Los días son fáciles. Todo es visible, claro, animado, ruidoso. Los días no nos dejan ver. Podemos sentirnos solos, pero en realidad nunca lo estamos. En cambio las noches son otra cosa. Las noches son difíciles y aún, en ocasiones, se tornan complicadas. En la noche todo es oscuro, quieto; los sonidos se destacan sobre un fondo silencioso y los rayos de luz, en vez de aclarar, enfatizan un cúmulo amenazador de sombras que parecen moverse hacia uno. Las noches son más propicias para ver. El ojo se halla obligado a ayudarse del oído, de las manos, del olfato. Por tanto, vemos con todos los sentidos. Vemos demasiado. Vemos hacia dentro. En las noches nunca nos sentimos solos a pesar de que estemos guardados en una casita de campo lejos de otras personas. Con los ojos abiertos a la noche, atrapados en el insomnio, nuestra propia presencia se hace demasiado real, pesada, imposible de ignorar.

Los días se desarrollan en ausencias que la mente trata de llenar con recuerdos o fantasías. La noche, en cambio, está llena de presencias. De día las cosas existen, están ahí y no tenemos que comprobarlas. De noche las cosas sólo existen en nuestra mente y debemos tocarlas para que se materialicen. Echados en el suelo y protegidos bajo la luz de una bombilla, el cuarto contiguo, en su oscuridad, nos muestra ojos vigilantes y nos sugiere suspiros que vienen del otro lado del océano.

Un día puede metamorfosearse en noche y viceversa. Un día todo puede volverse tan oscuro que debamos ver hacia dentro. Un día puede suceder que equivoquemos el camino y tengamos que andar en cuatro patas, olfateando los rincones, hasta encontrar nuevamente la ruta. Un día, en un momento de hiperbólica claridad, podemos darnos cuenta de que estamos dormidos.

También hay noches que cruzan el velo. Noches en que presentimos que si nos asomamos a la ventana descubriremos que la vida continúa su ritmo aún en nuestra ausencia. Noches tan plenas de luz que es probable que no amanezca. Noches en que nos soñamos despiertos y otras en que soñamos soñar.

Este mundo sólo es real para nosotros, para cada uno. Este mundo es mío e inexistente para los demás. Es probable que los demás no sean reales o sólo lo sean en este mi mundo ¿Cómo saberlo? Nunca nadie ha podido probar a otro su existencia. Nuestras vidas se desarrollan en mundos paralelos. La distancia no es un asunto espacial, quizás su carácter tenga más bien un sentido temporal. Coincidimos a veces en el lugar pero jamás en el momento. Cada uno recorre su propio túnel y así como los sueños propios no se tejen con los ajenos, cada paso que damos nunca podrá ser pisado por otro pie que no sea el nuestro una única vez y para siempre...