Recordando: Archivo Diario 2004
Consumir, casi todo en la vida ¿todo? se puede definir con esa palabra. En principio consumimos las horas y estas nos consumen. A diario me levanto perezosamente o con mucha energía y me dedico a llenar cada minuto con alguna actividad. Empiezo con un paso fuera de la cama. He consumido seis, ocho horas en el sueño. Ahora me dispongo a organizar mentalmente los compromisos con el nuevo día. Un cuarto de hora en el baño, hacer chichí, lavarme la cara (he gastado en estas dos acciones unos cinco litros de agua). Luego paso a la ducha. Otros buenos ¿diez? no sabría calcular, litros de agua y un chorro de shampoo (ese espeso, rosado, espumoso y oloroso chorro de shampoo). Minutos en restregar la cabeza, las axilas, rápidamente brazos y piernas y por último, concienzudamente, las zonas íntimas. Al salir me espera la tohalla con sus ya ásperos deditos de algodón, dispuesta a absorber el agua que escurre por la piel y el cabello. Salgo del baño y encuentro la ropa ordenada sobre la cama. Un protector, desodorante, crema para el cuerpo, talcos. Algo más de consumo. La cocina es el próximo escenario: café y pan. Más productos ofrecidos a mi insaciable sed de consumo. Salgo a enfrentar la vida de cada día. Quizás lleve en el bolsillo mil o dos mil pesos porque nunca se sabe. En clase, en un salón donde están siempre las mismas caras durante todo un semestre (algunos fallan a menudo, lo cual hace que en ocasiones su cara parezca nueva) me siento a esperar que las horas pasen (¿qué hora es ya? la pregunta típica de la desesperación por acabar cuanto antes) mientras un tipo se para a hablar acerca de su tema, convenciéndose y tratando de convencernos de que lleva a cabo su trabajo. En vista de que mi actitud hacia las asignaturas se ha vuelto puramente aprobar una obligación, completar un pensum, pues asumo que todos están allí con el mismo propósito. Es inevitable que las cosas se tiñan con el color de mi disposición mental. Por fin se agotan las tres horas del taller; nuevos compromisos que atenderé a última hora y entregas que es muy probable, terminen aplazadas. Abandono el salón, perezosamente o llena de energía, da igual, lo importante es huir. Huyo pensando en que esa sensación en el estómago probablemente sea hambre (un desayuno demasiado ligero y a hora muy temprana lo explica). La cafetería está concurrida. Prefiero ir al centro de estudios y pedir un cigarrillo. Mientras succiono y expulso el humo (venimos al mundo a chuparlo todo, a devorar y ser devorados) me planteo toda una reflexión, que por el momento es absolutamente inútil y estúpida, acerca de esta costumbre maldita de aspirar y botar humo. Pienso que algún día lo dejaré, que mis pulmones se encargarán de deshacerse de los rezagos. Siempre este pensamiento empaña los dos o tres minutos que entrego al vicio. Cuando arrojo el filtro pues el cigarrillo ya cumplió su función, llevo la cuenta: va el primero. No hay más clases durante el día y ya estoy planeando llegar a dormir para recuperar la hora de sueño perdido por la madrugada (a estas alturas levantarme a las cinco y media de la mañana es en realidad un gran sacrificio). Pero la hora se convierte en dos o tres pues está peligrosamente cerca a la del almuerzo. Pongo el despertador y por un azar extraño o por ese puntual reloj biológico que todos llevamos dentro, aunque algunos parecen olvidar darle suficiente cuerda, abro los ojos justo cinco minutos antes de que suene y así lo voy adelantando una hora más, otra y otra hasta que ya no hay tiempo ni ganas de cocinar y a veces ya ni siquiera es posible encontrar almuerzo en algún restaurante cercano. ¿A qué dedicar la tarde? Después de haberme desconectado del mundo y haberme sumergido en el paraíso del sueño, volver a pensar es toda una hazaña. Es como volver a empezar el día con el agravante de que ya no tengo todo el día por delante y eso logra indisponerme. No existe un tengo que, así que se hace difícil decidirse por algo. Lo que quisiera hacer: realmente no quisiera hacer nada sino seguir durmiendo. Ocurre a menudo. Ahora más que antes o quizás tan decididamente como en los peores períodos de mi vida.
Bueno, entonces en la mañana, ya he ejecutado otros tantos actos de consumo: la clase que es casi como pagar la entrada para ver una mala película, el cigarro y el placer del sueño, que no por parecer un lapso de inactividad logra escapar a la etiqueta: tenderme en la cama y esperar a que el sueño llegue como un criado a mimarme, que confío en que sea puntual y me desconecte del mundo lo suficiente para olvidar que se me ha hecho un lugar aborrecible. En caso contrario, entre los pasos a la cocina a tomar agua o hacerme otro café con pan (nuevamente a masticar y deglutir) van pasando incansables los minutos: dichosos ellos que sólo surgen para desaparecer y están ahí y se van, no tienen que, son y después ya no son. Las tres. Ya perdí media tarde. ¿Perdí? ¿Acaso la tuve? ¡Pero cómo! ¡Nadie me avisó! Mentalmente a las seis se acabará mi día, la noche es cosa aparte. Voy al cuarto, agarro un libro después de divagar acerca de cuál tema será el más adecuado para la hora y mi estado de ánimo. Me acomodo en la cama pues no hay nada más agradable que leer echada tranquilamente por si el sueño quiere visitarme de nuevo. Me hago de lado, abro el libro en la primera o en cualquier página, qué más da (he pensado muchas veces que los libros deberían estar escritos únicamente por un lado, de modo que si uno se recuesta sobre su derecha, una sola mano pueda sostener el libro y pasar las hojas mientras éste descansa sobre la cama; no sería necesario cargar con todo su peso para intentar leer la página de enfrente. Esto me ha obligado en casos de extrema pereza o apatía a leer solamente los textos que aparecen a la izquierda, saltándome una página cada vez). Sólo deseo que me entretenga mientras se acaba mi día (llego a pensar que no poseo el día sino que éste me posee, en tal caso el día se pregunte quizá: ¿y ahora que hago con mi chica? entonces coloque en mi mente el deseo de leer ya que me gusta tanto). Por fin las seis. Como dije, la noche es otro cuento. La noche es para pensar qué haré mañana.
Es increíble que la vida se me vaya pasando así. ¿Cómo evitar sentirse absolutamente estéril, alienada, desubicada? Debe haber algo más, me digo. Si tan solo... Parada frente a la ventana veo pasar los carros. Algunos desprevenidos transeúntes caminan y charlan bajo una mirada oculta que se pierde entre las nubes y los andenes. Trato de ir más allá, al horizonte lejano para encontrar algo que me arrastre y me dé ganas de vivir. Pero el sinsentido de mi vida no puede ser abarcado por el ocaso. No hay suficientes nubes rosadas y moribundos rayos de sol para ocultar el vacío. ¿Explicación? Algunos fenómenos no la tienen. ¿Dónde buscarla? Las respuestas suelen encontrarse en la pregunta, dicen. Pero mi pregunta es tan general y descabellada: ¿Por qué sigo viva? La cuestión se resolvería en algo así como: porque vivo. Para mí no es tan simple. Vivo porque vivo. Suena absurdo, tanto como la vida misma. Estoy cansada de no hacer nada, siento como si se me hubiera acabado la energía y no tuviera ya ganas de salir de este círculo que da vueltas sobre si mismo. Yo soy el círculo. Estoy cerrada y vacía y me doy por satisfecha. El verdadero problema surge cuando pienso que esto no puede ser todo. Repetir la fatiga de hoy mañana. Entonces me alejo de la ventana un poco más cansada y me consuelo al saber que ya casi es hora de dormir. Antes, comer algo. Tal vez café con pan. Quizá sea eso: hay demasiada cafeína en mi cuerpo. Tiene que haber una razón, me digo. Tiene que haber algo más, vuelvo a decirme. Conformarme con ser un contorno y no tener nada por dentro, ser escasamente un límite que define un adentro y un afuera, estar viva porque no estoy muerta. No basta. Aunque ahora, puede que sí, que eso sea suficiente. Sin estímulos, ¿Cómo desear vivir, dar un paso adelante, respirar siquiera? Porque la vida se aferra a la vida sigo funcionando. Como la rana del cuento que cae en el vaso de leche y pataleando forma una capa de crema que la ayuda a salir. Sólo que esta rana ya no siente las piernas. No hay crema por ningún lado. Es muy poca para tanto esfuerzo y el borde del vaso está tan lejos que no lo ve. De pronto es una rana excesivamente cómoda y perezosa ¿Para qué negarlo? Me resisto a vivir una vida como ésta de los últimos... ¡veintisiete años! Vida mezquina, con esas tontas migajas de felicidad. A cambio una sucesión interminable de preocupaciones, angustias y días planos. No digamos malos, sólo planos. ¿Para qué más? ¿No da lo plano la idea de tedio? ¿No fue acaso por este motivo que algunos hombres se empeñaron en que la tierra era redonda, no plana y que a fuerza de necesitar creer en ello porque les comprometía la vida curvaron el horizonte? Hoy es un día de esos en que estas cuestiones me golpean fuertemente, un golpe directo a la cara. Sin compasión. Mañana será otro día. ¿Igual a éste? Puedo enumerar lo que hice hoy: nada que cambie mi situación. Levantarme, esperar a que pintarán la pared, desayunar, bañarme, ir a almorzar, leer, dormir (cabe destacar un excitante sueño erótico que no llegó al final pero es lo único digno de recordar) (una llamada), comer, lavar (otra llamada), bañarme de nuevo, ir por un cigarro, escuchar música, leer, escribir. A intervalos, asomarme a la ventana, como un dios que sabe que está fuera del mundo y cuya única participación es la de espectador: llueve, la gente busca un refugio, pasan los buses casi vacíos, un auto se estaciona frente al local, una pareja en moto se detiene para cambiarse la chaqueta. El dios de la ventana mira pasar el tiempo, cansado e indiferente y elabora mentalmente un cronograma de las actividades de mañana. Un par de citas cruzadas, una evaluación para la que espera estar preparado, el dilema del trabajo... cosas insignificantes. Recuerda su monólogo del lavadero y sonríe sin ganas, y asegura que daría lo que fuera porque se hiciera realidad. Pero ¿Para qué? ¿Cuánto podría durar este remedo de felicidad? ¿Unos cuantos días? ¿Seis meses? (Porque desde que se hace uno estudiante universitario el tiempo se mide en semestres). Espera ya sin esperanza una llamada. Piensa que si escuchara... un bostezo. Definitivamente es un deseo que carece de fondo. Ahora sonríe. Ya hasta se le ha vuelto absurdo desear. ¿Para qué? Esa es la pregunta clave. Antes era ¿Por qué? Me conformo entonces con el deseo y la emoción del monólogo. Dedicada a sabotear todos mis deseos por temor a verlos cumplidos. Porque finalmente ¿No se paga un precio demasiado alto por ello? Dos meses de felicidad y ya tres meses de rabia, frustración, tristeza. ¿Cuándo parará? Cuando yo quiera. O bien puede ser que llegue a asfixiarme el vicio de esperar. El deseo no pasa de ser formulado y acariciado en mi mente. Pero teniendo en cuenta que no puedo acceder en este momento a emociones positivas y embriagadoras, me resigno a las dolorosas pero no por ello menos embriagadoras. Me tomé la felicidad a pecho y profundamente para después construir sobre sus ruinas una tristeza y desencanto plenos. ¿No es esto vivir realmente? Fue como si hubiera llegado tarde a la estación y al encontrar el bus adecuado a mi destino, me hubiera montado feliz y durado las horas del viaje con una sonrisa de oreja a oreja, inexplicable para los demás pasajeros por la sencilla razón de que nadie se siente feliz con la felicidad ajena y para ellos era un viaje más, aburrido y fatigoso. Llegó el momento de bajarse y yo pretendía que el trayecto fuera más largo: me bajaron a patadas del bus y tuve que tragarme mi sonrisa de oreja a oreja y entonces comprendí que para nadie más era conveniente que el viaje se prolongara. Probablemente para mí tampoco. Digamos que el bus me abandonó y mi entusiasmo era aún demasiado para asumir la realidad: se acabó el viaje. La duda: ¿Sirvió realmente llegar a la estación y encontrar aquella ruta? ¿Tendré más suerte la próxima vez? ¿Habrá una próxima vez? Cuando rayo ya en la desesperanza y me digo que tengo que construir mi mundo sola, cae automáticamente sobre mí el peso del futuro. Cuántos años más, sola como un hongo. Cuántas emociones surgidas del error, de la casualidad, de la fatalidad. Cuánto más tendré que vivir... ¿Por qué sigo viva?

Wernez
1 mar 2007 | 12:34 PM
Uff planteas uno de los temas de más calado existencial, filosófico, ético y psicológico del mundo. Vivimos por pura necesidad biológica, somos animales que viven como el resto de los animales, porque se alimentan y sobreviven. A partir de ahí, todo lo demás son juegos de nuestra mente. Consumimos porque así nos lo marca la sociedad en la que vivimos, no podemos evitarlo a menos que vayamos al desierto vestidos con un taparrabos (Y aún nos harían pagar el taprrabos) Ciertamente que la mayoría de acciones que desarrollamos a lo largo del día son de mero trámite, no hacemos lo que nos gustaría sino lo que nos obligamos a hacer. Trabajamos para tener dinero, en un ambiente hostil y desagradable que no nos realiza, estudiamos la carrera con más salidas profesionales, no la que responde nuestra curiosidad intelectual, nos relacionamos mucho más tiempo y mucho más intensamente con gente que no nos interesa para nada, (clientes, compañeros, profesores) que con aquellos a quienes queremos y que nos hacen sentir bien (La pareja con la que apenas cruzamos tres comentarios en la cena antes de caer rendidos en la cama, los amigos a los que vemos con suerte una vez al mes)
Y a pesar de todo, con sinceridad, yo creo que la vida vale la pena. Sobre todo porque la alternativa me gusta mucho pero que muchísimo menos...
40noches
1 mar 2007 | 05:54 PM
Puffff, awesome, extenso mejor dicho; pero vamos, muchas cosas que dices acá son las mismas que suelo pasar a diario.
La monotonía nos destroza, nos hace zombies; no sabes cuanto anhelo estar lejos de aquí, falta poco, falta poco....
Abrazos
javier
11 mar 2007 | 05:14 AM
me da pereza leer eso tan largo.
lufepever
11 mar 2007 | 03:55 PM
Javiercito, mejor dedicate a leer cómics... son muy cortos, ilustrados y entretenidos... Bye, ;P