La evasión es el estado natural del ser humano.

 Para estar despierto, tener los ojos abiertos es irrelevante. No consiste sólo en recurrir a la conciencia; no basta no soñar. Tampoco es suficiente permanecer siempre de pie ni vigilar cada paso.

 Me duermo con frecuencia y, si me pellizcan, el dolor no consigue que aterrice en el mundo. He aprendido a dormir mientras camino y mientras hablo; y aunque con los ojos muy abiertos parezca escucharte. Sin embargo, he descubierto que, a pesar de estar despierto, también tú duermes e incluso muchas veces sueñas.

 Alguna época de mi vida me jactaba de dormir menos de cinco horas diarias. Estudiaba, trabajaba y tenía amante. Un horario apretado, por cierto. Diecinueve horas al día en actividad demostraban sobrada energía y disciplina. Eso creía y, de todas maneras, tenía que hacerlo.

De repente un día me vi durmiendo en el trabajo. Más exactamente duraba las ocho horas viendo mi cama.

En ese entonces salía de casa antes de las 6am. para recibir clases, presentar previos y entregar trabajos. Mientras avanzaba la mañana me la pasaba haciendo mentalmente el camino a comedores, la cola interminable, el almuerzo, la maratón hasta la casa para bañarme si el tiempo lo permitía; me vestía con el uniforme respectivo, tomaba el bus siempre contra reloj... Hacía eso casi sin darme cuenta; mentalmente repetía el ritual n veces. Y ya de camino al trabajo iba imaginando la llegada de la hora crítica: tipo tres de la tarde entraba en sopor y tenía que pararme a pasear la modorra, no más de dos minutos pues éramos constantemente vigiladas. Me alegraba la cercanía de la pausa de descanso: quince minutos de física evasión. Todo este repaso sucedía en mi cabeza mientras mis ojos abiertos dirigían una mirada vacía hacia la calle. Al bajarme del bus iba ya cansada; llevaba media jornada encima pero la tortura hasta ahora iba a dar inicio. Cerca de las 9pm. era la hora muerta con su desesperante sucesión de bostezos. Para ese momento tenía los cuadernos sobre la mesa y mientras revisaba tareas ponía la alarma, planchaba uniforme, embetunaba zapatos y veía la cama con más ganas que al amante de turno. Todo esto lo llevaba a cabo tan bien como fuera posible entre las tres paredes del cubículo de teleoperadora, con el aparato pegado a la oreja y los dedos en el teclado.

 Abandonaba el edificio casi siempre a las 10pm.; un par de veces por semana a las 11, pero el día aún no terminaba. Y si acaso era lunes, el panorama no era nada alentador. De ahí al sábado era mucho tiempo y demasiada rutina, y el fin de semana pecaba de corto.

Nunca, durante ese largo año, viví realmente lo que viví, ni hice cabalmente lo que hice. Quizás ni siquiera viví ni logré hacer mayor cosa. No es vivir estar sin estar. A lo sumo es permanecer en un estado larvario, en el cual no se es ni algo ni nada. Era ocioso sentarme a dormitar en tanto el profesor de mecánica iba soltando fórmulas ininteligibles sobre velocidades y movimientos parabólicos. Era así mismo tiempo perdido roer las horas en el cubículo: 28.800 segundos iban a parar cada día a la cesta de la basura y ningún plan empresarial de incentivos iba a convertirlos para mí en un lapso vivible a pesar de aparentar ser productivo. Ni qué decir de las jornadas de placer, condenadas a superar el cansancio nocturno y a amanecer de forma abrupta, sin la dulce irresponsabilidad del juego amoroso.

Ahora bien, cabe dentro de lo posible que hasta este momento he despertado. Eso fue hace ocho años. Es decir, brevemente, la chica de hace casi una década ha abierto los ojos... mientras tanto, ha sumido en el sueño del pasado a la chica de hoy. La chica de hoy duerme y, si tenemos suerte, dentro de una década despertará en esta fecha y se dará cuenta de que nuevamente se ha quedado dormida.