En ocasiones pasa que un@ no quiere pensar ni tomar decisiones sea por cansancio, pereza, apatía, confusión mental o física desidia. Algo más o menos así pasó con el título de mi proyecto de grado.

El proyecto, ese último eslabón en la cadena de la farsa universitaria, ya a estas alturas me parece un capricho institucional: el boleto para poder entrar al auditorio vestida de ponqué y recibir un papel (cada vez más frío e inexpresivo) de manos del señor Rector. Posteriormente no pueden faltar unas fotos con la familia, que por primera vez puede observar tu hábitat de los últimos diez años y los amigos, pocos, que todavía no se han graduado o aquellos que hace no mucho recibieron el codiciado papel.

Sé que culminar el proyecto es mucho más: es como la prueba de fuego de la vida universitaria, lo que hará que la sociedad reconozca que cumpliste el pénsum y que estás capacitad@ para ejercer tu profesión: tu aval en el mercado laboral. Pero lo cierto es que el proyecto es más la forma como colocas un punto y aparte: ¡Se acabó la vagabundería! Por fin vas a tener en tu mano la herramienta con la cual ir al mundo real y construir tus sueños.

Pasa que durante la carrera un@ se lamenta de haber tenido que hacer siempre en los talleres lo que al profesor le daba la gana: muebles bifuncionales (la mesa que se convierte en cama), ayudas para personas con discapacidad (un timbre para sordos), camillas modulares para atender damnificados de desastres naturales (resistente al agua, al fuego, a los explosivos y que cuesten lo mismo que una camilla hecha con dos palos y una sábana), sillas en cartón corrugado usando sólo corte y dobleces (nada de colbón, Uhu, cinta ni grapas), herramientas manuales para mancos y un sinfín de proyectos inoficiosos (El lema es: inventa un problema y te damos 16 semanas para solucionarlo).

Llegó la hora de bautizar al engendro que me daría el pasaporte para emigrar de la universidad y yo no era capaz de inventarme un problema más. Mi cerebro, carcomido con tantas creaciones frankensteineanas, se declaró impotente y delegó tal misión a mi director de proyecto. Él, no sé si en chanza o en serio me lanzó el siguiente enunciado:"Colección de joyas con base en el análisis de principios formales de una variedad de Cucurbita Pepo. Diseño y construcción".

-¡Chanfle! ¿Cucurbita Pepo? ¿Y eso con qué se come?

-Con guiso. Es la misma calabaza.

Fui a la Secretaría, llené muy contenta el formato y me di por bien servida.

Hoy, 9 meses después de la ceremonia bautismal, me doy cuenta de que el monstruo no ha nacido, que no basta un nombre para existir y que tengo que dejar de darme excusas y ponerme juiciosa a trabajar.