Una cadena ata mi mano izquierda. Va alcanzando la década. Otra cadena pretende atar mi mano derecha ¡Pero no! Apenas aprietan un poco las muñecas... ambas me recuerdan que están ahí, como una silenciosa presencia.

Voy vestida con hojas de colores. Disfrazada de primavera... y el negro logra ocultarlo muy bien.

Estoy en medio de dunas; es un rojo desierto. Un desierto rojo. Hay barreras verticales infinitas que rodean el texto. Una bolsa sonora duerme sobre mis piernas. Una mano ahora, luego otra, se acerca a mis muslos, tantea, aprisiona... luego suena un crack o varios.

Todo es silencioso. Un giro basta para alterar el paisaje. El silencio es agobiante. Hay algo malo en la realidad, pero nadie quiere decír(me)lo...