Se dice que cada quien tiene su personal concepto de felicidad. Si les preguntáramos a las personas que conocemos qué las hace felices, de seguro la mayoría empezaría a enumerar una lista de condiciones o situaciones, según su experiencia particular de vida. Aunque las respuestas pueden variar considerablemente, es posible que sean agrupables en la consabida frase "Salud, dinero y amor". Casi en ese orden, las prioridades de las personas se asemejan mucho: tener garantizado el buen funcionamiento del cuerpo, estar en capacidad de ser productivos y de poner sus talentos al servicio de sus proyectos -lo cual involucra para algunos la formación académica con el fin de aspirar a mejores remuneraciones- y, por último, ganar la aceptación y el reconocimiento social, así como el amor de la familia y la protección del Ser Supremo. Lo óptimo sería disfrutar los beneficios del paquete completo, sin embargo, no es lo más común.
En lo que todos parecen estar completamente de acuerdo es que la máxima aspiración del ser humano es la felicidad. Pero ¿Qué entiende la gente por esta palabra? Aquí la respuesta ya no es tan precisa. Les sugiero que hagan el ejercicio. Cojan una hoja en blanco, pónganle como título: "Felicidad es..." y rótenla entre sus conocidos. Algunos no acertarán a contestar, otros apelarán a emociones y sensaciones e incluso algunos terminarán proponiendo una definición per negationem. Es extraño que el supuesto Gran Sueño -el que involucra la realización de todos los sueños- de todo hombre y toda mujer sea prácticamente indefinible, si tenemos en cuenta que, en teoría, cada persona querría y debería destinar toda su energía a alcanzar tan noble fin.
¿Será cierto que es ése nuestro objetivo superior? Plantearé solamente una pregunta -capciosa pero reveladora: ¿Qué estás dispuesto a hacer para alcanzar la felicidad? Seamos francos: no se trata de engañar a nadie. La gente está dispuesta a hacer muchas cosas para mejorar su salud, para llenarse de dinero y para ganarse el amor, pero curiosamente no parece decidida a hacer lo mismo por su felicidad. Muchos han sacrificado la oportunidad de ser felices por cumplir sueños que en su momento consideraron de primera importancia y hay quienes renunciaron a su propia felicidad dizque para hacer feliz a alguien más. ¿No se supone que todo sueño debería contribuir de alguna manera al Gran Sueño? ¿Será honesto pretender ofrecer a otro aquello de lo que carecemos?
Amigos, la felicidad ha sido puesta como la aspiración más sublime del ser humano por la sencilla razón de que no sabe qué es exactamente y es justo esto lo que la hace tan deseable: se da por sentado que no se podrá conseguir y entonces servirá siempre de impulso para seguir adelante. La felicidad ha llegado a convertirse en un verdugo: es casi una obligación, una penosa búsqueda; pero a la vez es un seductor aliciente. Nos repetimos a diario que cuando seamos, hagamos o tengamos esto o aquello, seremos felices. Pero la felicidad no es una meta, no es el final del camino: ¿Qué haría el ser humano después de alcanzarla? ¿Con qué propósito seguiría respirando?
Quiero compartirles dos imágenes que ilustran muy bien lo que considero el súmmum de la plenitud. No podría decir con palabras lo que es la felicidad, pero tener frente a mis ojos a estas inocentes criaturas casi me ha hecho llorar: parecían tan ajenas al mundo a pesar de estar en él, que me fue imposible no desear por un momento hacer parte de su íntimo paraíso. Si la felicidad existe, quizás sólo esté al alcance de los animales. Para ser feliz hace falta un corazón puro e incluso un olvido total de los sueños: ellos siempre miran hacia el futuro y esa es la primera condición del sufrimiento.

De seguro, Pepita no está pensando en que se aproxima la hora de pagar el arriendo, tampoco está temiendo un cáncer de piel; mucho menos se sentirá agobiada por la idea de que pronto se terminarán sus vacaciones de verano. Ella considera quizás muy merecidas esas jornadas de sol, no porque se haya pasado un año trabajando como una burra, sino por el simple y maravilloso hecho de estar viva.

Miren no más este ejemplo de verdadera tolerancia: dos cachorros de casi la misma edad, que han crecido juntos y que se hallan tan a gusto compartiendo el mismo espacio. Se conocen las debilidades y sin embargo no se hacen daño. Se saben diferentes pero eso no los hace enemigos. Ni siquiera entre hermanos humanos es posible a veces un abrazo tan fraternal.

javier-caspito
31 ene 2010 | 03:57 PM
El paraíso o felicidad hay que buscarlo, cada uno el suyo.