Era un cargo de libre movilidad pero en ese momento nadie sabía dónde estaba ni qué hacía. Cuando la instructora preguntó, mientras caminábamos por las dependencias de la empresa y buscábamos no sé qué entre los anaqueles -arriba se veían apenas cajas y aparatos cubiertos de polvo- lo único que atiné a decir fue: -No tengo idea.- Nada más pronunciar la frase me di cuenta del error: es el tipo de respuesta que nunca debes dar. Aunque en realidad, a pesar de haberle visto en algunas ocasiones, no sabía su verdadero papel. Ella dijo entonces -u otra voz, no recuerdo bien- que trabajaba en lo de seguridad, la seguridad de los clientes. Me vino a la mente que sí, que eso lo sabía y que alguna vez supe que había tenido problemas. Él pedía poder entrar y salir sin tanto protocolo. Se le había concedido, pero la empresa tenía normas. Yo copiaba todo en hojas, todo lo que decía, como ha sido siempre mi costumbre. Luego se me acercó José Octavio. Quería que le prestara mis apuntes pero yo aún tenía mucho por escribir. Insistía en quitarme las hojas, en arrancar la grapa que las mantenía unidas. Yo forcejeaba con el paquete ya medio arrugado entre las manos, intentando que la instructora no se percatara de la discusión. Finalmente me quedé con las hojas, tomé mi bolso del respaldo de una de las sillas y algunas cosas más que, supongo, eran libros. Salí de allí con Angela.

Afuera todo estaba oscuro. Era una calle popular con poca gente que no inspiraba confianza. Ella comentó al pasar que no era por cierto un lugar muy seguro. Pero era la ruta. Después de cruzar empezamos a avanzar. No recordaba haber estado allí y menos tomar bus. Ya no la vi más; estaba oscuro y cada vez veía menos gente. Todas las puertas cerradas y el mínimo de luz para no caerse. Iba rápido, sentía un miedo creciente. De pronto vi alguien aproximarse en sentido contrario. Era una chica. Joven, trigueña, más alta que yo, llevaba el cabello recogido y una prenda roja. Creo que el pantalón, más bien corto. Estando a unos pasos de ella me preguntó para dónde iba. -Voy para mi casa.- -¿Y a qué hora tiene que llegar?- No recuerdo haber contestado. Sólo que empecé a correr y correr calle arriba como una desesperada. Atrás venía alguien más y oí que le hacía idénticas preguntas. Pero ya no escuché sus respuestas. Sólo corrí mucho, cada vez más temerosa. No venía ningún bus y se habían acabado las casas... y también la carretera. Apareció una trocha y a mi izquierda un abismo. Todo oscuro. En un momento dado, cuando sentí que la otra persona también corría asustada tras de mí, demasiado cerca, doblé por una esquina con la esperanza de que la chica de las preguntas me perdiera de vista y dejara de seguirme. Corriendo tanto como pude rodeé una manzana y salí al mismo punto: la trocha.

Vi un par de luces acercarse. Por fin venía un carro. Me paré frente haciendo señas con las manos. Era un carro viejo, un Carpati. No se detuvo. Pero como pude me boté encima y me agarré del techo. De repente el carro dejó de andar sobre el suelo. Volaba. Se hizo más pequeño entre mis brazos. Ya en el aire me arrastraba a gran velocidad, pero al fijarme en las calles de ese barrio oscuro -que iba aclarándose pues rompía el amanecer- me daba cuenta de que en ocasiones avanzaba y otras, iba rápido hacia atrás. Rogaba que no se detuviera, mucho menos que bajara nuevamente al suelo. Ya no era el carro. Era el estuche negro de mi vieja máquina de escribir. No tan vieja pues era pequeña. De esas que tenían agarradera y se podían llevar al colegio. Seguía apretándola contra mi pecho y ahora parecía que la controlaba mejor. Salía de ese siniestro barrio y me dirigía al mío. Como pude aterricé en el parque. Solté la máquina, prácticamente la arrojé al suelo y corrí hasta encontrarme con Cecilia. Me sentía más segura pero aún mi corazón saltaba nerviosamente. De vuelta en su casa me preguntó cómo había llegado. Le dije que casi que no, pero que después de todo había sido fácil.