O de por qué me regalé un consolador (también conocido como dildo o amante polimérico)
Iba a comenzar este artículo con una breve introducción acerca de los beneficios del auto-erotismo para aquellos y aquellas que, por diversas razones, -todas respetables, aun cuando no siempre voluntarias- no practican el sexo en pareja (o tríos, cuartetos, etc). Esta introducción se dirigía especialmente a las representantes del sexo femenino que muestran un marcado rechazo al tema masturbatorio y a las delicias del placer solitario, aquellas que creen que "sin hombre, el placer no tiene sentido". Sin embargo, he desistido de ponerle tanta seriedad a un asunto que, aunque delicado, tiene un carácter más bien lúdico.
No recuerdo exactamente a qué edad descubrí el placer de acariciarse pero desde entonces se convirtió en un hábito, que tuvo sus períodos más intensos entre los once y dieciséis años con algunas cortas interrupciones debido a consideraciones morales, las cuales se esfumaron luego de mi primera relación sexual. Después de experimentar con diferentes posturas, ritmos, sustancias y objetos ofrecidos a mi ávido deseo de descubrir nuevas sensaciones, mi actividad auto-erótica se concentró específicamente en la generación de fantasías sexuales de diversa índole y la manipulación del clítoris, excluyendo la penetración la mayoría de las veces. Por estas mismas fechas empecé a leer revistas y novelas de fuerte contenido sexual y a hacer mis propias "ayudas" que consistían en dibujos bastante detallados de la elucubración del momento. Me di cuenta entonces de que el sexo empieza en la cabeza y que, ante todo, es indispensable encontrar el Punto G de tu cerebro.
Aunque he tenido varios amantes -si bien reconozco que no tantos como pudiera ni todos los que quisiera- nunca he abandonado la masturbación, hasta el punto de que, incluso acompañada, me es imposible alcanzar un orgasmo si no me acaricio. Fantasear, desearse y gozar de sí misma son posibilidades que están prácticamente al alcance de cualquier mujer y resultan a veces mucho más placenteras que el sexo ocasional o un sexo en pareja degradado por la falta de novedad o la monotonía de la convivencia. Conocer la diferencia entre hacer el amor, tener sexo y querer orgasmos es el primer paso para lograr una vida sexual medianamente satisfactoria. Lo demás depende de las necesidades y preferencias de cada quien.
Fue hace cuatro años cuando empecé a pensar en la idea de regalarme un dildo, a lo cual me movía sobre todo la curiosidad. En ese entonces temía adquirir por dicho artefacto uno de esos apegos que somos susceptibles de desarrollar hacia cualquier cosa que nos brinde mucho sin pedirnos apenas nada. El efecto vibratorio sonaba bastante tentador y veía posible que una herramienta tan versátil sacara definitivamente a los hombres de mi cama -de la que ya estaban casi por fuera- debido a sus innegables ventajas en comparación con la versión real. Ahora que lleva poco más de un mes metido entre mis... sábanas, me he dado cuenta de que no había nada qué temer: un dildo no es la octava maravilla ¡es sencillamente fantástico! No, no me he enamorado de mi última adquisición; tampoco la vibración ha tenido -todavía- el impacto esperado; pero este compañero polimérico ha inyectado nuevas energías a mis jornadas auto-eróticas. Sería injusto afirmar que es mejor que la versión real únicamente por sus dimensiones -ya que tiene la ventaja de que una puede escoger el tamaño que más se ajuste a su apetito. Además de eso:

Está siempre bien dispuesto, no embaraza, no transmite enfermedades, no pierde el ímpetu, no te trata como una golfa sólo porque tomaste la iniciativa, no piensa que eres una ninfómana porque quieres sexo con más frecuencia que él, cabe perfectamente en la cama de cualquier dama e incluso en un bolso de medianas dimensiones, no se queda dormido ni prende la tele ni se fuma un cigarrito después de, no se va a la cama con otras mujeres a menos que tú quieras, no ronca, no da puños ni patadas, no es celoso ni paranoico -por ejemplo, puedes llamarlo cada vez con un nombre diferente y no se siente disminuido, o decirle amorcito sin que salga a correr-, puede ir contigo a donde vayas, jamás te deja a medias, se dedica exclusivamente a tu placer, es discreto...
Y quizás lo más importante: no lleva pegado ese apéndice llamado hombre.