Cuenta la historia que, hace eones, antes del principio de todas las cosas, existía solamente la luz. Esta luz no tenía conciencia de sí misma. Era básicamente una energía palpitante que se derramaba por el éter. Ni el éter ni la luz pueden ser considerados cosas: son el equivalente de la Nada de la cual surgieron todos los mundos. ¿Cómo, a partir de la nada, puede ser creado todo? Muchos han tratado de hallar una respuesta, y han llegado a hipótesis diversas, siempre demasiado modestas, y hasta graciosas, partiendo de la observación de nuestro mundo material y de la historia de esta humanidad.

Imagínese una célula del hígado tratando de comprender el universo al que pertenece, el universo llamado ser humano. Ella se figura existir por sí misma; ve a las demás células hepáticas como vecinas más o menos agradables que de alguna manera comparten su territorio, sus actividades y con las que tiene que coordinar el trabajo para poder sobrevivir. Tiene un conocimiento perceptivo de su mundo, el hígado, por aquello que le llega como información y como necesidad. A veces, de manera intuitiva, alcanza a vislumbrar que hay algo más grande e importante; considera absurdo que el continuo trajinar desarrollado en su mundo sirva solamente para mantenerlo funcionando, sin obedecer a una misión trascendental. Su imaginación apenas le alcanza para concebir la posibilidad de que en los mundos aledaños haya otro tipo de células, adaptadas al entorno, haciendo su propia vida. Sin embargo, como las condiciones de esos mundos no son iguales a las del suyo, considera la existencia de esas otras células como un fenómeno improbable. Cuando llega a esta penosa conclusión se siente sola y perdida en el universo. Pero, por lo general, está tan obstinada en destacarse en el cumplimiento de su rol y compromete hasta tal punto su energía en detalles prosaicos, que llega a creerse única, afortunada e incluso superior. No tiene necesidad de células foráneas que podrían, por lo demás, constituir un peligro para su cómoda forma de vida. En su estrecha mente no cabe el concepto de ser humano ni, menos aún, el de humanidad. Para ella, el ojo es una leyenda y la mano, una insensata utopía. Ignora que su individualidad es ilusoria; ignora así mismo que la labor que lleva a cabo momento a momento contribuye de una manera ínfima aunque valiosa a la existencia de la entidad de la que hace parte. Desconoce que hay miles de millones de mundos, habitados también por células hepáticas, presentes en otros universos semejantes y, en apariencia, totalmente independientes del suyo.

Al cabo de algún tiempo esta célula muere: se comprenderá que, en relación con su específico universo, es una pérdida casi insignificante y, de hecho, pasará desapercibida: el mismo día nacerán nuevas células hepáticas para reemplazar a las que culminaron su ciclo. Podrá fácilmente deducirse que, con respecto a la humanidad entera, su ausencia no tiene repercusión alguna. Sus compañeras continuarán haciendo el trabajo; el hígado seguirá siendo hígado y cumpliendo su función dentro del cuerpo al que pertenece. El proceso de desaparición de dicha célula implicará su paso por estados de ser y mundos desconocidos que jamás habría podido siquiera inventar. Se descompondrá en  elementos simples y, después de ser expulsada de su antiguo hogar, pasará a formar parte de un mega-universo cuya continua metamorfosis la absorbe, desdibujando los contornos de la individualidad que creía ser.

Años después, el cuerpo al que pertenece el hígado en cuestión colapsa y el ser humano que tenía a través de él su existencia, muere. Con él morirán muchos mundos, incluso algunos que hubieran podido, de ser independientes, continuar viviendo algún tiempo más. Todas las células se verán enfrentadas a la hecatombe; ninguna logrará explicarse cómo ni por qué ha tenido lugar. Aquellas que se encontraban ya en la recta final de su vida tendrán como lógico y hasta deseable el fatal desenlace. Entre las más jóvenes habrá escépticas que pretenderán seguir funcionando como hasta entonces, mientras que otras destinarán toda su energía a detener el mal, a tratar de remediar lo irremediable. Por bien o mal que hayan hecho su trabajo, seguirán el destino de las demás, se incorporarán al mega-universo y dejarán de existir como entidades particulares. Tiempo después volverán a entrar al ciclo de la vida, ignorantes de su pasado.

El individuo muere, la colectividad sigue su curso. Ni uno ni otra pueden abarcar de manera sensible ni intelectual lo que hay en el siguiente nivel. Así el ser humano, a veces humilde, otras soberbio, caerá siempre en la contradicción o el ridículo cuando intente proponer las características de un orden superior de existencia. A la manera de la célula hepática del ejemplo, el ser humano suele empequeñecer el universo a una dimensión que le sea  entendible y abarcable: tiende instintivamente a colocarlo a su nivel. Conceptos como infinito, ilimitado, eterno, se quedan en eso: meros conceptos. ¿Cómo podría el ser humano identificarse con lo más pequeño y lo más grande? ¿Cómo podría dejar a un lado su papel de individuo para atisbar por un momento su inseparabilidad de ese gran organismo llamado humanidad y, aún más, para aceptar la presencia de otros universos con formas de vida totalmente diferentes y, sin embargo, tan válidas como la suya? ¿Qué efectos tendría en el individuo la comprensión de su grandiosa insignificancia? ¿Toleraría acaso la vida si, en un destello intuitivo, comprendiera que aquello superior a lo cual dirige reclamos y súplicas le ignora hasta el punto de que nunca llegaría a enterarse de su desaparición, la cual, en relación con la sustancia primordial del ser y las dimensiones ilimitadas del universo, sería, en realidad, aparente y sin importancia? ¿Podría encontrar algún tipo de consuelo en saberse eterno, de la forma como es accesible la eternidad en este nivel de existencia, es decir, persistiendo como elementos simples diseminados por doquier y reintegrados posteriormente en otras expresiones de la vida?

Esta metáfora sigue siendo, a duras penas y como toda aproximación intelectual, un bosquejo bizarro de las dimensiones reales del Universo y nuestra infinita pequeñez en relación con lo que se desarrolla al interior del mismo. La distancia que nos separa del conocimiento verdadero es quizás mínima pero el muro que nos impide llegar a ella es infranqueable, sobre todo porque estamos constituidos por una amalgama de elementos diversos, hechos de un material diferente en calidad a la sustancia esencial, la cual se ha tenido que adaptar a las condiciones de esta creación. Sin embargo, aunque burda, esta comparación podrá dar una perspectiva de la insensata ambición que se demuestra al emprender la búsqueda del conocimiento o al proclamarse poseedor de la verdad. Aún más, desplazándose hacia los extremos del principio que la sustenta, se sentirá incluso vértigo al descubrir que, de modos incomprensibles, todo está conectado. Lo pequeño y lo grande, lo anterior y lo futuro, lo inmediato y lo distante se funden de tal manera que, dependiendo la posición que se tome, todas estas valoraciones se quedan sin argumento.

No obstante la incapacidad humana para ver las cosas desde arriba, para comprender a cabalidad el orden subyacente a lo creado, para proyectarse más allá de sus pequeñas dimensiones, existen algunas verdades que se encuentran cotidianamente expuestas a su vista. Una de estas verdades consiste en que ni la Tierra, ni los animales, ni las plantas requieren de la presencia del ser humano. La Tierra no surgió para dar morada a esta especie, ni las plantas producen frutos para calmar su hambre, ni los animales están hechos de carne para satisfacer gustos desnaturalizados, orientados puramente a darle placer al paladar. Tampoco es cierto que las abejas produzcan miel, las vacas leche, las ostras perlas, los elefantes marfil, ni las entrañas de la tierra petróleo, única y exclusivamente para consumo humano. Lo verdaderamente cierto es que para la humanidad sí es indispensable un terruño, alimento, agua y condiciones ambientales adecuadas o de lo contrario su supervivencia queda amenazada. Hasta el presente, el conocimiento al que el ser humano ha tenido acceso apenas ha servido para  que se plantee dudas respecto a su verdadero lugar en este pequeño y confortable espacio. Teniendo en cuenta que este conocimiento es un depósito gigante que crece minuto a minuto -tan grande será que ha permitido explorar los espacios siderales- lo anterior es un resultado insignificante. Cuando los científicos comprendieron que la tala, la pesca y la caza descontrolada ponían en peligro ecosistemas enteros, algunos iluminados dieron la alerta. El resultado es que surgieron leyes de protección, organizaciones y proyectos cuya eficiencia, según lo que puede verse, es exigua. Sin embargo, para la gran mayoría, el problema carece de importancia ya que, en su opinión, no le afecta directamente o no dispone de los medios para dar una solución. Años después, investigaciones más concienzudas pusieron al descubierto que la desaparición de una sola especie, por ejemplo la de las abejas, significaba, en un plazo más o menos corto, la desaparición del homo sapiens. Actualmente las abejas mueren por miles, víctimas de la manipulación que han tenido que soportar para alcanzar los niveles de producción exigidos por la industria, amén de las múltiples fuentes de contaminación, especialmente los cacharros tecnológicos que funcionan con emisión de ondas cuyas frecuencias alteran los procesos de orientación y comunicación de estos pequeños, organizados y benéficos insectos. Sin embargo, el mundo de los humanos sigue en su loca carrera, incapaz de renunciar a ninguno de sus cacharros, a sus lujos y comodidades, a su extravagante consumo con la consecuente generación exponencial de desechos. 

 Enfrentados a tan fatales conclusiones, aquellos que dan un paso más en la comprensión de esta realidad en que se desarrolla la historia, ponen todo su énfasis en la urgencia de efectuar  cambios para contrarrestar los daños que se ha infligido a la Tierra, a la Naturaleza y al mismo ser humano, con esta forma inconsciente de vivir. Los estadistas hablan de reducir  producción, consumo y desechos, sin afectar, claro está, la economía de las grandes industrias. Los filósofos románticos dicen que aún estamos a tiempo y que lo importante es cambiar hábitos, hallar nuevas fuentes de recursos y usar tecnologías más eficientes. Otros, todavía más ingenuos, creen que basta con que en cada casa se separen los desechos en bolsitas de colores y se remplacen las bombillas incandescentes por las ahorradoras. Nadie se atreve a formular la toma de medidas drásticas: renunciar a la producción y el consumo a gran escala, al uso de los carros, a la explotación industrial de los recursos naturales; aprender a vivir sin electricidad, sin carbón, sin petróleo, sin teléfonos móviles. Nadie cree posible adaptarse a condiciones primitivas de vida: no se ha hecho tanto esfuerzo por alcanzar la evolución y el progreso y después echarse para atrás. Pero ¿Han pensado siquiera que la otra opción es, por mucho,  menos deseable?  Ni siquiera el recurso más antiguo y efectivo, el miedo, ha tenido efectos. Tampoco el instinto primario de toda especie viene a prestar su auxilio: la supervivencia está en juego y la única manera de promoverla que aún se practica es la reproducción. Pero ¿Dónde y cómo vivirán estos descendientes? Tal parece que nadie se formula seriamente esta pregunta.

Toda esta información llega cada día a millones de personas a través de la televisión, la radio, la prensa y la Internet; cientos de estudios científicos corroboran el peligro inminente pero al parecer el ser humano ha aprendido a dormir plácidamente en medio del caos. La amenaza se ha vuelto tan ficticia debido a la repetición, a la variada gama de hipótesis, a la contradicción entre los resultados mostrados por la ciencia y la actitud indolente de los gobernantes e industriales, a las ambiciosas metas de los organismos protectores en contraste con las ínfimas medidas que se aplican, que la catástrofe se ha convertido en una  película. De hecho, en varias, todas muy taquilleras.

Mientras sigue rodando esta película, nuestra película, la Tierra, que ha dado generosamente albergue y alimento a tantos seres maravillosos, se desmorona. Mientras estás ahí sentado leyendo un artículo más sobre uno de los porvenires más probables para la humanidad, miles de árboles están siendo talados, miles de animales están siendo sacrificados, miles de toneladas de desechos están siendo arrojados al mar y tal vez una o dos especies animales hayan desaparecido del planeta para siempre. Nos quedan quizás 10 ó 15 minutos para cambiar el final. ¿Será este final un sueño o una pesadilla? ¿Tendrán que pagar todas las especies los errores que hemos cometido? Lo que está amenazado es, en esencia, nuestro mundo: aquello que el ser humano ha creado a lo largo de tantas generaciones. A menos que la Tierra se desintegrara, es posible que después del final, nuestro final, la vida vuelva a surgir en el planeta. ¿Tendremos suficiente humildad y nobleza para reconocer que la Tierra no nos necesita? ¿Tendremos el valor necesario para renunciar a lo que nos hace daño? ¿Será posible todavía cambiar nuestra forma de vida presente para darle una oportunidad a la vida futura? ¿Qué estás dispuesto a hacer para que este cambio sea posible? ¿Y qué estás esperando?