Ayer mismo soñaba: nubes de fuego contradecían el destino. Aparecieron todos los ojos que me han mirado, todas las manos que tejieron mi cuerpo, todas las voces que conjuraron mi nombre. El viento sopló y desbarató las nubes. Sólo quedaba el fuego cada vez más intenso. Alcé mis ojos y en el cielo se dibujó tu nombre: cada letra fue trazada por la espada del destino y lavada con mi sangre. Tú no lo sabías pero acaso yo siempre lo supe…