Mi habitación es bastante amplia y eso me da libertad para mover la cama cada vez que cambio de ánimo. Hace unas cuantas semanas la corrí pues me di cuenta de que la luz de la luna que entraba por la ventana estaba causándome insomnio y resequedad en los ojos. Los últimos días hay tanto por hacer que me estoy acostando sobre la una de la mañana. Anoche, por cansancio absoluto, caí rendida a las 11pm.

La ventana del cuarto es grande y no tiene rejas: supongo que se debe a que está en un segundo piso. Sin embargo, a veces temo que alguien se trepe pues dejo la ventana parcialmente abierta para que entre la brisa fresca.

Esta madrugada dí la vuelta en la cama y me desperté: al abrir los ojos me fijo en la pared de enfrente, donde está el espejo, y veo a su derecha una sombra aterradora: era un hombre, de lado, con una mano pegada al marco de la ventana y listo para entrar. Parpadeé varias veces para asegurarme de que el sueño no me estaba causando visiones. No. Allí estaba la sombra y al ondear la cortina, se veían más claros todos los detalles. Asustada me quité la cobija de encima, me incorporé despacio y caminé hasta el otro extremo de la ventana. Con los dedos fríos de miedo, tomé el borde de la cortina, lo levanté suavecito y llené los pulmones de aire, dispuesta a gritar. Por el espacio entre el vidrio y la cortina alcancé a ver: la luna en creciente, grande y amarilla colgaba del cielo. A mi izquierda, el foco de la calle lanzaba su luz neblinosa.

El hombre que acechaba en mi ventana era sólo la sombra proyectada por la seda de la cortina, que atravesada por dos chorros de luz, dibujaba al tan temido intruso. Pasé media hora insomne, abrazada a mis ositos, riéndome también al pensar en cuántas ocasiones nos dejamos intimidar por una sombra sin saber que ésta nos está diciendo que al otro lado, si superamos el miedo, nos está esperando la luz.