Todos estábamos alineados a lo largo de una colina, un promontorio sin árboles, oscuro y agreste. A lo lejos se podían ver algunas hogueras y justo frente a cada uno de nosotros un extraño contenedor, metálico, de color negro y con agujeros practicados en diferentes puntos.

No pude reconocer ninguna cara. Sólo sabía que eran personas angustiadas, al igual que yo, por algo que nos esperaba pero de lo cual no teníamos total certeza. Ninguna cadena ataba nuestros pies pero éramos incapaces de dar un paso. No recuerdo tampoco cómo llegamos allí...

Después de varios minutos, cuarenta, quizás más, aparecieron unos hombres. Todos eran altos, delgados, vestían trajes oscuros y llevaban lentes negros. Se miraban entre sí y se decían palabras que aunque alcanzaba a escuchar no entendía. Se distribuyeron frente a nosotros y comenzaron a detallar nuestros rostros y cuerpos, como buscando algún rasgo o señal particular.

Luego empujaron al primero. Era un hombre corpulento, de cara ancha y muy blanca. Iba sin zapatos y lloraba. Lo hicieron avanzar hacia el contenedor que había frente a él. A medida que se acercaba lloraba más fuerte, gritaba. Uno de los hombres abrió el contenedor. Otro lo obligó a entrar. El hombre era demasiado alto y no cabía por completo. Así que uno de ellos le tomó por los brazos mientras el otro, con ayuda de un garrote, le golpeaba las piernas. El hombre ya no se tenía en pie así que entre ambos lo introdujeron y oí que uno de ellos dijo algo del molde perfecto. La palabra perfecto me dio un escalofrío. El hombre gritaba y luchaba por salir mientras ellos ajustaban la puerta del molde y ponían un enorme candado.

Así empezó el desfile siniestro. Se paraban dos o tres de esos hombres frente a alguno de la fila y seguían el mismo procedimiento. Los moldes diferían en algunos detalles pero, en general, era evidente que muchos no ibamos a encajar. Entonces, con gran dificultad, traté de observar cómo era el molde que estaba frente a mí. Era un poco más bajo que yo; las partes laterales donde debían ir los brazos, terminaban a la altura del codo. Tenía un agujero redondo que atravesaba el bajo vientre. Era evidente que para poder entrar allí debía perder los antebrazos y las manos. Supuse que ese agujero tendría alguna horrorosa función. Oí gritos. Sentí miedo. Puse las manos temblorosas con las palmas arriba frente a mis ojos para verlas por última vez. Un par de esos hombres se acercaban. Mis manos ya no iban a escribir más, ni a dibujar, ni a acariciar mi cuerpo mientras dejaba volar mi fantasía. Tampoco acariciarían otro cuerpo. El molde perfecto lo aclaraba todo. Era necesario dejar de ser yo para encajar....

Entonces empecé a gritar. Con las manos extendidas frente a mis ojos y pensando en todo lo que iba a perder, me importaba poco la muerte. Sólo lloraba de desesperación porque no podría conservar mis manos....

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A veces, cuando pienso que estoy loca, me consuela lo que alguna vez me dijo un profesor de Psicología en la Universidad: un loco no se da cuenta de que lo está. Pero durante las dos últimas semanas ya no estoy tan segura. Es preciso cuidarse mucho. Hay que ser indulgente con la locura ajena y respetar la propia. Pero, sobre todo, hay que cuidarse mucho de un exceso de lucidez.......