Pongo en conocimiento de los lectores, antes de dar inicio a estas disquisiciones, que el tema que se tratará a continuación puede parecer sin fundamento debido a dos circunstancias, a saber: 

  • 1. Se basa en fragmentos de uno de los denominados textos sagrados que algunos toman como relato de hechos históricos, producto de la revelación divina, y otros desde el punto de vista narrativo con un valor puramente literario, sujeto a múltiples interpretaciones.
  • 2. Carecemos de fuentes fidedignas para corroborar si lo que se afirma en el texto es verídico, por tanto todo lo que se diga al respecto puede ser calificado de mera especulación.

Sin embargo, debo advertir también a los lectores que este mismo texto ha sido tomado de la manera más seria por miles de millones de personas a lo largo de muchos años; con base en éste se han cultivado creencias de alto contenido misógino, se han repartido desiguales cargas socioculturales entre los dos sexos (no hablaré de las biológicas, que son obra de la Naturaleza) y se ha construido toda la doctrina judeo-cristiana que, como bien se sabe, parte de la premisa de un pecado original que estigmatiza a todo ser nacido humano y lo condena a la búsqueda de una supuesta salvación.

Para quien no esté enterado aún, aclaro que la Biblia no fue escrita originalmente en español (¡tampoco en inglés! aunque parezca mentira, hubo una época en que éste no era el idioma que todo el mundo debía saber hablar). Una primera parte está en hebreo y lo demás en griego. Hay varias versiones de la Biblia y no todas incluyen los mismos libros ni son traducidas de la misma manera. De hecho, las biblias que circulan actualmente por el mundo son la enésima traducción de los libros que, en los albores de la iglesia cristiana, fueron juzgados por el clero primigenio como portadores de la verdadera fe. En años posteriores, y merced nuevamente a la revelación divina, esmerados representantes de la iglesia se vieron compelidos a hacer las correcciones, mutilaciones y ajustes necesarios para que los textos fueran comprensibles -aunque no del todo coherentes- para cualquier creyente que supiera leer (vale la pena recordar que saber leer era un privilegio poco extendido hace menos de cinco siglos y los creyentes debían conformarse con lo que quisiera leer el sacerdote, que además hablaba dándoles la espalda y empleaba el latín). Los demás textos, es decir los denominados apócrifos, fueron aquellos que en opinión del papa y los obispos contradecían los ya aceptados o ponían a tambalear los pilares de una de las empresas más lucrativas que ha existido en los últimos veinte siglos.

Si nos atenemos a las palabras de la Biblia hemos de aceptar, entre otras cosas, que la evolución del mono al hombre es un disparate. Veamos la teoría creacionista del Génesis donde entra en escena el hombre:

Génesis 1,26 - 27: Dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Que mande a los peces del mar y a las aves del cielo, a las bestias, a las fieras salvajes y a los rep­tiles que se arrastran por el suelo.» Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios lo creó. Macho y hembra los creó.

Al respecto, algunas anotaciones. Dios dice "hagamos" y "nuestra", habla en plural: no estaba solo. Esto ya debería despertar la suspicacia de algunos. Hay quienes dirán que hubiera sido de muy mal gusto que Dios hablara en primera persona: sonaría bastante egocéntrico. Sin embargo hubiera sido lo correcto ya que al decir hagamos involucró a otros en el asunto y repartió alegremente su Divina Responsabilidad (léase Génesis 1,1 - 25 y obsérvese que durante la etapa previa Dios creó todo lo demás solo).

Con las siguientes palabras da un primer giro el engranaje de la discriminación entre los géneros ya que se refiere de manera específica al hombre. Puede tratarse de vicios de la traducción que donde debería decir ser humano diga hombre para aludir a ambos géneros. Se alegará que, en ese momento, para los hebreos no existía aún el concepto de "ser humano" a lo cual responderé que hay que tener presente que la Biblia es de inspiración divina y cabe esperar que para Dios este concepto ya existía. También se puede suponer que en un principio Dios, en su infinita sabiduría, haya contemplado la posibilidad de crear exclusivamente al hombre (si iba a ser a imagen y semejanza de Dios, lo lógico es que fuera único en su especie). Quizás no pretendía que se multiplicara por lo cual la mujer no era necesaria. Otros restarán importancia al tema diciendo que es obvio y que todos entienden que cuando dice hombre, se refiere a hombre y mujer. De la inexactitud de estas obviedades hemos visto surgir verdaderas revoluciones porque pueden ser usadas convenientemente  para los fines más reprobables. Prosigamos. "A imagen y semejanza" (es decir análogo, parecido, aproximado) deja claro que no hubo evolución ya que no es posible imaginar a Dios pasando por ameba, pez y simio hasta llegar a su forma final; como se sabe Dios ha sido, es y será siempre el mismo. Por supuesto el hombre es casi como Él, pero no idéntico; de lo contrario sería Él.

Después Dios le dio permiso al hombre para hacer con los inocentes animales lo que le viniera en gana, oportunidad que no ha desaprovechado según se puede constatar por el consumo de carne en cantidades industriales y la creciente extinción de especies. Aunque este párrafo también podría interpretarse como sigue: Dios se propuso crear al hombre "a nuestra imagen y semejanza" en el sentido de que podría mandar a los peces, las aves, etc. Para muchos esta interpretación restaría romanticismo a la cuestión: es evidente que el hombre no manda sobre nada, pues nada le obedece a menos que use la fuerza o el engaño.

Por último, el texto especifica que "macho y hembra los creó". Antes hablaba de hombre en singular, de repente remata con un plural ¿Raro, no? Se me objetará que las palabras no deben tomarse literalmente. Lo que nadie, ni siquiera el Papa puede responder de manera veraz, es bajo qué parámetros y en qué  ocasiones una misma palabra de la Biblia debe ser tomada literal o figuradamente. Si se investiga un poco podrá comprobarse el uso acomodaticio que se ha hecho de las Sagradas Escrituras a lo largo de la historia gracias a esta ambigüedad de sentidos.

Más adelante, en el segundo capítulo del Génesis, la historia se altera contradiciendo lo anterior. En éste, primero Dios crea la tierra y los cielos, luego el hombre y el jardín del Edén lleno de vegetación -incluido el arbolito prohibido-; posteriormente los animales y, por último, la mujer.

En Génesis 2,18 se lee: Después dijo Yavé: «No es bueno que el hombre esté solo. Haré, pues, un ser semejante a él para que lo ayude.» A estas alturas Dios ya había advertido al hombre -y solamente a él- que no podía comer del árbol de la Ciencia del bien y del mal porque moriría sin remedio. Dos detalles a señalar: un ser semejante evidencia que Dios no tenía planes de hacer otro hombre sino algo que se le pareciera. Y lo primero que se le ocurrió fue crear animales. El fin era que sirvieran de ayuda al hombre. ¿En qué? En su tarea de cultivar y cuidar el jardín del Edén (Gén. 2,15, versículo del cual podría desprenderse la famosa teoría planteada por Federico Engels en su libro El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, si no fuera porque sonaría a blasfemia. Según Engels la posición bípeda y la fabricación de herramientas fue lo que separó al homínido de los simios y son estas dos las condiciones que facilitaron la aparición del trabajo). Estamos ante los inicios de la agricultura, actividad que permitió el posterior sedentarismo y que, debido a que el hombre prefería la emoción de ir a cazar y pescar, recayó en manos de las mujeres.

La creación de los animales fue una tarea infructuosa ya que "...no se encontró en ellos un ser semejante a él para que lo ayudara." Ningún animal sabía ni podía ni estaba dispuesto a cocinar, lavar, planchar, limpiar ni yacer con el hombre. Mucho menos a arar, regar plantas ni recolectar frutos. "Entonces Yavé hizo caer en un profundo sueño al hombre y éste se durmió. Y le sacó una de sus costillas, tapando el hueco con carne. De la costilla que Yavé había sa­cado al hombre, formó una mujer y la llevó ante el hombre." (Gén. 2,21 - 22). De este párrafo se desprenden importantes consecuencias. Ante todo es notorio que Dios no quería que la mujer fuera igual al hombre, si no la hubiera hecho con polvo de la tierra y un soplo de su aliento. ¿Por qué se mostró reacio el Creador a hacer el segundo ejemplar usando idéntico método? Nunca lo sabremos. Lo que sí podemos deducir de esto es que fue la primera inversión de las leyes de la Naturaleza -o acto milagroso- pues lo bio-lógico es que en vez de haber sacado a la mujer de las entrañas del hombre, éste hubiera salido de las de la mujer, como se ha visto suceder hasta el presente.  Muchos han aprovechado esta circunstancia para afirmar que la mujer es inferior al hombre. Sin embargo, olvidan que la formó a partir de un hueso lo cual hace pensar que por lo menos es íntegramente mucho más resistente y estructurada que el hombre. Más llamativo es el hecho de que Dios aplicara un sueño anestésico al hombre. De seguro estando despierto jamás hubiera permitido que la mujer apareciera sobre la tierra.

El júbilo expresado por el hombre al conocer a su nueva ayudanta habría de durar bien poco. Pero lo que interesa determinar es bajo qué circunstancia la serpiente pudo trabar íntima conversación con la mujer. Dicen las escrituras: La serpiente era la más astuta de todos los animales del campo que Yavé había hecho, y dijo a la mujer: « ¿Es cierto que Dios les ha dicho: No coman de ninguno de los árboles del jardín?» La mujer respondió: «Podemos comer de los frutos de los árboles del jardín, menos del fruto del árbol que está en medio del jar­dín, pues Dios nos ha dicho: No coman de él ni lo toquen siquiera, porque si lo hacen morirán.» (Gén. 3,1 - 3). Que la serpiente formulara una pregunta intrigante de forma tan solapada permite suponer que poseía un amplio conocimiento del sexo femenino. Muy amablemente la mujer aclaró el asunto de la prohibición, aunque no se especifica en qué momento se le hizo saber. Se presume que es un dato transmitido genéticamente a través de las células óseas del hombre, del que fue tomada.

Como sonara a discurso aprendido de memoria, la respuesta de la mujer se prestó para tender la trampa. La serpiente replicó: «De ninguna ma­nera morirán. Es que Dios sabe muy bien que el día en que coman de él, se les abri­rán a ustedes los ojos y serán como dioses y conocerán el bien y el mal.» (Gén. 3,4 - 5). Aquí surgen un par de conjeturas. Conocer los efectos que traería comer el fruto del árbol prohibido sólo podía deberse a dos razones: la serpiente misma había comido ya el fruto o, en su defecto, era como un dios puesto que conocía el bien y el mal. De otro modo hubiera sido incapaz de tentar. Por otro lado, se revela injusto el castigo infligido a la recién creada pareja humana ya que no fueron dotados de malicia. Por cierto, la afirmación "conocerán el bien y el mal" hace pensar que el pecado no consiste en el acto en sí sino en saber. Saber que dicho acto está bien o está mal.

"La mujer vio que el árbol era apetitoso, que atraía la vista y que era muy bueno para alcanzar la sabiduría. Tomó de su fruto y comió y se lo pasó en seguida a su marido, que andaba con ella, quien también lo comió." (Gén. 3,6). Hubo tres elementos que motivaron la decisión tomada por la mujer: la promesa de placer sensual, la apariencia física y la adquisición de sabiduría, esto último de dudoso valor frente a las cualidades tangibles del fruto lo cual hace pensar que la serpiente no era muy necesaria para la Caída. Después de ver y oler el fruto cualquiera lo hubiera comido. Al parecer la tentación fue urdida con bastante antelación, en el momento en que se plantó el arbolito en medio del Edén. Pero lo más importante: la mujer compartió el fruto con su marido ¡que andaba con ella! Éste asistió a la charla con la serpiente y no pronunció palabra alguna. Se limitó al papel de mudo espectador. No buscó la manera de alejar a la mujer de la serpiente ni de disuadirla de su decisión. Por si fuera poco, aceptó dar el mordisco a pesar de la advertencia. Después se escudó en la mujer cuando fue interpelado por Dios y se comportó con la misma inmadurez del niño que le echa la culpa de su travesura al hijo del vecino.

Así pues el hombre no estaba ocupado -como sucede con cierta frecuencia en la actualidad- viendo un partido de fútbol o en una reunión de trabajo cerrando importantes asuntos de negocios. Tampoco se estaba echando la siesta de después de, o pasando la resaca de la rumba del día anterior. La mujer, como cualquier comadre, adelantaba chisme con una desconocida y el hombre, justamente a su lado, se hacía el sordo. Penosas costumbres propias de cada género que, como puede verse, tienen un origen tan remoto como la humanidad misma, han sido la razón de la Primera Caída y de las desavenencias de todos los días. De no haber sucedido así, ¿Qué tan diferente sería nuestro Destino? Nunca lo sabremos, como tampoco sabremos ¿Qué hubiera pasado si en vez de Eva, hubiera sido Adán el primero en morder la manzana?