Por: LuFePeVer

Todos se incomodan solos
y se inclinan al lado
para ver un rostro que también huye de sí mismo
y encuentran en el reflujo de palabras el consuelo.

Y yo,
abro el libro
sin rostro,
sin ojos,
sin voz,
sin consuelo,
solo,
como yo
esperando que alguien
uno cualquiera
se interne
le rasgue
le arranque las palabras negras
silenciosas
pesadas
y le haga sentir que existe,
que es...

Hace ya mucho tiempo que el conocimiento ha dejado de ser para mí una verdadera y, por lo demás, agradable sorpresa. La constante observación del “comercio del conocimiento” y de su empleo como medio de poder me ha llevado a concebirlo desde el punto de vista meramente utilitario. Necesario, deseable y acumulable exclusivamente como valor de cambio.

Sin embargo, no siempre fue así. Los primeros años de escuela fueron oportunidades para irme enterando de las creaciones intelectuales del ser humano; los números y sus extrañas relaciones aparecían cada día más complejos; recuerdo aún aquellas planas del número dos encabezadas por un cisne o patito obtenido a partir de su forma. Cisne y dos estaban ligados por absurdas pero visibles conexiones y así quedaron grabados en mi cabeza.

Recuerdo también un axioma matemático que nunca logró ser plenamente aclarado: me refiero a ése que dice que cualquier número elevado a la cero da como resultado la unidad. Este conocimiento tan diminuto y abstracto se mostró reacio a quedar archivado con exactitud bajo ninguna denominación en mi archivo intelectual.

Pero lo que verdaderamente más atrajo mi atención desde el principio fue la palabra. El conjunto de las veintisiete letras del alfabeto parecíame muy reducido para todo aquello que podía ser nombrado. Causaba gran asombro enterarse de que cosas tan grandes como un tren requerían solamente de cuatro letras mientras que algo tan pequeño como un estreptococo, que sólo puede ser visto al microscopio, constara de doce.

Las clases de español se hicieron más interesantes desde tercer año de primaria. Cuando ya leía uno “de corrido”, era un gusto pasearse por las hojas del texto de lenguaje y leer los cuentos y coplas que allí se encontraban. Pero quizás la clase con más sentido metafísico haya sido para mí aquella en que la profesora de séptimo explicó la estructura o partes de toda narración que se respete, a saber: comienzo, nudo y desenlace. El texto de ese año se llamaba Lengua y Comunicación , cartilla de pasta amarilla, ilustrada con dibujos en tinta sepia y con bastantes cuentos de autores conocidos, así como poemas y fragmentos de novelas. Es más, algunos ejercicios consistían en completar un cuento inacabado o proponer un final diferente al que daba el autor. Fueron esos los primeros pasos en el curso de creación literaria, curso del que no todos disfrutaban y que se consideraba un agregado a lo que el currículo establecía como prioridad: la gramática, la ortografía y la conjugación de los verbos.

Hay que reconocer que no es tarea fácil aquello de escribir. O bien no se sabe por dónde empezar o no se sabe cuando es oportuno poner el punto final. Ni siquiera para los que como yo, sostienen una relación de tipo afectivo con la palabra, empezar un renglón deja de causar cierto miedo. Y es que hay que entender que detrás de ese comienzo, nudo y desenlace indispensables para todo buen texto, se esconde una verdad biológica innegable: nacer, crecer y morir. Un texto es una vida y eso representa para todo escritor, sea novato o experimentado, un compromiso. Lo único que le da cierta motivación al escritor es el carácter lúdico que puede tomar su obra; caprichosamente el autor de una novela puede empezar su narración por el desenlace. O bien, tiene la oportunidad de permanecer como espectador de la trama y en cierto modo, sentir que tiene poder sobre su desarrollo.

Muchos de los cuentos de la cartilla de séptimo fueron sometidos a una minuciosa disección. Todos coincidíamos en el comienzo y aún el desenlace; pero, ¿Cómo ponerse de acuerdo en el nudo? El nudo no hacía su aparición bruscamente. De hecho, el autor parecía entretenerse con un lazo trenzado de palabras haciendo un bucle, muy suelto al principio, para irlo apretando poco a poco hasta llegar a un punto máximo desde donde lanzaba a sus protagonistas hacia un trágico o feliz desenlace.

Escribir es como aceptar la realidad de la muerte; no se considera completo un escrito a menos que posea un final. Es como decir que no puede llamarse vivo a aquél que no está predestinado a morir.
Los bibliófilos aceptamos a regañadientes que ese libro que estamos leyendo con tanto gusto deba llegar a un final. No importa si el final es bueno. Resumámoslo en un enunciado categórico: ningún final es bueno. Cualquiera que sea el tema del libro, lo hemos tomado en nuestras manos y le hemos dado cierta importancia. Le estamos dedicando nuestro tiempo y total atención. Dejamos que nos arrastre por sus páginas y nos muestre un mundo que se apodere de nuestra fantasía y nos lleva a lugares y situaciones insospechados. ¿Cómo resignarnos al final, a perder esa íntima relación con el libro, ese solitario placer? ¿Cómo reconocer que nos hemos abstraído creyendo apropiarnos de la historia cuando en realidad era la historia la que se adueñaba de nosotros?

No importa. Después de unos cuantos buenos libros leídos, aceptamos solemnemente el sacrificio de llegar a la última página convencidos de que una lectura posterior, días, meses o años más tarde, nos revelará un mundo diferente allí donde encontramos antes una fuente de deleite estético.

Erigimos mentalmente un monumento en atributo a aquellos que han dispuesto parte de su tiempo, materia prima de la vida, a la creación literaria. Cómo no agradecer a estos hombres y mujeres que se internaron en el universo de la palabra, sufriéndola, jugando con ella, disfrutándola, de cuyos frutos somos los lectores unos ávidos degustadores. La lectura nos saca de nosotros mismos y coloca una invisible cúpula que nos aísla del exterior, inmunizándonos momentáneamente contra el oficio de pensar en nuestros asuntos y de preocuparnos o incomodarnos por los estímulos con que el mundo nos azota. Transcurre un corto período entre posar los ojos sobre la primera línea y abrir el ojo de la mente a esa historia nueva que comienza. Después de ese punto es probable olvidar por completo a quienes se encuentran alrededor, ignorar el ruido, el exceso o falta de luz, como si un velo se interpusiera entre lo demás y nuestra persona. El buen texto absorbe, transporta, marca un sendero en la vida del lector. Por supuesto, tiene sus propias exigencias, aunque éstas pueden ser acatadas por cualquier lector con buena disposición.

Hay textos de textos: pequeños, rápidos, pesados, ambiguos, insulsos, interminables...en ocasiones puede tomarnos toda una mañana leer una página; otras veces una novela llega a seducirnos tanto que la terminamos en un par de horas y hay líneas tan aburridas o densas que debemos volver a empezar una y otra vez desde la quinta palabra porque o no hemos entendido nada o nos hemos quedado dormidos.

Pero existe entre todas esas posibilidades una que cualquier lector que se respete no está dispuesto a perdonar: el texto interrumpido. No me refiero a aquellas ocasiones en que, para desgracia del concentrado lector, el texto que lee se encuentra mutilado sea por acción de vándalos, por fallas en la edición y armado del libro (que a veces prensa dos hojas idénticas y a cambio elimina la siguiente) o por daños ocasionados por el moho o los gorgojos. El texto interrumpido hace alusión a ese cuento, ensayo o novela, cuyo autor ha pasado por alto, adrede o por descuido, aquella estructura que todo escrito debe tener: comienzo, nudo y desenlace.

No es obra del capricho esta recomendación literaria. Es pues intolerable que un malintencionado o despreocupado escritor se atreva a editar un texto que dejará un sinsabor frustrante en el futuro lector.

Mas, no atribuyamos toda culpa al arbitrio del escritor. Pueden esgrimirse unas cuantas razonables causas a este desafortunado accidente. En ellas quizás se muevan hilos invisibles pero fuertes que manipulan la mente o la voluntad de quien escribe.

Empecemos pues, por el principio. Como se dijo antes, las clases de español y literatura con su respectivo cursillo rápido de creación a partir de la palabra no son suficientemente valoradas ni adecuadamente aplicadas. Aquellas largas planas de a – a – a... e – e – e... La casa es azul. La casa es azul. La casa azul; en las cuales los pequeños aprendices gastan, a disgusto, decenas de hojas e infinitas horas ¿Pueden considerarse un óptimo medio pedagógico para estimular el amor a la palabra? Los traumas que causan posteriormente la lucha con el acento y la tilde de esas temibles palabras agudas, graves, esdrújulas y sobre-esdrújulas, además del encuentro cara a cara con los sospechosos verbos irregulares cuyas conjugaciones no se someten a las normas generales, no son olvidados nunca por el niño que como castigo debe llenar su cuaderno con planas hechas de recortes de periódico donde aparecen esas palabras que él no logró escribir correctamente. Tampoco caerán en el olvido los cuadernos donde, página tras página, se encuentran hileras de yo, tú, él, nosotros, vosotros y ellos que deben ser llenadas con los tiempos de cada modo de los cien verbos que la profesora copia en el tablero. Sobre todo, se recordará con extrañeza ese “vosotros” que nunca hemos usado ni usaremos, que rehuye la buena conjugación y se niega a perder su sonora terminación –is, que se vuelve un tanto fastidiosa.

Enfrentados ya a la necesidad de escribir, muchos experimentan un indescriptible pánico. Ya expliqué cuál es el reto que se enfrenta ante esta tarea. Ser capaz de empezar la primera línea, desarrollar el tema y encontrar el momento oportuno para terminar. Algunos se quedan bloqueados viendo la hoja en blanco y son atropellados instantáneamente por diez mil o por ninguna idea, que viene a tener las mismas nefastas consecuencias: el temeroso no llega a ser escritor ni siquiera malo. Por fortuna nadie sale perjudicado por este problema, a no ser el frustrado literato.

Otros, más osados, logran superar la barrera del primer renglón. Se nota el entusiasmo inicial, salen en carrera agotando verbos y adjetivos... quizás con demasiada velocidad. Dos párrafos más adelante, se les acaba el combustible y ahí empieza la verdadera catástrofe. Y no precisamente para el eufórico escritor. Abandonado de repente por la “Musa de inspiración”, no se da por vencido: continúa con su propósito sin importar el resultado. Se extiende en frases redundantes e interminables párrafos que no dicen nada. Y así, en cierto modo se venga de la palabra que le es esquiva y tortura sin ninguna consideración al incauto lector que ruega poder llegar al final lo antes posible o que abandona decepcionado su intención de adentrarse en este laberinto literario.

No puede tomarse a la ligera a estos mediocres escritores que confunden la forma con el fondo y no logran atravesar la superficie. La lectura constante de sus intrascendentes escritos puede crear la impresión de que el texto que no sigue su ejemplo es digno de rechazo.

A pesar de todo, los derrochadores de la palabra descritos anteriormente no son la especie más peligrosa.
Advierto a los lectores que puede surgir entre tantos miles de aspirantes a literatos un híbrido que pertenece a la categoría de los mutiladores de textos. En vista de que su número tiende a incrementarse en la actualidad presento a continuación los detalles acerca de su comportamiento para que el bibliófilo pueda protegerse de su acción maléfica.

Los verdaderos mutiladores de texto pueden esconderse subrepticiamente en las páginas de los diarios, en las revistas de moda, en el gremio de los escritores reconocidos y aún, en un salón de clase universitario. Sí, oígase bien, esta especie se encuentra en todos los espacios y tiempos posibles.

Víctimas inconscientes de su histeria, los mutiladores de textos, acostumbrados a interrumpirse a sí mismos mientras hablan o piensan, trasladan esa horrible manía a sus escritos. Su pluma suele dar un buen comienzo al texto y esto capta inmediatamente la atención del lector. He ahí la primera trampa. Enseguida, se disponen a exponer a grandes rasgos dos o tres ideas que uno puede considerar claves e importantes. Porque la verdad sea dicha, estos seres no son tontos, su mente está en continuo movimiento recogiendo del medio diferentes estímulos y mensajes para luego mezclar, depurar y obtener sus ideas. En este preciso momento empieza a actuar el espíritu de la histeria. El concentrado escritor, atacado simultáneamente por sus propios pensamientos, las ideas de otros autores que le han parecido acertadas, el ruido mental que hacen sus asuntos personales, su deseo de impactar al futuro lector, ve como en un instante un tijeretazo mental va cortando por mitad el hilo de su narración. Sin embargo, esto no le preocupa en absoluto. El mutilador siente una secreta satisfacción por la frustración de su vida que logrará, sin mayor esfuerzo, inocular a quienes se dispongan a leer sus textos. El paso siguiente es el desarrollo de las dos o tres ideas importantes. Pone tiza en algunos aspectos, se deleita elaborando frases inteligentes o poéticas y sobre todo, se esmera porque el escrito se haga cada vez más interesante para que el lector sienta el deseo de llegar al final.

Recordemos que al comienzo de este ensayo, manifesté que nadie quiere realmente que el texto que se encuentra leyendo termine. Esta es la paradoja: el lector sigue, pero no porque desee en verdad leer la última línea. Lo que disfruta es el camino, cada frase que le comunica una idea que tal vez él había considerado ya y que desea ver confirmada. O tal vez una idea nueva que se presenta ante el ojo de su mente como una luz que aclara el panorama. Es posible también que no asimile totalmente las ideas presentadas en el texto, pero que igual le presentan un nuevo tema sobre el cual profundizar.

Sin embargo, lo cierto es que el lector quiere más. Y el mutilador no está dispuesto a ofrecerle más que un aperitivo. De repente el lector se encuentra en el último párrafo, muy atento a la línea que recorre pero vislumbrando el último renglón que empieza a parecerle sospechoso. ¿Acaso habrá una segunda entrega? ¿Será que el digitador olvidó copiar las páginas restantes? ¿Quizás el mezquino editor no quiso dar un espacio más para terminar el texto? O, lo peor: ¿Es posible que el escritor haya dispuesto que ahí termina verdaderamente su escrito? Y entonces ¿Qué?

Ya podemos imaginarnos el efecto frustrante que tienen este tipo de producciones literarias. Finalmente el lector se separa del último renglón lleno de tristeza y rabia: tristeza porque no pudo saber qué ocurrió entre el nudo de la historia y su desenlace; por no poder conocer la forma como hubiera terminado cada idea el escritor si se hubiera tomado un poco más de tiempo. Rabia porque se siente impotente ante el autor del texto, no sabe si es realmente el culpable, no tiene dónde localizarlo y exigirle completar el escrito; rabia por haber dedicado su tiempo, materia prima de la vida, a recorrer un pequeño mundo que se autodestruyó antes de poder explorarlo en su totalidad.

Se entenderá que es esta la clase más insoportable de mutiladores, tienen mucha iniciativa, pero además un inexplicable afán por llegar al punto final; van más aprisa que sus propias ideas y no les permiten aterrizar en el papel.

Hagamos finalmente una reflexión al respecto. Determinadas las razones de estos fenómenos literarios y sus características especiales, no podemos dejar de formularnos la pregunta: ¿Puedo ser clasificado en alguna de dichas especies? Es más, ¿Pertenezco a la lista de auténticos mutiladores de textos? Horrorizados, recordaremos nuestros pequeños escritos, aquellos que han llegado a manos de terceros y esos otros que sólo han pasado por nuestra complaciente mirada. Quizás retomemos algunos de dichos escritos para identificar los síntomas inequívocos de su patología. Si así fuere, seamos francos: no podemos seguir nuestra carrera literaria si no somos capaces de ver el reflejo de nuestra personalidad en lo que escribimos. Obsesivos, anclados en un tema recurrente; fóbicos, expresando nuestros profundos y absurdos temores; histéricos, montando siempre un pequeño drama para impresionarnos a nosotros mismos; esquizofrénicos, mostrando una cara distinta en cada párrafo que generalmente contradice al siguiente...

Un último favor: seamos selectos en nuestras lecturas y quizás así podamos ser exigentes con nuestros escritos.