V. ha logrado algo que pocos: ha decidido construir su propio refugio para poder ver desde atrás el mundo y respirar un aire más puro. Es un artista nato: une la emoción a la materia y su obra a lo trascendente.

La forma como está organizada actualmente la sociedad, todo el edificio de prejuicios, supuestos y deber ser, atentan contra su deseo de armonía. Es un hombre que se comunica y expresa a través de la materia, que ha encontrado una manera de volver a los orígenes. Es una persona con inquietudes que atraviesan el cuerpo como una lanza y cuya punta se dirige a esa fuente de energía de la que todo nace. Es raíz, chamán, brujo, médico y creador.

Hace algunos años descubrió que podía ser sin estar: que podía salir y entrar de esta realidad y que estaba en sus manos crear otras. No es un reformador, ni un pastor ni un líder. Es un hombre conciente de sus cadenas: sabe que él las creó y las anudó alrededor de sus tobillos. Ahora ha transformado el metal en seda y baila como un dios ebrio y feliz. Su soledad es amada. Su espacio va más allá de finitas paredes. Para él la ciudad es como una tienda a la que acude una vez al mes para tomar provisiones. Entra, ve, toma lo que necesita, hace sus donaciones, se deja contaminar un poco de este sueño y vuelve a su morada. Sobre una roca que queda a dos tabacos del nido, se desnuda, hace una oración sin palabras y se sumerge en la cascada que quitará de la piel de su alma el disfraz que ha usado para participar en el jolgorio de la ciudad. Vuelve a estar dentro de sí y sonríe.

V. sabe que hace parte del mundo. Sabe también que permanece en éste porque es un personaje más. Conoce sus disfraces y su papel. Para algunos es un soñador; para otros, un loco. Él lo único que ha hecho es descubrir las reglas del juego y ponerlas a su favor. Siembra semillas en realidades diferentes que se superponen a ésta y recoge sus frutos. Ve hombres sin sombra que corren en busca de algo que justifique su afán. Es paciente y se entrega. Es camino y pasos sin huella…