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La Coctelera

3 Febrero 2012

Por cuestiones de trabajo me han solicitado el Certificado Judicial. Hace poco más de un mes lo había sacado fácilmente en línea y era posible guardar e imprimir el archivo de una forma muy sencilla, gratis y sin necesidad de ir a las instalaciones del DAS. A partir del 31 de enero se puede obtener a través de la página de la Policía Nacional pero no hay claridad sobre cómo realizar la impresión del documento, ya que las instrucciones que se encuentran son sólo para consulta y no hay un botón de descarga de archivo ni de impresión.

He aquí los pasos:

1. Entras a la página de la Policia con el link: www.policia.gov.co

2. Te desplazas hacia abajo hasta encontrar el título CONSULTA ANTECEDENTES JUDICIALES

3. Das clic sobre ese recuadro y te lleva a la página de CONSULTA

4. Aparece un pantallazo con  los Términos de uso, debes marcar la casilla Acepto y dar clic en Enviar

5. A continuación aparece otra pantalla con un recuadro donde debes ingresar el número de la cédula sin puntos ni comas, sólo dígitos

6. Das clic en el recuadro Buscar

7. Sale un texto, donde se especifican los antecedentes -si los hay- así como el número de documento y el nombre completo del interesado

8. Presiona simultáneamente la tecla Ctrl (Control) y la letra P (pe) de tu teclado. Esto te llevará a otra página donde aparecen al lado izquierdo las opciones de impresión y al lado derecho la visualización del documento con su respectiva fecha, membrete y la información de interés. En las opciones de impresión, selecciona tu impresora y marca Posición horizontal (de lo contrario, el documento saldrá recortado). Luego da clic en Imprimir. Esto debes hacerlo rápidamente pues pasados unos segundos la página queda en blanco. Si esto sucede, puedes volver a acceder dando clic en el link que aparece en pantalla o empieza nuevamente el procedimiento.

Espero que esta información sea útil para quienes requieran este documento, mientras actualizan la página e incluyen las funciones faltantes.

29 Enero 2012

El peor defecto de una buena historia puede ser un final feliz. Una buena historia ha de ser ante todo coherente y a pesar de nuestra infantil tendencia a desear que el héroe o la heroína alcancen el éxito en sus empresas y obtengan una recompensa positivamente equivalente a sus esfuerzos, hay que aceptar que este deseo peca de absurdo y puede degradar el valor de sus hazañas. ¿Se le hace justicia a un héroe, que ha arriesgado su vida y luchado valientemente por un ideal, permitiendo que sobreviva a su pasión? ¿No es la muerte un final más sincero? ¿Qué le espera al héroe victorioso después de haber alcanzado su gran anhelo? ¿Quizás una vida plana, sumergido en un océano de bostezos que le proyectan dolorosamente hacia un pasado más emocionante? Y a la heroína, que ha despreciado los convencionalismos sociales y se ha dejado arrastrar por un amor prohibido o imposible, ¿podemos imaginarla casada, esperando cada noche a su marido y lidiando con pañales y biberones? Y en todo caso ¿Quién dijo que el matrimonio es un final... y además feliz?

31 Diciembre 2011

Apología del Gran Novio

31 dic 11

O de por qué me regalé un consolador (también conocido como dildo o amante polimérico)

Iba a comenzar este artículo con una breve introducción acerca de los beneficios del auto-erotismo para aquellos y aquellas que, por diversas razones, -todas respetables, aun cuando no siempre voluntarias- no practican el sexo en pareja (o tríos, cuartetos, etc). Esta introducción se dirigía especialmente a las representantes del sexo femenino que muestran un marcado rechazo al tema masturbatorio y a las delicias del placer solitario, aquellas que creen que "sin hombre, el placer no tiene sentido". Sin embargo, he desistido de ponerle tanta seriedad a un asunto que, aunque delicado, tiene un carácter más bien lúdico.

No recuerdo exactamente a qué edad descubrí el placer de acariciarse pero desde entonces se convirtió en un hábito, que tuvo sus períodos más intensos entre los once y dieciséis años con algunas cortas interrupciones debido a consideraciones morales, las cuales se esfumaron luego de mi primera relación sexual. Después de experimentar con diferentes posturas, ritmos, sustancias y objetos ofrecidos a mi ávido deseo de descubrir nuevas sensaciones, mi actividad auto-erótica se concentró específicamente en la generación de fantasías sexuales de diversa índole y la manipulación del clítoris, excluyendo la penetración la mayoría de las veces. Por estas mismas fechas empecé a leer revistas y novelas de fuerte contenido sexual y a hacer mis propias "ayudas" que consistían en dibujos bastante detallados de la elucubración del momento. Me di cuenta entonces de que el sexo empieza en la cabeza y que, ante todo, es indispensable encontrar el Punto G de tu cerebro.

Aunque he tenido varios amantes -si bien reconozco que no tantos como pudiera ni todos los que quisiera- nunca he abandonado la masturbación, hasta el punto de que, incluso acompañada, me es imposible alcanzar un orgasmo si no me acaricio. Fantasear, desearse y gozar de sí misma son posibilidades que están prácticamente al alcance de cualquier mujer y resultan a veces mucho más placenteras que el sexo ocasional o un sexo en pareja degradado por la falta de novedad o la monotonía de la convivencia. Conocer la diferencia entre hacer el amor, tener sexo y querer orgasmos es el primer paso para lograr una vida sexual medianamente satisfactoria. Lo demás depende de las necesidades y preferencias de cada quien.

Fue hace cuatro años cuando empecé a pensar en la idea de regalarme un dildo, a lo cual me movía sobre todo la curiosidad. En ese entonces temía adquirir por dicho artefacto uno de esos apegos que somos susceptibles de desarrollar hacia cualquier cosa que nos brinde mucho sin pedirnos apenas nada. El efecto vibratorio sonaba bastante tentador y veía posible que una herramienta tan versátil sacara definitivamente a los hombres de mi cama -de la que ya estaban casi por fuera- debido a sus innegables ventajas en comparación con la versión real. Ahora que lleva poco más de un mes metido entre mis... sábanas, me he dado cuenta de que no había nada qué temer: un dildo no es la octava maravilla ¡es sencillamente fantástico! No, no me he enamorado de mi última adquisición; tampoco la vibración ha tenido -todavía- el impacto esperado; pero este compañero polimérico ha inyectado nuevas energías a mis jornadas auto-eróticas. Sería injusto afirmar que es mejor que la versión real únicamente por sus dimensiones -ya que tiene la ventaja de que una puede escoger el tamaño que más se ajuste a su apetito. Además de eso:

Está siempre bien dispuesto, no embaraza, no transmite enfermedades, no pierde el ímpetu, no te trata como una golfa sólo porque tomaste la iniciativa, no piensa que eres una ninfómana porque quieres sexo con más frecuencia que él, cabe perfectamente en la cama de cualquier dama e incluso en un bolso de medianas dimensiones, no se queda dormido ni prende la tele ni se fuma un cigarrito después de, no se va a la cama con otras mujeres a menos que tú quieras, no ronca, no da puños ni patadas, no es celoso ni paranoico -por ejemplo, puedes llamarlo cada vez con un nombre diferente y no se siente disminuido, o decirle amorcito sin que salga a correr-, puede ir contigo a donde vayas, jamás te deja a medias, se dedica exclusivamente a tu placer, es discreto...

Y quizás lo más importante: no lleva pegado ese apéndice llamado hombre.

30 Septiembre 2011

Enfermos del tiempo, nos deslizamos a nuestro pesar en su inevitable transcurrir y construimos nuestra realidad bajo su tiranía. Empujados a la acción aún en nuestros instantes más ociosos, nos convencemos de que es en el tiempo cuando podemos cambiar las cosas, cuando la realidad es que nada cambia porque nunca tenemos la opción del no-tiempo. El tiempo no pasa: es la misma agua que se hincha, que asciende y nos sumerge hasta ahogarnos; somos nosotros los que pasamos mientras vemos correr los segundos, las horas y los días. Pasamos y desaparecemos, pero el tiempo sigue ahí: intacto, perdurable, inaprensible.

Sujetos del espacio y objetos del tiempo: esa es nuestra fatalidad. Oprimidos por las cosas, que nos recuerdan que somos transitorios y estamos hechos de polvo; encerrados en tres dimensiones de las que sólo existe una manera efectiva de escapar; aferrados inútilmente a los días, que se disuelven y nos destruyen a su antojo; sólo nos queda la acción: desahogo de nuestra impotencia, homenaje a nuestras limitaciones, elogio de nuestros desvaríos.

Nuestros entusiasmos nos muestran una vida larga y además feliz; sino feliz, por lo menos tranquila y salpicada de pequeñas y consoladoras alegrías. Es entonces cuando, llorando anticipadamente nuestra muerte, lamentamos la brevedad de los instantes y buscamos refugio en la utopía de la duración. Siendo esclavos involuntarios del tiempo, esperamos aún sorpresas de la permanencia y huimos desesperadamente de la nada, que nos atrae hacia una desaparición irremediable.

Los consuelos de la eternidad seducen incluso al desdichado, que aspira a ver resarcido su sufrimiento en un más allá pleno de encantadoras promesas, una dimensión donde el tiempo –y la desgracia, que es su equivalente– han sido destruidos para siempre. Una existencia satisfecha en el vacío, pues la eternidad no es la hipérbole de la duración sino su anulación.

Quien alberga esperanzas en los sucedáneos de la inmortalidad y en los atractivos de la eternidad ha subestimado los efectos del hastío: esa saciedad que degrada nuestros placeres y nos pone a soñar con un paraíso de abulia, con una borrachera de silencio y soledad.

Leyendo “La muerte de Ivan Ilich” de Leon Tolstoi

26 Septiembre 2011

§ Aunque se pretenda hacer gala de enorme franqueza, es evidente que existen límites. Límites debidos a cierto tipo de dudoso respeto, consideración, conveniencia y hasta pereza... esto dejando de lado que la reserva o el recurso a la mentira sea producto de una exigencia de las circunstancias o una decisión autónoma. Hay quienes encuentran más ventajoso el silencio, aun cuando le da al otro la oportunidad -y le obliga en alguna medida- de llenarlo con todo tipo de suposiciones. Pero nadie es responsable de la interpretación que de su mutismo haga el interlocutor. Lo importante, en este caso, es no comprometerse; siempre es más seguro el silencio que la palabra, pues la palabra se integra al momento y a la memoria, y al pronunciarla se convierte en acto. El silencio, en cambio, es ausencia de acto. Es la respuesta de quien no quiere o no tiene -o todavía no tiene- nada que decir.

§ Es un trabajo arduo escapar a una mentalidad provinciana, alimentada desde la infancia con mentiras acerca de la vida en general y la vida humana en particular, mentiras que se suponen necesarias pero que se descubren inútiles ya que no se sabe exactamente para qué ni para quién lo son -aunque, desde luego, se tienen muy bien fundadas sospechas. Sobre todo, se puede desconfiar de su verdadera justificación, a no ser que se reconozcan como un vicio derivado del miedo o un ingrediente necesario para que funcione esa intrincada red de relaciones a las que el individuo se ve abocado por el hecho de hacer parte de un grupo social. En todo caso es absurdo que, demostrada su ineficacia, sigan siendo mantenidas y transmitidas de generación en generación, como si los antecesores no pudieran -o no quisieran- evitar a sus sucesores las malformaciones de pensamiento y de comportamiento y el sufrimiento derivado de las mismas. Entonces parece como si una parte importante de la energía propia estuviera inevitablemente destinada a tratar de superar el efecto demoledor que la realidad hace sobre esos imponentes pero vetustos castillos que con tanto esmero construyeron los remotos y recientes antepasados y como si, llegado el ocaso de la experiencia vital individual, la única y cierta verdad innegable fuera que las mentiras no funcionan. Lo cual no impide, sin embargo, que muchos se mantengan firmes hasta el último respiro en aquella falacia que defendieron y sustentó gran parte de su existencia.

§ En parte el problema radica en que, para extirpar una mentira, hace falta elaborar una verdad, o, en su defecto, una nueva mentira. Nadie da un paso adelante sin tener al menos un falso supuesto que lo acompañe en su empresa. Nada se construye sobre la duda y quizás no haya ser más renuente a la incertidumbre que el ser humano. Por lo demás, es casi imposible sobrevivir a menos que se acepten multitud de prejuicios y no queda suficiente tiempo para deshacerse de ellos. Tampoco para fabricarse verdades originales ni para ponerlas a prueba.

§ A veces es preciso huir de lo que se desea. También de lo que los demás desean, para sí mismos y para uno. Encuentro repulsivo el argumento de los males necesarios y de las mentiras que dan sentido o hacen más llevadera la vida. Mucho más irritantes aún resultan las reiteradas prescripciones de aquellos que, probadamente, han visto la inconveniencia de las mismas en su propia vida. Pero, de manera inexplicable, pretenden que los demás deben de todos modos seguir su ejemplo... acaso con el oscuro fin de corroborar por enésima vez su predecible inutilidad. Existe cierta patológica necesidad humana de que todos transiten por un mismo y trillado camino, tal vez por temor a descubrir que los caminos alternos son asimismo válidos -aunque los motivos para la elección de uno u otro se revelen igualmente absurdos- y, en ocasiones, interesantes en comparación con los ya recorridos. Parece que nadie tiene interés en andar solo aunque sepa que sus pasos se dirigen al abismo. Confrontarse con las razones -que pueden no ser en rigor tales- de su decisión resulta insoportable para algunos y más aún darse cuenta de que no están en absoluto dispuestos a cambiarla -o no tienen siquiera la posibilidad de hacerlo- a pesar de las evidencias.

§ Magia, ficción, ilusiones... la naturaleza humana presenta una lamentable propensión a creer precisamente en aquello que es imposible -y, en muchas ocasiones, indeseable- y cuyo carácter inverosímil otorga a sus ojos visos de indudable autenticidad. "Si no puede ser, es" parece ser la lógica descabellada de dicha tendencia. Ante una prueba contundente de lo contrario se prefiere plantear mil suposiciones para sostener la falacia y recurrir a todo tipo de engañifas discursivas donde se toman causas por efectos y viceversa. Y si en la aparente unidad de determinada doctrina aparecen intersticios de sinsentido -incluso descomunales agujeros- no se tiene ningún reparo en hacer uso del misterio, como si de un relleno infalible se tratara. Pero cuando se piensa un poco, la razón despoja a los misterios de su ropaje sublime y sagrado y lo único que encuentra debajo es una mentira más, demasiado tímida -o quizás demasiado cínica- para mostrarse desnuda.

22 Junio 2011

para ser llevada sobre dos hombros.

23 Febrero 2011

Los gobernantes son en realidad paracos
Los policías, delincuentes
Los militares, matones y violadores

En casos desafortunados -mal llamados falsos positivos- los guerrilleros son en realidad civiles (dados de baja por las fuerzas armadas), que están en el lugar menos indicado en el momento menos oportuno y que son usados para demostrar que la Seguridad Democrática sí funciona.

Y para completar el cuadro, ahora resulta que los civiles se hacen pasar por guerrilleros para participar en la comedia de la desmovilización y recibir así los beneficios que el Estado promete a los pillos por contribuir a la tan anhelada paz.

13 Febrero 2011

Hay momentos

13 feb 11

Un día cualquiera te levantas, como todos los días, dispuesto a seguir actuando en esta parodia cuasi-trágica y de repente te das cuenta de que estás cansado y de que la vida ha perdido para ti gran parte de sus atractivos. La vida sigue siendo la misma pero algo en ti ha cambiado, quizás para siempre. Recuerdas cuando tenías la cabeza llena de preguntas... ahora lamentas haber hallado las respuestas. Recuerdas cuando soñabas... ahora sólo quisieras estar siempre dormido. Recuerdas cuando creías en la felicidad... ahora hasta creer te parece un acto ridículo.

En momentos como estos tienes dos opciones -siempre hay por lo menos dos opciones-: sigues o te detienes. El asunto es tomar una decisión.... ¿Sigues.... o te detienes?