¡Haber proferido más blasfemias que todos los demonios juntos y verse maltratado por los órganos, por los caprichos de un cuerpo, de un escombro!

“¿Qué es el mal? Lo que se hace para conseguir un instante de felicidad en este mundo”. Abhidarmakosavyakhya. Era necesario un título como este para poder tragar semejante respuesta.

Si poseyéramos una percepción infalible de lo que somos, tendríamos justo el valor de acostarnos, pero no el de levantarnos.

Nada estimula tanto como el relato de una conversión. En lugar de tonificantes, deberían prescribirse confesiones de iluminados, de regenerados: qué vitalidad, qué apetito de ilusión, qué resplandor en cualquier mentira nueva, e incluso vieja. En contacto con la verdad, por el contrario, todo se ensombrece, todo se vuelve hostil, como si su papel consistiera precisamente en dejarnos sin defensas.

¡Ay del libro que pueda leerse sin interrogarse constantemente sobre el autor!

Pensar es perseguir la inseguridad, atormentarse por futilidades grandiosas, recluirse en abstracciones con una avidez de mártir, buscar la complicación como otros buscan la destrucción o el beneficio. El pensador, por definición, codicia el tormento.

Si la muerte no fuera una solución, el hombre habría encontrado ya un medio de evitarla.

-Debería usted pasar un día por casa, pues podríamos morir sin volvernos a ver.
-Puesto que de todos modos debemos morir… ¿Para qué volver a verse?

La vejez, en definitiva, no es más que el castigo por haber vivido.

La esperanza es la forma normal del delirio.

Lo peor no es el hastío, ni siquiera la desesperación, sino el encuentro de ambos, su colisión. ¡Sentirse aplastado entre los dos!