sería pretencioso de mi parte afirmar que este es el único móvil de los intercambios amorosos pero... sería igualmente absurdo descartarlo totalmente del asunto.
Imaginemos por un momento que, en lo relativo a la actitud frente al sexo, hombres y mujeres fueran iguales. Empecemos por suponer que tanto hombres como mujeres tuvieran como primera necesidad el sexo, que fuese esta su prioridad al buscar pareja. Es evidente que es una necesidad común, pero no ocupa en la vida de ambos el mismo lugar en la jerarquía de necesidades. Imagínense un mundo donde ninguno de los dos se preocupara por el embarazo, donde se tendría sexo en el lugar y momento donde surgen las ganas porque ninguno de los dos tendría la prudencia para esperar hasta estar en un sitio adecuado, donde tanto hombres como mujeres dejaran a sus parejas cuando encontraran un mejor amante, donde con la misma frecuencia hombres y mujeres se involucraran con compañeros de trabajo o perdieran el control de sus negocios por un arrebato de hormonas, donde las mujeres acostumbraran a pagar por servicios sexuales y a consumir pornografía con la misma facilidad con que lo hacen muchos hombres.
Ahora supongamos que fuera el amor la primera prioridad para los dos. Imaginemos que ambos usaran excusas para rechazar el sexo cuando vieran frustradas sus expectativas amorosas: estoy cansado, me duele la cabeza, tengo mucho trabajo pendiente, no estoy de humor. Pensemos por ejemplo que el hombre se mostrara reacio también a entregarse sexualmente, que exigiera tiempo y cierta intimidad antes de acceder a un encuentro sexual: la tierra sería un hermoso paraíso sin habitantes humanos. Y cuando esas reconciliaciones en la cama ya no funcionaran, cuando todo exigiera la razón y el afecto para poder mantenerse, qué aburrida y desesperada sería la vida de las parejas. Entonces cómo podrían tener lugar las relaciones si lo deseable no añadiera valor a lo amable, cuando a veces es notorio que sin el mágico componente del deseo el amor no haría su aparición.
Las situaciones mencionadas anteriormente se dan, pero no son la norma. El sexo y el amor no son lo mismo, eso es lo que muchos creemos. Sin embargo, son semejantes. ¿De qué manera? No podría responder esa pregunta. Suceden secretas transmutaciones que escapan a la lógica y que desarman cualquier argumento. Lo que parece surgir de todo este embrollo es la evidencia de que, por lo menos en cuanto a la actitud respecto al sexo, lo mejor es que seamos diferentes. Y que tal vez las relaciones de pareja serían poco factibles si las cosas hubieran sido de otro modo.

vtooto
4 feb 2010 | 04:39 AM
que buenas... que sumerce que yo quiero uno no regalado obvio comprado.. que que hay que hacer...???
saluditos.
Lufe
5 feb 2010 | 05:39 PM
Bienvenido... se le tiene el ejemplar :)