Para los que todavía afirman que las palabras se las lleva el viento y los que no creen en el Poder de la Palabra, escribo estas líneas.
En defensa de las palabras diré que por su misma contextura física son incapaces de hacer el menor daño y que por no haber escogido su origen etimológico están exentas de tacha moral.
Si bien es cierto que una imagen vale más que mil palabras también lo es que como recurso social, político y cultural, la palabra tiene un papel más significativo que la imagen ya que su canal de transmisión de mayor uso es gratuito, su presencia es cotidiana aun en el rincón más remoto del mundo, está al alcance de prácticamente cualquier persona que tenga ojos, oídos y/o boca (se educa en la lecto-escritura con más ahínco que en el dibujo) y la prueba indiscutible de su importancia se puede encontrar en las miles de bibliotecas que existen en el mundo real y virtual.
Vale la pena recordar también cuántas vidas ha salvado la palabra y cuántas ha cegado. No por sí misma, sino por la utilización que de ella se hace. De este poder pueden dar fe los abogados, quienes con mayor convicción que muchos filólogos y gramáticos defienden una tilde, una coma y reconocen las ventajas del lenguaje profesional.
Debido precisamente a esta flexibilidad y buena disposición de las palabras, a la facilidad con que se pueden manipular para crear o destruir, a su propiedad como aglutinante y disolvente de las relaciones sociales, se han propuesto los eufemismos, palabras y expresiones para maquillar realidades desagradables cuya sola mención ruboriza o exalta los ánimos; retoque que se aplica con el fin de velar por un mejor entendimiento y hacer que todo parezca normal. Ya se sabe que en el estado actual del mundo lo importante no es ser, es parecer.
Esta costumbre de usar buenas palabras ha invadido los medios de comunicación y -oh, sorpresa- ha alcanzado también la intimidad del hogar. De repente, todos nos hemos vuelto muy elegantes y palabras como violación, asesinato, robo y crimen nos suenan vulgares y causan dolor de oído cuando se aplican a personajes investidos de autoridad. Por ejemplo, gracias a la sutil discriminación entre delincuencia común y delito político, funcionarios públicos como senadores, congresistas y ministros reciben, además de un sueldo jugoso que no siempre se ganan honradamente, tratamiento privilegiado ¡y hasta indulto! cuando se les comprueba escandalosos robos a la Nación (o sea, cuando se roban el dinero de los impuestos y de las regalías). El eufemismo en cuestión es malversación de fondos. A ellos no los llevan a la cárcel por ladrones dizque porque tienen investidura, o sea, un traje político que protege a todos los de dicha élite para que cometan impunemente las fechorías y su castigo se limite a la vergüenza pública, que por cierto no dura mucho. Son tan descarados que tiempo después hacen campaña como candidatos y salen en televisión hablando de otros delincuentes estatales. Pero vaya un pobre y róbese un pan: se va directo a la cárcel y allá se pudre porque no hay con qué pagar el abogado que lo defienda. Aquí no se trata de minimizar ningún delito, se trata de que si hay democracia la justicia se aplique por igual para todos.
En muchas ocasiones basta con aplicar un barniz elegante y la cosa más vil queda presentable con la certeza de que nadie hará preguntas indiscretas porque, por lo demás, es de mal gusto sacar a la luz temas tan ordinarios. Sobre todo, es síntoma de ignorancia y falta de educación llamar a las cosas por su nombre. Para eso se han creado los sinónimos y las metáforas. Gran logro de la civilización esta doble moral, aunque un poco ingenua si cree que por cambiarle de nombre el mal desaparece o se hace menos grave.
La historia de la Humanidad está plagada de estas hermosas expresiones que suavizan desde situaciones bochornosas hasta atroces matanzas. Tienen además la capacidad de causar amnesia y trastornos del juicio. Casos se han visto en los que, al cabo de algún tiempo, personajes implicados en actos abominables han sido canonizados, han recibido medallas al honor post mortem y hasta tienen estatuas conmemorativas modeladas por reconocidos artistas.
Pero sin lugar a dudas, su lugar más importante destaca en los medios de comunicación y en los llamados libros de historia. Aquí algunos ejemplos:
Santa Inquisición. Por definición, inquisición es la acción de inquirir (del latín in: hacia dentro y quaerere: preguntar). Preguntar (se) o averiguar por algo que se desconoce o no se recuerda. Indagar algo cuidadosamente, escudriñar. Sin embargo, en compañía de la palabra santa sus connotaciones sufren algunas alteraciones.
La Santa Inquisición fue una institución creada por la iglesia católica (sí, la misma cuya doctrina se basa en el amor a Dios y al prójimo) cuya noble tarea consistía en suprimir la herejía en el seno de la Iglesia Católica. Analicemos esta definición. Para empezar ¿Qué es herejía? Del griego hairesis significa tomar una posición divergente con respecto a un credo o doctrina. Si llevamos esto hasta sus últimas consecuencias todos somos herejes, ya que todos adoptamos una posición en cuanto a creencias (religiosas, filosóficas, políticas, etc.) que nos opone a todas las demás. ¿Y acaso por esto tenemos que matarnos unos a otros? ¿Y porque yo creo que Dios tiene barba y mi vecino no cree lo mismo, entonces hay que considerarlo errado, peligroso y eliminable?
Suprimir la herejía significaba literalmente matar los herejes. (Es semejante a lo que proponen nuestros candidatos presidenciales cuando prometen acabar con el hambre y la pobreza. Se toma el mal y los afectados como elementos intercambiables). La iglesia católica se dio cuenta de que la amenaza de excomunión no garantizaba obediencia así que para sentar un precedente cogió a algunos incautos, los torturó creativamente y los mató con sevicia en las plazas públicas para que los que tuvieran dudas sobre el poder de la iglesia abominaran de su escepticismo. Quien quiera documentarse un poco más acerca de las disuasivas estrategias utilizadas por los inquisidores, remítase al interesante tratado Malleus Maleficarum (o Martillo de las brujas). Todo lo anterior avalado y patrocinado por el Papa y los reyes de turno, como representantes de Dios en la tierra.
Sería bastante ingenuo pensar que la salvación de las almas era el verdadero móvil de esta masacre. En palabras sencillas, la inquisición fue el brazo legal para efectuar la tortura y el asesinato de aquellos individuos que constituían una amenaza para la autoridad política y económica de la iglesia.
Campo de concentración. A primera vista se podría imaginar un hermoso campo de girasoles lejos de la ruidosa ciudad en medio del cual uno puede concentrarse, es decir, enfocar toda su atención en un asunto. Sin embargo, estas tres palabras esconden un fenómeno temible que nada tiene que ver con girasoles ni tranquilo silencio. Se trata más bien del secuestro, tortura y asesinato de individuos detenidos arbitrariamente debido a su filiación política, grupo étnico, creencias religiosas, preferencia sexual o postura frente a los intereses del estado. Por lo general estos sitios de inhumano hacinamiento conforman grandes organizaciones dirigidas por matones de las fuerzas armadas y de seguridad, financiadas por el estado (con el dinero que los ciudadanos pagan en impuestos).
Fosa común. Aunque su nombre pudiera engañarnos no es la fosa que todos conocen; de hecho a veces se tarda mucho tiempo en descubrirla. Es un cementerio clandestino donde entierran -como si de basura se tratara- los cuerpos de personas que han muerto o han sido asesinadas en condiciones que dificultan su reconocimiento. En ciertos casos se aplican procedimientos especiales para que los cadáveres queden irreconocibles y los familiares no puedan reclamar el cuerpo para darle digna sepultura. De esta manera se protege igualmente la identidad de los culpables.
Pederastia sacerdotal. Es cuando un sacerdote corrompe y/o viola individuos menores de edad aprovechando la autoridad que tiene y la protección de que goza por ser representante religioso.
Concierto para delinquir. No se trata de la última obra de la Orquesta Sinfónica. Es cuando dos o más pillos se ponen de acuerdo para llevar a cabo actos ilegales. Cuando los pillos son gente de a pie al grupo se le etiqueta delincuencia organizada. Cuando son políticos o militares acostumbra usarse este eufemismo, que suena bastante culto, aunque por debajo haya tortura, secuestro, genocidio, extorsión, enriquecimiento ilícito, desplazamiento forzado y asesinato.
Prevaricato. Simple y llanamente es cuando un juez o un abogado se roban el sueldo, aunque en los textos jurídicos dice algo así como que por acción u omisión no cumplen con su oficio. Cosa grave teniendo en cuenta que se les paga por administrar la justicia y hacer valer la ley con rectitud e imparcialidad.
Dictadura. Sinónimo de gobierno autoritario, impuesto o tomado a las malas. Léase reelección forzada, enmiendas, referendos reeleccionistas y otras inconsecuencias democráticas.
Falso positivo. Antes de que se hicieran esos nefastos descubrimientos sobre los asesinatos realizados por las fuerzas militares colombianas, los falsos positivos eran muchas veces si no positivos, por lo menos una mala broma con final feliz. Por ejemplo, cuando alguien se hacía la prueba para el diagnóstico del sida y obtenía un resultado positivo, el médico le sugería otra prueba para corroborar. A veces esta segunda prueba arrojaba un resultado negativo lo cual significaba que el primer examen había fallado, es decir era un falso positivo. Otro tanto sucedía con las mujeres que después de un sorpresivo retraso se hacían el test de embarazo con resultado positivo. Una segunda prueba daba negativa lo cual resultaba muy positivo para algunas.
En el caso de Colombia no es una broma ni un error técnico y llamarlo con un nombre tan ambiguo es desviar la atención del asunto principal. Porque es como decir que los militares hicieron una prueba que arrojó como resultado que alguien era guerrillero y que al hacer otra pesquisa resultó que no, que no era. Pero para ese momento, ese alguien ya había sido asesinado... por las fuerzas militares. Lo más grave es que los implicados digan que obedecían órdenes de superiores. Y lo peor, si puede haberlo, es que esos superiores digan que estos accidentes suceden porque tienen que mostrar resultados.
Este eufemismo de uso tan común hoy día sólo pone de manifiesto que la llamada Política de Defensa y Seguridad Democrática es otro eufemismo. Pero veamos lo que nos dicen la Presidencia de la República y el Ministerio de Defensa al respecto:
"Nosotros predicamos que todos son bienvenidos en la democracia. La oposición, los que disientan de las ideas del Gobierno o de su partido, serán protegidos con el mismo cuidado que los amigos o partidarios del Gobierno. No hay contradicción entre seguridad y democracia. Por el contrario, la seguridad garantiza el espacio de discrepancia, que es el oxígeno de toda democracia, para que disentir no signifique exponer la seguridad personal. Pero hay que trazar una línea nítida entre el derecho a disentir y la conducta criminal. Sólo cuando el Estado castiga implacablemente el crimen y combate la impunidad hay plenas garantías para ejercer la oposición y la crítica."
Lo que no se entiende es cómo se va a garantizar la democracia pasando por encima de sus principios fundamentales y, sobre todo, violando los derechos humanos. Y cómo van los ciudadanos a respetar leyes que el mismo Gobierno no respeta y creer en una Constitución de plastilina que se puede modelar a gusto del interesado. ¿No hay contradicción entre seguridad y democracia? Pues tampoco la hay entre educación de calidad y democracia y sin embargo el Gobierno prefiere invertir en armas que no enseñan nada y sí siembran desesperanza y violencia. Además ¿de cuándo acá importa que haya amigos del gobierno o del partido? El gobierno no está hecho para hacerse popular y tener amigos sino para dirigir un estado hacia mejores condiciones de vida.
Es cierto, hay que trazar esa línea bien nítida y definitivamente ir asesinando personas para mostrar que los miles de millones de pesos gastados en combatir la guerrilla están dando resultados, es a todas luces una conducta criminal y hace visible la fragilidad de esta seguridad que se ha venido construyendo sobre una base puramente bélica.

