Hay una cosa muy rara que pasa cuando estás en otro país. Aquí a unas 10 horas por tierra tengo territorio colombiano y sin embargo...

No, no es lo mismo. Ni aunque se hable el mismo idioma, ni aunque seamos del mismo continente, ni aunque manejemos problemas similares. De hecho, nuestros problemas no son similares porque nuestra forma de ver las situaciones no se parece.

No es lo mismo y debo reconocer que ya sé qué se siente ser extranjer@. Es como si de repente no conoces nada, ni a nadie y lo único con lo que cuentas es tu instinto atávico de supervivencia. Es como si te hubieran puesto como animal de presa en medio de una cantidad de animales desconocidos que no sabes si te van a atacar o pasarán a tu lado indiferentes. La gente no te hace sentir extranjero, tú lo llevas como una certeza y eso determina muchas de tus suposiciones y acciones.

Y, por eso, cuando la gente pronuncia ese discurso barato de identidad nacional y que uno tiene que seguir siendo el mismo aunque se vaya a vivir a Pekín, me río por dentro -por fuera no para que la gente no se ofenda- porque es ridículo que si llegas a otro lugar pretendas seguir siendo el mismo. Sencillamente no puedes.

Y cuando la gente dice que la comida de allá es mejor, que la gente es más educada, que el transporte es más eficiente, que hay un mejor nivel de vida, que mejor las empanadas de nosotros que las arepas rellenas de carne desmechada, que nuestra papa pastusa es mejor que la papa de aquí, que mejor decir gaseosa que refresco y mejor maracuyá que parchita... ¡ay! yo no sé qué pensar. Porque estoy aquí y aunque extrañe cosas de mi país, fui yo quien decidió venir e intentar algo diferente y por suerte que conté con alguien que me diera esa oportunidad. Y si aquí no se puede decir cuchara porque es vulgar y si me toca decir dos veces la frase porque aunque los que hablan raro son ellos, es a mí a quien no entienden, pues lo voy a hacer. Y si bien es cierto que no me gusta la papa ni el pan de aquí, y sé que el estilo de vida está muy a la gringa, me he dado el gusto de probar cosas que en mi país jamás.

Lo único que espero es que no se me contagie ese acento acosteñado... por lo demás estoy dispuesta a perder la tan cacareada identidad... porque aunque me hubiera quedado en mi país no podría seguir siendo siempre la misma y porque de eso se trata: de cambiar.

Pd. Y si fuera otro el idioma, seguro que me sentiría doble y terriblemente sola, por fortuna tengo eXtRaVíos, que me permite hablar en español y ser entendida o al menos, hay quien intenta entenderme...