La desgracia que aqueja a las personas de mi clase* es que, en medio de cualquier circunstancia, penosa o alegre, y aún aplastadas por la monotonía de una vida repetitiva que parece no tener fin, disponen de energía interior suficiente para pensar en asuntos trascendentales. Esta inclinación puede parecer un lujo a los ojos de la gente sin relieve; sin embargo, se quiera creer o no, no obedece a una elección ni es un acto de la voluntad.

El mundo está ardiendo, literal y figuradamente hablando. El espíritu de las naciones ya no tiene un rostro definido o empieza a parecerse mucho a los demás debido al rasgo común de la desesperación; la gente sufre de hambre, de alguna de tantas raras enfermedades, bajo la aparentemente cruel acción de la sabia Naturaleza o víctima del agobiante estrés que se ha impuesto a sí misma y a pesar, o tal vez, por ello, ajenos a tal realidad aunque tocados de algún modo por ésta, esos seres que sufrimos la manía de la profundidad no podemos renunciar a la necesidad de tratar de ver más allá, más adentro, cruzando las fronteras de la razón.

Mi preocupación no será jamás, ni ha sido, que el mundo se detenga en su carrera loca hacia la destrucción, ni que renuncie al deseo desbordante de devorarse a sí mismo. Es innato al ser humano el impulso de vivir y para vivir es requisito el uso de la energía: acción, a veces sin sentido o con uno macabro, tiene idéntico resultado: transformar esa masa viviente y lo que le rodea.

Hay quienes invitan a salir del yo, que se sienten incómodos ante el exceso de egocentrismo. Mas para algunos sencillamente no es posible dar ese paso: se parte de sí para llegar al otro y se vuelve del otro cada vez más desconcertado y hastiado; luego el ciclo vuelve a empezar.

Quizás algunos no puedan entender la marea de preguntas que inunda a los viciosos de abismo, porque cabe decir que así se empiece por un tema mundano o por uno con visos metafísicos se termina, por lo general, bajo capas de respuestas que empujan a hundirse cada vez más en lo que es la absurda condición humana. Y como si no fuera suficiente, esta hambre de naufragio puede ir acompañada de un sentimiento de desolación o tristeza: de tanto descender se llega al muro de la impotencia contra el cual unos arrojan indiferencia y los demás un llanto interior que nunca se detiene....

* Este término puede dar a entender que se trata de una élite o un grupo de afortunados elegidos. Nada más falso. Ya he escuchado muchas veces la misma frase: usted es la única que se hace ese tipo de preguntas... y que se las formula siempre ¿cómo puede vivir así?

Y yo sólo atino a responder: así funciona mi cabeza, no concibo que los demás puedan vivir de otra forma. Cuando me separo de esas dudas que me son vitales, corro siempre el riesgo de volatilizarme de la superficie. Lo mío es el abismo. Es mi tara y lo único que me ata a este mundo...