Debo confesarlo... cuando conocí a Ciorán mi vida iba por un mundo paralelo al suyo aunque él ya había muerto.
El fue mi maestro de la Desesperación, el cómplice de mis torturas, el padre de mis hijos bastardos.
El pisó mis manos para que acabara de caer y perdiera el miedo al abismo.
Una buena compañía en la soledad, alguien que me enseñó a reirme de la tristeza... mi lágrima literaria...

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