Estoy llena de prejuicios, creencias y falsos dioses. A falta de fe en Dios o en algún dios, tienes que llenar el vacío existencial con un remedo de vida interior. Sin embargo, mis afirmaciones absurdas tienen todas un argumento (que aunque falaz, sirve para engatusar incautos).

Siempre ha preocupado a los hombres mini-dotados el tener un pene pequeño y a los bien-calzados el no tener la oportunidad de hacer alarde o dar a conocer sus atributos sin quedar como petulantes o exhibicionistas.

Sin embargo, a las mujeres, aparte el dichoso tamaño, nos interesan otros aspectos, a saber:

¿Tendrá sangre suficiente para cargar el arsenal?
¿La sangre permanecerá allí el tiempo necesario para nuestro placer?
¿Sabrá el susodicho usar su herramienta?
¿Habrá descubierto que sus manos y su boca son excelentes aliadas durante el tiempo de recuperación?
¿Estará dispuesto a explorar toda la riqueza sensible del cuerpo de la mujer?
¿Será un hombre responsable de sus actos?
¿Nos cuidará de consecuencias embarazosas?

Como estas cosas no pueden preverse en su totalidad y tampoco puede una confiarse de la propaganda que se haga la víctima el prospecto, antes de pasar al acto se hace necesario leer las señales delatoras de su desempeño en la cama. Una de estas señales es, aunque much@s no lo crean, la forma de comer.

El sexo y la comida han ido siempre de la mano. Y no se trata de algo puramente cultural. Son ambas necesidades fisiológicas. Son también fuente de placer. Se puede tragar para calmar el hambre... o disfrutar un banquete para complacer todos los sentidos. Y así pasa con el sexo. No es lo mismo follar halar que hacer el amor. El sexo tiene un componente animal, es cierto. (Ahora ya es mejor olvidarse del aspecto reproductivo, pues no es la prioridad). El otro componente indispensable del acto sexual es la elaboración sensible y estética. Esto es lo que lo hace trascenderdel puro apetito y lo convierte en un logro más de la civilización. Y lo cierto es que enriquece ostensiblemente una actividad que, de otro modo, sería como comer, defecar o dormir.

¿Cómo se reconoce a un mal amante? Hablo aquí de los hombres, que son mi sujeto de investigación. En la mesa pueden distinguirse varias formas de abordar la comida (y el sexo). Por ejemplo:

¿Se han fijado que hay hombres que se meten la cuchara totalmente llena (con morro) a la boca?

¿Se han dado cuenta de que hay hombres que no mastican, sino que se pasan la comida entera?

¿Han visto que hay hombres a los que lo que les importa no es el sabor de la comida sino la cantidad?

¿Se han fijado que algunos no hablan mientras comen, sólo se dedican a cucharear?

¿Han visto esos tipos que acaban su plato siempre de primero y empiezan a estirar el ojo hacia los platos de los demás?

Pues bien, amigas: si mi glándula especulativa no me falla, es mejor no tener sexo con este tipo de tipos. Son de los que van a lo que van: no te huelen, ni te lamen, ni te disfrutan a cabalidad; no les importa una buena jornada sino echarse muchos polvos; no te dirán al terminar: -Estuvo estupendo, mi vida- Sino que se echarán de lado a dormir o se fumarán el cigarrito de después viendo el techo o la tele; no tendrán reparo en petaquearse las mujeres de sus amigos o tus amigas... mejor dicho:

No te los comas!!!