Estoy muerta o sumida en un estado prenatal. Dejo que la vida decida por mí o se decida por mí. Finalmente ella siempre decide. Me libra así del peso de la responsabilidad por mi propia vida que, en último término, no es mía.
Posturas frente al creer
No poder creer en nada.
No encontrar algo en lo cual se pueda creer.
Creerlo todo.
Creer en una sola cosa.
Creer que no existe algo en lo cual sea posible creer.
Incapaz de creer en algo me encuentro vacía de voluntad.
Creyendo en todo y en la existencia simultánea de todas las contradicciones, quedo en suspenso, segura de que ningún paso, ni la ausencia de un paso, será capaz de romper el absurdo.
Alejada de todos, de su presencia, de sus voces, de la herida de las miradas, me pudro lentamente entre estas paredes. Un paso fuera, una llamada contestada, una mirada por la ventana: bofetadas insoportables de la realidad que se yergue dominando el paisaje, un paisaje que para mí carece de atractivos.
Imagino a cada uno de los rostros que conozco funcionando, aceptando el destino que se han elaborado, hundidos en la monotonía de su vida, deseando quizás unas horas de ocio como las que han llenado mis últimos meses, agotando sus horas con un compromiso, con la acción. Me verían como un engendro y se sorprenderían de la esterilidad de mis horas. La pereza, dirían unos. La locura, murmurarían otros. El fracaso, los demás. ¿Y cómo llamarían a su vida, qué razón le darían? Sedientos y hartos de acción, del tener que, confían en que eso les ayude a construir un gran futuro. El futuro es para mí el extremo de una línea. La línea se llama tiempo. El tiempo es la materia prima de la vida. La vida es una chica caprichosa. No habrá ojos suficientes posados sobre un imaginario futuro que sean capaces de predecir qué camino tomará la línea. Aún lo predicho nos sorprende cuando aparece ante nuestros ojos. A fuerza de esperarlo se nos vuelve extraño: la evidencia cae pesadamente sobre todas nuestras especulaciones, las hace estallar y las destruye al tocarlas con la realidad.
Mi destino está en manos del teléfono. Una llamada. He dejado que esto decida el paso a seguir. Pero me siento incapaz de contestar. Suena, suena horrible. Como la llamada de la muerte: ansiada pero temida. Entonces se hacen más rápidos los latidos y el chillido hiere los oídos de mi tembloroso espíritu: una, dos, tres, cuatro veces. La tentación da vueltas en torno mío, me dice con voz cascada: levántate, quítate esa cobija de la comodidad de encima, ve y contesta. Pero no, ahora deja de sonar. Cierro los ojos y me digo: quizá la próxima vez. Minutos después y bajo unas cuantas capas de sueño vuelvo a oír el tétrico chillido. Abro los ojos y el corazón palpita desesperado. Me demuestra que aun vivo... dos, tres veces. Tiempo suficiente para pensarlo: no, no iré a contestar. ¿Quién y qué mensaje justificaría salir de mi tan bien construida desidia? Porque llevar a cabo este dominio arquitectónico de la apatía ha sido un trabajo realizado rigurosamente, con pena para mi alma y satisfacción plena de mi pereza. Paredes acolchadas, al tamaño de mi persona, amortiguan los coletazos de la vida que quiere despojarme de este tiempo que estoy decidida a dedicarlo solamente a mí, al morbo de un inacabable pensar y un imposible hacer. Afuera, bravas olas donde navegan mis conocidos y desconocidos amenazan eventualmente el edificio de mis pensamientos que se van hilando en torno de la nada. Este es un laberinto tentador, aquellos que se asoman a la puerta de mi derrotismo huyen despavoridos: sienten que puede absorberlos. No es compasión ni empatía, es físico terror. Odiarán que ponga ante sus ojos aquello que no quieren ver y seguirán viviendo sus días de sufrimiento y remedos de felicidad, tratando de ignorar la otra realidad. Sólo conciben una, las demás son apócrifas e insoportables.

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